Día setenta y seis #2
—Lo siento —dijo el anciano—. Pero creo que dártelos sería un poco estúpido por mi parte. Al parecer, cualquiera de ellos podría haberte liberado de tu cautiverio en un momento.
—En realidad, solo dos podían conseguirlo —repuso Shai con amargura, crispando las manos.
Esos sellos de alma representaban más de ocho años del trabajo de su vida. El primero de ellos lo había empezado el día que terminó su aprendizaje.
—Hum, sí —dijo Gaotona. Dentro de la cajita había placas de metal inscritas con los sellos más pequeños que componían los planos de las revisiones de su alma—.
Este, ¿no? —Alzó una de las placas—. Shaizan.
Que traducido significa… ¿Shai del Puño?
¿Este haría de ti una guerrera, si te sellaras a ti misma?
—Sí —respondió Shai.
Así que él había estado estudiando sus Marcas de Esencia, por eso era tan bueno leyendo sus sellos.
—Apenas entiendo una décima parte de lo que hay inscrito aquí —confesó Gaotona—. Lo que encuentro es impresionante. Desde luego, han debido de llevarte años de trabajo.
—Son valiosos para mí —admitió Shai, obligándose a sentarse ante su mesa y a no fijarse en las placas.
Si pudiera escapar con ellas, podría crear un nuevo sello fácilmente. Seguiría tardando semanas, pero la mayor parte de su trabajo no se perdería. Si en cambio destruyeran esas placas…
Gaotona se sentó en su silla de costumbre, examinando abstraído las placas. De otra persona, ella habría sentido una amenaza implícita. «Mira lo que tengo en las manos; mira lo que podría hacerte». De Gaotona, sin embargo, no. El hombre sentía auténtica curiosidad.
¿O no? Como solía ocurrirle, Shai no podía reprimir sus instintos.
Por buena que fuese, siempre podía haber alguien mejor.
Como le había advertido el tío Won. ¿Acaso Gaotona la había tenido engañada todo el tiempo?
Sentía con todas sus fuerzas que debería confiar en su valoración del anciano.
Pero si estaba equivocada, podría ser un desastre.
«Podría serlo de todas formas —pensó—. Tendrías que haber escapado hace días».
—Entiendo lo de convertirte en soldado —dijo Gaotona, apartando a un lado la placa—. Y esta también. Habitante de los bosques y experta en supervivencia. Parece extremadamente versátil. Impresionante. Y aquí tenemos una erudita. Pero ¿por qué? Ya lo eres.
—Ninguna mujer puede saberlo todo —explicó Shai—.
El tiempo de estudio es limitado. Cuando me sello a mí misma con la Marca de Esencia, de pronto puedo hablar una docena de idiomas, desde Fen a Mulla’dil e incluso unos pocos idiomas de Sycla.
Conozco docenas de culturas distintas y sé desenvolverme en ellas.
Entiendo de ciencias, de matemáticas y de las principales facciones políticas del mundo.
—Ah —dijo Gaotona.
«Dámelas», pensó ella.
—Pero ¿y esta? —preguntó Gaotona—. ¿Mendiga? ¿Por qué querrías estar demacrada? Y por lo que veo, se te caería casi todo el pelo y se te llenaría la piel de cicatrices.
—Permite cambiar mi aspecto —reveló Shai—. De forma drástica. Es útil.
No mencionó que con esa apariencia conocía las calles y cómo se sobrevivía en los bajos fondos de cualquier ciudad. Shai no era manca forzando cerraduras cuando no llevaba ese sello, pero con él puesto era incomparable.
Con su ayuda, probablemente conseguiría salir por la diminuta ventana, ya que esa marca reescribía su pasado para darle años de experiencia como contorsionista, y bajar las cinco plantas hasta la libertad.
—Tendría que haberme dado cuenta —dijo Gaotona. Alzó la última placa—. Nos queda esta, la más enigmática de todas.
Shai no dijo nada.
—Cocina —prosiguió el anciano—. Trabajo de granja, costura. Otro alias, supongo. ¿Para imitar a una persona más simple?
—Sí.
Gaotona asintió, bajando la placa.
«Sinceridad. Tiene que ver mi sinceridad. No puede falsificarse».
—No —dijo Shai, suspirando.
Él la miró.
—Es mi escapatoria —confesó ella—. Nunca la utilizaré. Pero está ahí, por si alguna vez quiero.
—¿Tu escapatoria?
—Si la empleo alguna vez, escribirá encima de mis años como Falsificadora. Todo. Olvidaré cómo hacer el más sencillo de los sellos, olvidaré incluso que fui aprendiz de Falsificadora. Me convertiré en alguien normal.
—¿Y quieres eso?
—No.
Una pausa.
—Sí. Tal vez. Una parte de mí lo quiere.
Sinceridad. Qué difícil era. A veces era el único camino.
En ocasiones, Shai soñaba con esa vida sencilla. De esa manera morbosa en que alguien que está de pie al borde de un precipicio se pregunta cómo sería saltar. La tentación siempre estaba ahí, aunque fuese ridícula.
Una vida normal. Sin esconderse, sin mentir. A Shai le encantaba lo que hacía. Le encantaba la emoción, los logros, la maravilla. Pero a veces… atrapada en una celda o corriendo para salvar su vida… a veces soñaba con otra cosa.
—¿Tus tíos? —preguntó él—. Tío Won, tía Sol, son partes de esta revisión. Lo he leído aquí dentro.
—Son falsos —susurró Shai.
—Pero los mencionas constantemente.
Ella apretó los ojos con fuerza.
—Sospecho —prosiguió Gaotona— que una vida llena de mentiras hace que realidad y falsedad se entremezclen. Pero si utilizaras este sello, no creo que lo olvidaras todo. ¿Cómo te mantendrías engañada a ti misma?