Día treinta #3
Sin embargo, un hombre que fuera honesto y listo era siempre, siempre, más difícil de engañar que alguien que fuera a la vez deshonesto y listo.
Sinceridad. Por definición, era muy arduo falsificarla.
—¿En qué estás pensando detrás de esos ojos tuyos? —preguntó Gaotona, inclinándose hacia delante.
—Estaba pensando que debiste de tratar al emperador igual que me tratas a mí, molestándolo constantemente con sermones sobre lo que debería hacer.
Gaotona bufó.
—Es probable. Eso no significa que mis argumentos sean, o fueran, incorrectos. Él podría… bueno, podría haber hecho más de lo que hizo. Igual que tú podrías convertirte en una artista maravillosa.
—Lo soy.
—Una artista de verdad.
—Lo soy.
Gaotona meneó la cabeza.
—El cuadro de Frava… Hay algo que hemos pasado por alto, ¿verdad?
Ella ordenó examinar la falsificación, y los asesores encontraron unos cuantos errores diminutos.
Yo no pude verlos sin ayuda pero están ahí.
Tras reflexionar sobre el tema, me parecen extraños.
Las pinceladas son impecables, incluso magistrales.
El estilo encaja perfectamente. Si podías conseguir semejante nivel, ¿por qué cometiste tales errores, como poner la luna demasiado baja?
Es un error sutil, pero se me ocurre que nunca habrías cometido un fallo semejante, no de manera involuntaria, al menos.
Shai se volvió para coger otro sello.
—El lienzo que creen que es el original —prosiguió Gaotona—, el que cuelga ahora mismo en el despacho de Frava… Es falso también, ¿verdad?
—Sí —admitió Shai con un suspiro—. Cambié los lienzos un par de días antes de intentar robar el cetro: estaba investigando la seguridad del palacio. Me colé en la galería, entré en las oficinas de Frava e hice el cambio como prueba.
—Entonces, el que ellos dan por hecho que es falso debe de ser el original —repuso Gaotona, sonriendo—. ¡Pintaste esos errores encima del original para que pareciera que es una réplica!
—En realidad, no —dijo ella—. Aunque he utilizado ese truco otras veces. Los dos son falsos. Uno es simplemente la falsificación obvia, dejada a propósito para que la descubrieran en caso de que algo saliera mal.
—Así que el original sigue escondido en alguna parte —sugirió Gaotona, con curiosidad—.
Te colaste en el palacio para comprobar sus medidas de seguridad y sustituiste el lienzo original por una copia.
Dejaste una segunda copia ligeramente peor en tu habitación como pista falsa.
Si te descubrían al entrar de nuevo, o si por algún motivo te vendía un aliado, registraríamos tu habitación y encontraríamos la copia mala, y asumiríamos que aún no habías dado el cambiazo.
Los expertos mirarían la copia buena y creerían que es la obra auténtica.
De esa forma, nadie seguiría buscando la pintura original.
—Más o menos.
—Muy astuto —reconoció Gaotona—. Por tanto, si te capturaban entrando en el palacio para intentar robar el cetro, podrías confesar que tu objetivo solo era el lienzo.
Al registrar tu habitación aparecería el falso y se te acusaría de intento de hurto a un individuo, en este caso Frava, que es un delito mucho menor que intentar robar una reliquia imperial.
Te caerían diez años de trabajos forzados en vez de la pena de muerte.
—Desgraciadamente, me traicionaron en el peor momento —repuso Shai—. El bufón consiguió que me detuvieran después de que saliera de la galería con el cetro.
—Pero ¿qué hay del cuadro original? ¿Dónde lo escondiste? —Gaotona vaciló—. Sigue todavía en el palacio, ¿verdad?
—En cierto modo.
Gaotona la miró, todavía sonriendo.
—Lo quemé —reveló Shai.
La sonrisa desapareció de sus labios.
—Mientes.
—Esta vez no, anciano —dijo Shai—. El lienzo no merecía el riesgo de intentar sacarlo de la galería.
Solo di el cambiazo para poner a prueba la seguridad.
Colé el falso fácilmente, porque no registran a nadie al entrar, solo al salir.
El cetro era mi verdadero objetivo. Robar el lienzo fue secundario.
Después de sustituirlo, tiré el original a una chimenea de la galería principal.
—Eso es horrible —dijo Gaotona—. ¡Era un ShuXen original, su mayor obra maestra! Se ha quedado ciego y ya no puede pintar. ¿Te das cuenta del coste? —farfulló—. No lo entiendo. ¿Por qué? ¿Por qué hiciste una cosa así?
—No importa. Nadie sabrá lo que he hecho. Seguirán contemplando la falsificación y estarán satisfechos, así que no se ha causado ningún daño.
—¡Ese lienzo era una obra de arte de valor incalculable! —Gaotona la miró con furia—. Lo reemplazaste por orgullo y solo por orgullo. Ni siquiera te preocupaste de vender el original. Solo querías que tu copia colgara en la galería. ¡Destruiste algo maravilloso para poder satisfacer tu vanidad!
Ella se encogió de hombros. La historia era tan simple, pero el hecho indiscutible era que ella había quemado el lienzo. Tenía sus motivos.
—Hemos terminado por hoy —anunció Gaotona, con el rostro enrojecido. Agitó una mano ante ella, desdeñoso, mientras se levantaba—. Había empezado a pensar. ¡Bah!
Y salió por la puerta.