Día treinta #2
—¡No te atrevas a hablar mal de él! Haré que te…
Se envaró y miró a Zu, que había echado mano a su espada, alarmado.
—Yo… ¿Hermano…?
El sello se desvaneció.
—Un minuto y cinco segundos —dijo Shai—. Eso parece bueno.
Gaotona se llevó una mano a la cabeza.
—Recuerdo haber tenido un hermano. Pero no tengo ninguno, ni lo he tenido nunca. Recuerdo haberlo idolatrado; recuerdo el dolor cuando murió. Tanto dolor…
—Se te pasará —lo tranquilizó Shai—. Las impresiones se borrarán como los restos de una pesadilla.
Dentro de una hora, apenas podrás recordar qué fue lo que te trastornó.
—Garabateó unas notas—. Creo que has reaccionado con demasiada intensidad a mi insulto a la memoria de tu hermano.
Ashravan adoraba a su hermano, pero mantenía sus sentimientos ocultos por una sensación de culpabilidad, porque pensaba que su hermano tal vez habría sido mejor emperador que él.
—¿Qué? ¿Estás segura?
—¿Sobre esto? —dijo Shai—. Sí. Tendré que revisar un poco ese sello, pero creo que es adecuado.
Gaotona volvió a sentarse, mirándola con ojos sabios que parecían intentar perforarla, excavar en su interior.
—Sabes mucho de la gente.
—Es uno de los primeros pasos de nuestra formación —aclaró Shai—. Antes incluso de que toquemos la piedra de alma.
—Tanto potencial… —susurró Gaotona.
Shai contuvo un estallido inmediato de enojo. ¿Cómo se atrevía a mirarla así, como si estuviera desperdiciando su vida? A ella le encantaba Falsificar. La emoción, una vida que salía adelante gracias a su inteligencia. Eso era ella. ¿Verdad?
Pensó en una Marca de Esencia concreta, guardada con las otras. Era una marca que nunca había usado, y sin embargo era al mismo tiempo la más preciosa de las cinco.
—Probemos con otra —dijo Shai, ignorando aquellos ojos de Gaotona.
No podía permitirse sentirse ofendida. La tía Sol siempre decía que el orgullo sería el mayor peligro de su vida.
—Muy bien —dijo Gaotona—, pero no entiendo una cosa. Por lo poco que me has explicado de este proceso, no puedo ni imaginar por qué estos sellos empiezan a funcionar conmigo. ¿No necesitas conocer con exactitud la historia de una cosa para que un sello funcione con ella?
—Para que prenda, sí —respondió Shai—. Como he dicho, es cuestión de plausibilidad.
—¡Pero esto no es en absoluto plausible! No tengo ningún hermano.
—Ah, bueno, a ver si puedo explicarme —dijo ella, echándose hacia atrás—.
Estoy reescribiendo tu alma para que encaje con la del emperador igual que reescribí la historia de esa ventana para incluir una vidriera nueva.
En ambos casos, funciona por la familiaridad.
El marco de la ventana sabe qué aspecto debe tener una ventana de cristal tintado.
Una vez contuvo cristal tintado. Aunque la ventana nueva no es la misma que hubo una vez, el sello funciona porque el concepto general de una ventana de cristal tintado se ha cumplido.
»Tú has pasado mucho tiempo con el emperador.
Tu alma está familiarizada con él, igual que el marco de la ventana está familiarizado con el cristal tintado.
Por eso tengo que probar los sellos con alguien como tú, y no conmigo misma.
Cuando te marco, es como… es como si le presentara a tu alma una pieza de algo que debería conocer.
Solo funciona si la pieza es muy pequeña, pero mientras lo sea, y mientras el alma considere que la pieza es una parte familiar de Ashravan, como he indicado, el sello prenderá durante un breve período antes de ser rechazado.
Gaotona la miró aturdido.
—¿Debo suponer que te suena a tonterías supersticiosas? —aventuró Shai.
—Es bastante místico —repuso Gaotona, extendiendo las manos ante él—. ¿El marco de una ventana que conoce el «concepto» de una vidriera? ¿Un alma que comprende el concepto de otra alma?
—Estas cosas existen más allá de nosotros —dijo Shai mientras preparaba otro sello—.
Nosotros pensamos en ventanas, sabemos de ventanas, de modo que lo que es y lo que no es una ventana adquiere significado en el Reino Espiritual.
Adquiere vida, en cierto modo. Puedes creerte la explicación o no; supongo que no importa.
El hecho es que puedo probar estos sellos contigo y, si prenden durante al menos un minuto, será un buen indicativo de que he dado con algo.
»Lo ideal sería probarlo con el emperador, pero en su estado no podría responder a mis preguntas.
Necesito no solo que prendan, sino también que funcionen juntos y eso requerirá que me expliques lo que sientes para que yo pueda hacer ajustes en la dirección adecuada. Y ahora, extiende el brazo, por favor.
—Muy bien.
Gaotona se preparó y Shai presionó otro sello contra su brazo. Lo remató con medio giro, pero en cuanto retiró el sello, la marca se disipó en una vaharada roja.
—Maldición —exclamó Shai.
—¿Qué ha sucedido? —preguntó Gaotona, llevándose los dedos al brazo. Olía a tinta corriente: el sello se había desvanecido tan rápido que la tinta ni siquiera se había incorporado a su mecanismo—. ¿Qué me has hecho esta vez?
—Nada, al parecer —respondió Shai, al tiempo que inspeccionaba la cabeza del sello en busca de defectos. No encontró ninguno—. Con este estaba equivocada. Muy equivocada.
—¿Cuál era?
—El motivo por el que Ashravan accedió a convertirse en emperador —dijo Shai—. Noches de fuego. Estaba segura de que lo tenía.
Negó con la cabeza y guardó el sello. Al parecer, Ashravan no se había ofrecido como emperador movido por un deseo profundamente arraigado de demostrar su valía ante sí mismo y su familia y escapar a la lejana pero alargada sombra de su hermano.
—Yo puedo decirte por qué lo hizo, Falsificadora —dijo Gaotona.
Ella lo miró. «Este hombre animó a Ashravan a presentarse al trono imperial —pensó—. Ashravan acabó odiándolo por ello. O eso creo».
—Muy bien —dijo—. ¿Por qué?
—Quería cambiar las cosas —respondió Gaotona—. En el imperio.
—No habla de eso en su diario.
—Ashravan era un hombre humilde.
Shai enarcó una ceja. Esa revelación no encajaba con los informes que le habían dado.
—Sí, tenía temperamento —prosiguió Gaotona—. Y si te ponías a discutir con él, apretaba los dientes y defendía con vehemencia su argumento. Pero el hombre… el hombre era… En el fondo, era un hombre humilde. Tendrás que comprender esto de él.
—Ya veo.
«Fue cosa tuya, ¿verdad? —pensó Shai—. Esa mirada de decepción, la implicación de que podríamos ser mejores personas de lo que somos». Shai no era la única que consideraba que Gaotona la trataba como si fuera un abuelo insatisfecho.
Saberlo le dio ganas de desestimar al hombre por irrelevante. Pero se había ofrecido él mismo para las pruebas. Gaotona consideraba espantoso lo que ella hacía, y por eso había insistido en recibir el castigo en persona, en vez de enviar a otro.
«Eres auténtico, ¿verdad, anciano?», pensó Shai mientras Gaotona volvía a sentarse, con la mirada perdida pensando en el emperador. Se descubrió inquieta.
En su oficio había muchos que se burlaban de los hombres honestos, al considerarlos presas fáciles. Eso era una falacia. Ser honrado no significaba ser ingenuo. Un necio deshonesto y un necio honesto eran igualmente fáciles de engañar: solo había que abordarlos de maneras distintas.