Día dos #2
«Parece que es justo lo que habéis hecho, suponiendo que el bufón escapara con el original», pensó Shai. Experimentó un pequeño escalofrío de satisfacción al saber que su falsificación estaba ocupando el puesto de honor del Cetro Lunar en la Galería Imperial.
—¿Y qué nos dices de esto? —preguntó Frava, agitando sus largos dedos para que un ariete le trajera algo de un lado de la estancia.
Se trataba de una pintura, que el guardia colocó sobre la mesa. La obra maestra de Han ShuXen, Lirio del estanque del manantial .
—Lo encontramos en tu habitación de la posada —prosiguió Frava, dando unos golpecitos en la pintura con los dedos—.
Es una copia de un lienzo que yo misma poseo, uno de los más famosos del imperio.
La entregamos a nuestros asesores, y ellos consideran que tu falsificación es, como mucho, propia de una aficionada.
Shai miró a la mujer a los ojos.
—Dime por qué has creado esta falsificación —dijo la decana, inclinándose hacia delante—.
Es evidente que planeabas intercambiarla por el lienzo que tengo en mi despacho junto a la Galería Imperial.
Y sin embargo, tu objetivo era el Cetro Lunar.
¿Por qué planeabas robar también el lienzo? ¿Por avaricia?
—Mi tío Won me dijo que siempre tuviera un plan de reserva —respondió Shai—. No pude asegurarme de que el cetro estuviese siquiera en exposición.
—Ah —dijo Frava. Adoptó una expresión casi maternal, aunque estaba cargada de una repulsión apenas disimulada y de condescendencia—.
Solicitaste la intervención de un árbitro en tu ejecución, como hacen la mayoría de los prisioneros.
Por impulso, decidí acceder a tu petición porque sentía curiosidad por saber por qué habías creado este lienzo.
—Negó con la cabeza—. Pero niña, no pensarás en serio que vamos a dejarte en libertad.
¿Con pecados como este? Estás en una situación gravísima, y nuestra piedad tiene un límite.
Shai se volvió para mirar a los otros árbitros. Los que estaban sentados junto a la chimenea parecían no estar prestando ninguna atención, pero tampoco hablaban entre sí. Estaban escuchando. «Algo va mal —pensó Shai—. Están preocupados».
Gaotona permanecía de pie a un lado. Inspeccionó a Shai con ojos que no traicionaban ninguna emoción.
Los modales de Frava tenían el aire de quien reprende a un niño pequeño.
El final de su comentario encerraba el propósito de hacer que Shai esperara ser liberada.
En conjunto, palabras y modales pretendían volverla maleable, dispuesta a aceptar cualquier cosa con la esperanza de alcanzar la libertad.
«Una oportunidad, en efecto».
Era hora de tomar el control de la conversación.
—Queréis algo de mí —dijo Shai—. Estoy dispuesta a discutir mi pago.
—¿Tu pago? —se extrañó Frava—. ¡Niña, van a ejecutarte al amanecer! Si deseáramos algo de ti, tu pago sería tu vida.
—Mi vida es mía —replicó Shai—. Y lo es desde hace días.
—Por favor —dijo Frava—. Estabas encerrada en la celda de los Falsificadores, con treinta tipos diferentes de piedra en la pared.
—Cuarenta y cuatro tipos, en realidad.
Gaotona enarcó una ceja, admirado.
«¡Noches! Me alegro de haber acertado».
Shai miró a Gaotona.
—¿Creíais que no reconocería la piedra de afilar? Por favor. Soy Falsificadora. Aprendí a clasificar piedras durante mi primer año de formación. Ese bloque procedía claramente de la cantera de Laio.
Frava abrió la boca para hablar, con una leve sonrisa en los labios.
—Sí, sé lo de las placas de ralkalest, el metal Infalsificable, oculto tras la pared de roca de mi celda —aventuró Shai—.
La pared era un acertijo para distraerme.
No construiríais una celda de rocas como la piedra arenisca, por si un prisionero renunciara a Falsificar y tratara de abrirse paso cavando.
Construisteis la pared, pero la asegurasteis con una placa de ralkalest detrás para impedir la huida.
Frava cerró la boca de golpe.
—El problema del ralkalest —continuó diciendo Shai— es que no es un metal muy fuerte. Sí, la reja en lo alto de mi celda era bastante sólida y no podría haber escapado por ahí. Pero ¿una placa fina? Venga ya. ¿Habéis oído hablar de la antracita?
Frava frunció el ceño.
—Es una roca que arde —terció Gaotona.
—Me disteis una vela —dijo Shai, rebuscando en su espalda.
Arrojó sobre la mesa su sello de alma improvisado con madera—.
Todo lo que tenía que hacer era Falsificar la pared y persuadir a las piedras de que son de antracita.
No sería una tarea difícil, una vez identificados los cuarenta y cuatro tipos de roca.
Podría quemarlas, y ellas derretirían esa placa tras la pared.
Shai acercó una silla y se sentó ante la mesa. Se reclinó en el respaldo. Tras ella, el capitán de los arietes refunfuñó en voz baja, pero Frava frunció los labios y no dijo nada. Shai dejó que sus músculos se relajaran y encomendó una plegaria silenciosa al Dios Desconocido.
¡Noches! Parecía que se lo habían tragado. A Shai le preocupaba que supieran lo suficiente sobre el arte de Falsificar para advertir su mentira.
—Iba a escapar esta noche —prosiguió Shai—, pero lo que queréis que haga debe de ser importante, ya que estáis dispuestos a implicar a una malhechora como yo. Y así llegamos al asunto de mi pago.
—Todavía podría hacerte ejecutar —dijo Frava—. Ahora mismo. Aquí.
—Pero no lo harás, ¿verdad?
Frava apretó la mandíbula.
—Te advertí que sería difícil de manipular —dijo Gaotona a Frava.
Shai notaba que lo había impresionado, pero al mismo tiempo sus ojos parecían ¿apenados? ¿Era la emoción correcta? Le resultaba tan complicado leer a ese hombre como si se tratase de un libro en svordisano.
Frava alzó un dedo y luego lo dirigió a un lado. Un criado se acercó con una cajita envuelta en tela. El corazón de Shai se sobresaltó al verlo.
El hombre abrió los cierres de la parte delantera y levantó la tapa.
La caja estaba recubierta de una suave tela y tenía cinco hendiduras para albergar sellos de alma.
Cada sello cilíndrico de piedra era tan largo como un dedo y tan ancho como el pulgar de un hombre.
Dentro de la caja, sobre las hendiduras, había un cuadernillo con tapas de cuero gastado por el uso.
Shai aspiró un atisbo de su familiar olor.
Se llamaban Marcas de Esencia, el tipo más poderoso de sello de alma. Cada Marca de Esencia tenía que ser armonizada con un individuo concreto, y su función era reescribir su historia, su personalidad y su alma durante un breve período. Aquellas cinco estaban armonizadas con Shai.
—Cinco sellos para reescribir un alma —dijo Frava—. Cada uno de ellos es una abominación, y poseerlos es ilegal. Estas Marcas de Esencia iban a destruirse esta tarde. Aunque hubieras escapado, las habrías perdido. ¿Cuánto tiempo se tarda en crear una?
—Años —susurró Shai.
No había otras copias. Era demasiado peligroso dejar notas y diagramas, incluso en secreto, ya que daban a otras personas excesiva información sobre la propia alma. Shai nunca perdía de vista esas Marcas de Esencia, excepto en las raras ocasiones en que se las quitaban.
—¿Las aceptarás como pago? —preguntó Frava con una mueca en los labios, como si discutiera sobre una comida de cieno y carne podrida.
—Sí.
Frava asintió, y el criado cerró la caja.
—Entonces, déjame que te muestre lo que tienes que hacer.
Shai nunca había visto a un emperador antes, y mucho menos pellizcado a uno en la cara.
El emperador Ashravan de los Ochenta Soles, cuadragésimo noveno señor del Imperio Rosa, no respondió cuando Shai lo pellizcó. Continuó mirando a la nada, y sus mejillas redondas se veían sonrosadas y sanas, pero su expresión carecía por completo de vida.
—¿Qué le ha sucedido? —preguntó Shai, retirándose de la cama del emperador.
Estaba confeccionada al estilo del antiguo pueblo lamio, con un cabecero en forma de fénix alzándose hacia el cielo.
Había visto un dibujo de un cabecero semejante en un libro; probablemente la Falsificación se había extraído de esa fuente.
—Asesinos —dijo el árbitro Gaotona. Estaba de pie al otro lado de la cama, junto con dos cirujanos.
De los arietes, solo habían permitido la entrada a Zu, su capitán—.
Los asesinos irrumpieron hace dos noches y atacaron al emperador y a su esposa.
A ella la mataron. El emperador recibió un virote de ballesta en la cabeza.
—Teniendo eso en cuenta —advirtió Shai—, su aspecto es bastante bueno.
—¿Estás familiarizada con el resellado? —preguntó Gaotona.
—A grandes rasgos —respondió Shai.
Su pueblo lo llamaba Falsificación de la Carne.
Si la utilizaba un cirujano muy habilidoso, podía Falsificar un cuerpo para que eliminara sus heridas y cicatrices.
Requería una gran especialización. El Falsificador tenía que conocer todos y cada uno de los tendones, cada vena y cada músculo, para poder curar con precisión.
Resellar era una de las pocas ramas de la Falsificación que Shai no había estudiado a fondo. Si se fracasaba en una falsificación corriente, se creaba una obra de escaso mérito artístico. Si se fracasaba en una Falsificación de la Carne, moría gente.
—Nuestros reselladores son los mejores del mundo —dijo Frava, dando unos pasos a los pies de la cama, con las manos a la espalda—. Atendieron al emperador a toda prisa tras el intento de asesinato. La herida de su cabeza sanó, pero…
—Pero ¿su mente no? —preguntó Shai, agitando de nuevo la mano delante de la cara del emperador—. No parece que hayan hecho un buen trabajo.
Un cirujano carraspeó. El hombre, diminuto, tenía orejas como los postigos de una ventana que se hubieran abierto de par en par en un día soleado.