El Alfa y la Princesa de Sangre (Secretos de Sangre 1) Capítulo 4 Zoe #2
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Capítulo 4 Zoe #2

—¿Qué es lo que sientes?

—Algo ha cambiado… pero ¿cómo puede ser posible?

—Nos estamos vinculando, Zoe. Nuestras almas al fin se están reconociendo.

—Eso no puede ser, no… no digas tonterías. Los que se vinculan son los lobos y yo soy una vampiresa. Es imposible. Solo estoy cansada, agotada, es eso; por esa razón me siento así —replico, aunque no me muevo de mi lugar, ni rechazo su caricia.

—Lo que experimentas no es fatiga, y tú lo sabes muy bien —me dice—.

Además, mi abuela es una vampiresa al igual que tú y sabes perfectamente que está vinculada con mi abuelo.

No lo niegues, Zoe, por favor no lo hagas.

Analicémoslo como sé que te gusta hacer con todo.

Cuéntame qué sientes, ¿o prefieres que sea yo quien te describa lo que me pasa?

—Dímelo tú primero —le pido en un susurro, porque no estoy segura de poder poner en palabras lo que experimentan mi mente y mi cuerpo; siento como si mis terminaciones nerviosas desprendieran chispas.

—Siento una infinidad de cosas, Zoe. Siento necesidad de ti; es una necesidad imperiosa.

Te deseo como jamás he deseado nada en mi vida; anhelo estar a tu lado, tocarte y que me toques.

No quiero dejar de percibir tu aroma nunca.

Ha cambiado: es más cítrico, más picante e intenso que antes.

Me fascina, me gusta mucho. Podría devorarte —confiesa sonriendo con picardía.

—No digas tonterías, no bromees con eso, Matt, por favor. Debe de haber otra explicación. No podemos estar vinculándonos. ¿Cuántos años hace que nos conocemos? ¿Cuántos momentos hemos compartido sin sentir absolutamente nada?

—¿Estás completamente segura? El vínculo se ha iniciado en nosotros, no podemos ignorarlo.

Yo no lo niego, y tú tampoco deberías. Es muy probable que haya comenzado antes, solo que recién ahora nuestros corazones finalmente lo están aceptando.

No lo niegues. No nos niegues a nosotros.

Te deseo con locura y sé perfectamente que tú también me deseas; puedo olerlo en ti. Estás excitada.

—No… no… —le contradigo, aunque no sé bien por qué lo hago—; solo tengo calor y estoy cansada.

No sé nada sobre ningún vínculo —insisto en mi negativa, aun cuando en mi interior me he dado cuenta de que esa es la única explicación para lo que sentimos, para lo que nos sucede, pero me cuesta asimilarlo.

—¿Tienes mucho calor? —murmura rozando mis labios—. ¿Tal vez yo podría ayudarte a que te sientas mejor?

—Sí…, sí, tengo calor; en realidad lo que tengo es sed. ¿Podrías servirme una copa, por favor? —le pido, ansiosa por cambiar de tema para no enfrentar la situación de inmediato.

—Claro, por supuesto —concede, distanciándose apenas unos centímetros de mi rostro—. ¿Prefieres sangre u otra bebida?

—Sangre, por favor. Estoy muy sedienta —admito, mientras percibo que el aroma de su propia sangre huele tan bien que incrementa mi necesidad.

—Bien, ¿de qué tipo la prefieres?

—De la tuya —respondo sin filtros. Mi boca parece cobrar vida propia y expresar mis deseos más ocultos.

—Así que… ¿tienes sed de mi sangre? ¿Quieres beber de mí?

—Yo… yo… sí, eso es lo que quiero. Y también te deseo, no puedo seguir ocultándolo, no lo puedo negar —confieso aceptándolo finalmente: lo anhelo, lo quiero, lo necesito por completo.

—Ya me tienes, nena —declara antes de que sus labios impacten con los míos con una voracidad que me toma por sorpresa.

Me sujeta con firmeza por la nuca y la cintura, pegándome por completo a su cuerpo mientras su boca invade la mía.

Esto es exactamente lo que estuve necesitando durante toda la noche: estar en sus brazos y que me bese con esa intensidad.

Me está devorando. Yo no me quedo atrás y respondo al ataque profundizando el beso, invadiendo su boca con mi lengua, recorriendo cada rincón saboreando su esencia.

Es el néctar de mi deseo. Sus manos se desplazan con libertad por mi cuerpo, acariciándome en todas partes, y las mías lo siguen imitando su recorrido.

Estamos en absoluto frenesí. Deseo tener su miembro dentro de mí, lo necesito en mi interior con urgencia.

Si antes contenía el aliento para evitar sentir su aroma, ahora lo inhalo profundamente; quiero impregnarme en su olor.

Siento lo duro que está, erguido y listo para mí.

Como podemos, nos dirigimos el sofá más grande de la estancia; él se acomoda en el centro y yo me siento a horcajadas sobre su regazo.

Tuve que subir un poco mi vestido para poder hacerlo.

Todo lo hicimos sin que en ningún momento nuestras bocas se separaran un instante.

Ahora siento sus manos en mis pechos; sus caricias son delicadas, modelando mi contorno, como si midiera su volumen.

Se amoldan perfecto a sus palmas. Los siento llenos, pesados, y ansío que pose su boca en ellos.

Parece leer mis pensamientos, ya que interrumpe el beso para deslizar los tirantes de mi vestido, retirar mi sostén, y dejar mis pechos al descubierto.

Mis pezones ya están erectos, duros, apuntando hacia él.

Sin perder tiempo, toma uno entre sus labios mientras acaricia el otro con sus dedos.

Estoy en un éxtasis primitivo. Quiero seguir besándolo, pero su boca se encuentra muy bien ocupada, así que busco su piel más cercana, para besar, para saborear.

Es su cuello. Su vena late con fuerza ahí mismo, llamándome, transportando su rica sangre.

La tentación es enorme y es verdad que tengo sed, pero sé que no debo tomarla sin su consentimiento.

—Bebe todo lo que quieras, nena —me autoriza, apartándose apenas un instante de mi pecho para luego continuar besándolo y succionándolo.

No lo pienso más y, por primera vez en mi existencia, tomo sangre directamente de la vena de alguien.

No existen palabras, no hay forma de explicar lo que experimenté; fue una sensación alucinante, una descarga de vitalidad recorriendo mi sistema.

Por primera vez en mucho tiempo mi deseo de sangre es voraz.

No quiero detenerme, me siento viva, plena.

Incluso presiento que estoy al borde de un orgasmo solo con las caricias de Matt, con su boca en uno de mis pechos y su sangre entrando en mi interior desde su vena.

No lo puedo controlar. No lo quiero controlar.

Es superior a mis fuerzas y no pretendo contenerlo; quiero entregarme al placer, quiero llegar al clímax.

—Sí, nena, córrete para mí —me alienta.

Y yo lo hago. Me quiebro con una fuerza brutal.

Alcanzo un espasmo tan intenso, tan potente que, de no estar aferrada a su cuello, prendida a su vena, estaría gritando de puro placer.

Nunca me he corrido así, ni en mis mejores fantasías he tenido un clímax como este.

Mi intimidad palpita de placer en contracciones salvajes y Matt ni siquiera me ha tocado allí.

De hecho… por Dios, ¡si él está completamente vestido!

Pero me siento tan bien. Mi plenitud es absoluta.

Poco a poco, él va ralentizando sus caricias, va dando sutiles pasadas con su lengua por mis pezones.

Intenta que me relaje, pero sigo muy arriba, mi pulso sigue acelerado; podría volver a estallar otra vez en cualquier momento.

Tengo que hacer el esfuerzo y me concentro; debo pensar en él también, en su propio placer.

Sigo bebiendo, pero ahora más suavemente hasta que, poco a poco, desprendo mis colmillos de su vena y paso mi lengua por la carne, cerrando los puntos donde lo perforé.

Su respiración, lejos de estar calmada, es agitada, delatando que hace un esfuerzo descomunal por mantener el control.

Pero realmente no quiero que se contenga; deseo darle lo que me dio, deseo devolverle la misma intensidad.

Empiezo a mover las caderas, buscando la fricción contra su sexo caliente, apretándome a su dureza, frotándome contra ella. Es tan evidente su tamaño, está tan duro y formidable que me muero por poseerlo. Quiero que me tome, que me embista con fuerza y quiero que lo haga ahora mismo.