El Alfa y la Princesa de Sangre (Secretos de Sangre 1) Capítulo 1 Matt
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Capítulo 1 Matt

Hoy me convertiré en Alfa.

Mi abuelo, Calo Capolupi —hasta hoy Alfa de la Manada de Sicilia—, dimitirá en mí.

Él es un lobo de doscientos noventa y nueve años que se emparejó con mi abuela, Sophie Vetro —aunque a ella le gusta que la llamen Sophie Vetro di Capolupi—, una vampiresa del norte de Italia perteneciente a una familia muy cercana a la realeza vampírica.

Evita mencionar su edad, pero lleva sus trescientos diecisiete años de manera estupenda y sigue «congelada» en los treinta.

Creo que le desagrada mencionarla porque cronológicamente es mayor que mi abuelo, pero, al ser una vampiresa, no lo aparenta en absoluto.

Él es moreno, de pelo negro y ojos dorados —como somos todos los Capolupi—.

Sus facciones resaltan poderosas. Por el contrario, mi abuela es rubia, casi platinada, y sus ojos son cristalinos; a veces parecen celestes y otras verdes, según su estado de ánimo.

Verlos juntos es un espectáculo sin igual: son opuestos y, a la vez, representan la mejor combinación posible.

Su relación nació luego de que terminara la «Gran Guerra», donde lobos y vampiros se unieron para combatir a las brujas negras.

El suyo es un matrimonio por amor, muy intenso; tanto que, a veces, diría que hasta me avergüenzan sus muestras de afecto.

Ellos se vincularon, algo que pocos afortunados consiguen en su vida; no es tan común como algunos piensan, y tengo entendido que solo ocurre si hay sangre de lobo de por medio.

No conozco ninguna pareja vinculada donde al menos uno de ellos no sea lobo.

El vínculo de mis abuelos proporcionó a la manada una serie de relaciones que hasta el momento nunca habíamos tenido.

Eso provocó que la Manada de Sicilia ganara poder, ampliara sus alianzas con otros territorios lobunos, tuviera conexiones con otras razas y trajera prosperidad para todos.

Aunque al principio a los lobos sicilianos les costó aceptar a mi abuela, lo hicieron cuando vieron de primera mano cómo era la relación de su líder con una vampiresa, ahora convertida en Luna de Sicilia.

Cuando pudieron conocerla, ver cómo actuaba, se desenvolvía y los ayudaba a todos a cumplir metas personales nunca imaginadas, la aceptaron por completo.

Ese es un don especial de ella: su instinto para «saber» qué necesita alguien es infalible.

Además, les demostró que al final lo único que importaba era el amor y el respeto mutuo, y que pertenecer a distintas razas no tenía por qué marcar una diferencia.

Pero la vida feliz de la manada cayó en desgracia cuando mis padres, Donato y Concetta, murieron junto con otras personas.

Entre las víctimas estaban el Beta de mi abuelo y su esposa; los padres de mi amigo Marco.

Todos fueron asesinados en un atentado perpetrado por un pequeño aquelarre de brujas negras que logró escapar de la Gran Guerra; y aun, siglos después, se negaban a aceptar la derrota y el hecho de que lobos y vampiros se hubieran unido para contrarrestar su ataque.

Seguían empecinadas en ser los únicos miembros sobrenaturales del mundo y en acumular todo el poder para someter al resto de las razas.

No lo aceptamos. Tuvimos justicia. Mi abuelo la hizo efectiva con el apoyo de otros Alfas y varios miembros de la realeza vampírica con vínculos cercanos a nuestra manada.

Volvieron a unir fuerzas y finalmente este aquelarre fue diezmado, quedando solo unos pocos miembros que aceptaron hacer el ritual para transformarse en brujas blancas, buscando la paz tras haber sido arrastrados constantemente a guerras por sus líderes obsesionados con el poder.

Todo esto les pasó factura a mis abuelos, pero principalmente a él, que se culpaba por haber seguido a su corazón al casarse con una vampiresa.

Mezcló las razas, nos hicimos más fuertes, y él pensaba que por esa decisión las brujas negras nos habían convertido en el blanco de su ataque.

El único consuelo que les quedaba era que mis padres habían podido tenerme, completando la familia que tanto deseaban.

El ánimo de mis abuelos comenzó a mejorar cuando él, por recomendación de mi abuela, decidió que dimitiría y me pasaría el mando de la manada en mi cumpleaños número cuarenta.

No es habitual que un lobo dimita tan pronto, con apenas unos siglos en el poder.

Generalmente permanecen alrededor de quinientos años en el cargo y luego se retiran.

Mi abuelo apenas ha sido Alfa un par de siglos; tuvo que tomar el mando al morir mis bisabuelos en la Gran Guerra.

Ha pasado por demasiadas pérdidas: sus padres, los míos, su Beta y un sinfín de amigos y colegas.

Todo esto lo llevó a tomar la decisión de cederme el poder.

Pero no podía simplemente hacerlo de la noche a la mañana; tuvo que esperar hasta mi cumpleaños cuarenta, porque, a menos que haya un vacío de poder, ningún lobo menor a cuarenta años puede ser Alfa.

Es así porque cuando un lobo cumple cuarenta es un hito importante.

Finalmente completamos nuestra transformación y somos en verdad adultos; nuestro desarrollo se ralentiza deteniéndose y, aunque tenemos cuarenta, aparentamos ser incluso más jóvenes.

Así es como vivimos casi toda nuestra vida, que puede llegar a ser realmente larga.

Hay registros de lobos que vivieron más de mil años, aunque en general la media ronda los ochocientos o novecientos.

Por eso, que mis padres fallecieran en ese atentado con apenas unos doscientos años fue terrible para todos; eran muy jóvenes y tenían muchos planes por delante.

Ese dolor es el que finalmente llevó a mi abuelo a retirarse.

Quería quitarse carga de los hombros, y tanto mi abuela como yo estábamos de acuerdo con ello.

En su intento por enmendar lo que creía haber provocado, me hizo prometerle —como una especie de condición para convertirme en Alfa— que buscaría pareja entre las lobas.

Y no era porque tuviera algo en contra de las uniones mixtas; al fin y al cabo, él y mi abuela eran ese tipo de pareja.

El problema era su culpa: pensaba que si ellos no hubieran decidido estar juntos, mi padre no habría sido un híbrido y las brujas negras no habrían querido asesinarlo.

Según su lógica, mi madre no se habría interpuesto para defenderlo y ambos estarían vivos; y si su Beta no hubiera estado cenando con mis padres junto a su esposa, tampoco habrían muerto.

Pero esos son demasiados «y si…». Por lo que, por su tranquilidad, le aseguré que no buscaría a mi compañera entre los vampiros u otra raza, sino que lo haría entre las lobas.

Sin embargo, parece que el destino tiene otros planes para mí. Aunque mi intención era cumplir la palabra dada, hoy, en la noche en la que se celebra mi fiesta de cumpleaños y la toma formal del cargo de Alfa, pasó lo impensado.

∞∞∞

Estoy en mi habitación, vistiéndome para la celebración.

Me miro en el espejo y veo mi imagen congelada; así seré el resto de mi vida.

Me pongo mi traje de gala, un esmoquin que mi abuela eligió para mí y mandó confeccionar con uno de los mejores sastres italianos.

Me queda como un guante: marca mi musculatura, acentúa mis facciones y destaca mi altura.

No me colocaré ninguna joya; luego mi abuelo lo hará por mí.

Me calzo mis zapatos Santoni estilo Oxford y quedo listo para la gran noche.

Al entrar a la sala, lo noto: siento el tirón del vínculo entre compañeros, algo que solo a pocos lobos les pasa; no es habitual.

Pero parece que es una constante en nuestra familia: mis abuelos lo tienen, mis padres lo tuvieron y, por lo que estoy sintiendo, ahora yo me uno a ese grupo selecto.

Solo espero que ella me acepte y le pase lo mismo, porque romper este vínculo sería insoportable para mí; lo siento dentro de mi sangre, recorriendo mi cuerpo, palpitando por mi compañera.

Ella está del otro lado del salón, rodeada de gente, pero la detecto.

Puedo sentirla, oler su aroma, que es cítrico, dulce y a la vez picante, tirando de mis entrañas.

Me recuerda a la flor de azahar que sentimos en primavera en Sicilia, pero especialmente en Palermo, donde residimos.

Estoy anonadado. Llevo años trabajando con ella, compartiendo mi vida a nivel de amistad, y nunca sentí nada más que cariño y respeto por su inteligencia, su dedicación y el amor que le tiene a su familia y a mis abuelos.

Fue un bastión para nosotros, acompañándonos y apoyándonos cuando perdimos a mis padres. No puedo negarlo: Zoe es mi compañera.

Es la que el destino tiene para mí, pero también es una vampiresa, y no creo poder mantener la promesa de buscar una loba como compañera.

El vínculo es un lazo imposible de romper para un lobo.

Solo ella, por ser vampiro, podría no aceptarlo si es que no lo siente; pero si me rechaza, no habrá nadie más para mí.

Ya sabía que tendría días y semanas difíciles.

Entre tomar el mando y demostrar a los miembros de la manada que, aunque soy muy joven, soy apto para el cargo; esperar no cometer errores que inciten a alguien a desafiarme —algo que jamás ha pasado en nuestra manada y espero no ser el primero—; y elegir a mi Beta…

no será fácil. Pero ahora, tener que romper la promesa dada a mi abuelo porque el vínculo no me permitirá cumplirla de ninguna manera, solo hará las cosas aún más difíciles.