Epílogo
Annalise - Cinco años después
Las risas de los niños resonaban por los terrenos de la manada mientras Fenrir, de cinco años, perseguía a su hermana Freya, de dos, por los jardines.
Los chillidos encantados de la pequeña se mezclaban con las pacientes explicaciones de él sobre el «juego muy importante» al que estaban jugando.
Yo observaba desde el porche de la casa del Alfa, con una mano apoyada en mi vientre abultado, donde nuestro tercer hijo crecía fuerte y activo, y la otra sosteniendo un vaso del famoso té helado de Luna Etta.
—¡Mamá, mira! —gritó Fenrir, con los ojos ámbar brillantes de emoción, mientras demostraba cómo acechar correctamente entre los rosales.
Incluso a los cinco años, sus instintos naturales de Alfa eran evidentes: protector con su hermanita, seguro de sus habilidades, pero lo bastante tierno como para dejarse «atrapar» cuando el juego lo requería.
—Muy impresionante, cariño —respondí, sonriendo mientras Freya iba tras él con pasitos decididos y esa concentración férrea que marcaba todo lo que hacía.
Tenía el pelo oscuro de Marshall, pero mis ojos verdes, y una testarudez que prometía una adolescencia interesante.
—Los de Maine deberían llegar en cualquier momento —dijo Marshall, sentándose en la silla junto a mí con su vaso de té.
A los veintiocho, había madurado en su papel de Alfa con una confianza que ya no necesitaba imponerse mediante la dominación.
Ya le plateaban las sienes —consecuencia de liderar una manada de lobos y perseguir a dos cachorros llenos de energía—, pero sus ojos ámbar conservaban la misma calidez que habían adquirido el día que nació Fenrir.
Lo observé enviar un mensaje a toda la manada, el mismo recordatorio de antes de cada visita de nuestros amigos humanos.
Recordatorio para la manada: Nuestra familia de Maine llega en 15 minutos.
Protocolos estándar activos: nada de transformaciones, nada de referencias sobrenaturales, cuidado con las demostraciones de fuerza.
Démosles la cálida bienvenida que merecen sin revelar nuestra naturaleza.
—Rita va a malcriar a los niños hasta decir basta —dije, aunque yo lo esperaba tanto como ellos—. Lleva tejiendo mantas para este bebé desde que le conté que estaba embarazada.
—Y Tom trae el caballito de madera que lleva haciendo para Freya.
Marshall posó la mano sobre mi vientre y sonrió cuando nuestra hija, aún por nacer, respondió con una patada contundente.
—Esta pequeña va a ser tan movida como sus hermanos.
El ruido de motores interrumpió mis pensamientos, y sonreí al reconocer la camioneta de Tom.
Pero había un segundo coche, el todoterreno del Dr. Harrison, lo cual era extraño porque normalmente viajaba con los demás.
—Han traído un coche de más esta vez —observó Marshall, poniéndose de pie para ver mejor.
—¡Ya están aquí! —anunció Fenrir innecesariamente, abandonando su juego para correr hacia los coches que llegaban.
Freya fue tras él a trompicones, moviendo sus piernitas regordetas a toda velocidad para no quedarse atrás.
Marshall me ayudó a levantarme y bajamos a recibir a nuestros invitados.
Los miembros de la manada que trabajaban en los jardines y patios alzaron la vista con sonrisas de bienvenida, controlando sus movimientos para parecer completamente humanos.
—¡Ahí está mi niña! —exclamó Rita, saliendo del coche con su energía de siempre.
Tenía el pelo completamente canoso, pero sus ojos azules brillaban con el mismo afecto feroz con que me había recibido en su restaurante hacía ya tantos años.
—Mírate, radiante como el sol. ¿Cómo te encuentras?
—Cansada, hambrienta y deseando conocer a este bebé —respondí con franqueza, aceptando su abrazo delicado—. Pero feliz. Muy feliz.
Tom bajó de su camioneta con su cálida sonrisa de siempre, pero noté que miraba hacia el todoterreno del Dr. Harrison con lo que parecía preocupación.
El Dr. Harrison apareció después, pero no venía solo.
Una mujer joven salió del asiento del copiloto, con la postura cautelosa de alguien que intenta ocupar el menor espacio posible.
Aparentaba poco más de veinte años, con una larga melena rubia que atrapaba la luz de la tarde y unos llamativos ojos azules que parecían absorberlo todo sin revelar nada.
Vestía unos vaqueros sencillos y un jersey discreto, pero había algo en su porte —una gracia natural combinada con una cautela evidente— que captó mi atención de inmediato.
—Annalise, Marshall —dijo el Dr. Harrison, con su habitual jovialidad algo apagada—, espero que no os importe, pero hemos traído a alguien.
—Esta es Heaven, mi sobrina. Lleva unas semanas en mi casa mientras... resuelve algunas cosas.
Heaven dio un paso adelante a regañadientes, con las manos fuertemente entrelazadas frente a ella.
—Lamento la intromisión —dijo en voz baja, con un ligero temblor en la voz—. El tío David insistió en que no debía quedarme sola, pero le dije que estaría bien...
—Tonterías —dije con calidez, reconociendo las señales de alguien que había sufrido y le costaba volver a confiar—. Cualquier familia del Dr. Harrison es familia nuestra. Estamos encantados de tenerte aquí.
—Por supuesto —coincidió Marshall, aunque noté que estudiaba a Heaven con esa intensidad sutil que solía reservar para evaluar posibles amenazas a la manada.
No era exactamente sospecha, sino la atención meticulosa de un Alfa que se tomaba muy en serio la seguridad de su territorio.
Fenrir se había pegado a Rita, parloteando emocionado sobre sus últimas aventuras, mientras Freya estudiaba a los recién llegados con su habitual intensidad solemne.
Cuando su mirada se posó en Heaven, ladeó la cabeza con esa expresión curiosa que ponía al descubrir algo nuevo e interesante.
—¿Y cómo está nuestro futuro líder? —preguntó el Dr. Harrison, agachándose a la altura de Fenrir, recuperando su calidez habitual—. ¿Sigues con el plan de ser el mejor que esta comunidad haya visto?
—Sí, señor —respondió Fenrir con seriedad, aunque noté que su atención se desviaba constantemente hacia Heaven con el mismo interés curioso que mostraba su hermana—. Papá me enseña a ser justo con todos, y mamá me enseña a escuchar antes de decidir.
Mientras nos dirigíamos hacia la casa, me encontré caminando junto a Heaven. Los demás ya se habían enfrascado en sus animadas conversaciones de siempre sobre el viaje y las últimas novedades de Maine.
—El Dr. Harrison mencionó que estás pasando por algunas cosas —dije con delicadeza—. Espero que no te moleste que te lo diga, pero reconozco esa mirada. Si alguna vez quieres hablar con alguien que sabe lo que es reconstruirse después de que todo se derrumba, aquí me tienes.
Heaven me miró sorprendida, y por un momento su máscara se resquebrajó lo suficiente para dejar entrever el dolor que ocultaba.
—Gracias —dijo en voz baja—. Eso es... muy amable.
—No es amabilidad. Solo experiencia.
Casi habíamos llegado a la puerta principal cuando Jackson apareció por la esquina de la casa, dispuesto a saludar a nuestros invitados como siempre.
Se reía de algo mientras miraba hacia atrás, gritándole a uno de los miembros de la manada algo sobre el turno de patrulla del día siguiente.
Se volvió hacia nuestro grupo con su sonrisa acogedora de siempre, pero en el instante en que sus ojos se posaron en Heaven, se quedó paralizado.
Su expresión pasó del saludo amistoso al reconocimiento atónito, y de ahí a algo que parecía casi dolor.
—Compañera.
La palabra se le escapó en un susurro que resonó en el silencio repentino.
Heaven palideció y retrocedió instintivamente, las manos volando hacia su pecho como si hubiera recibido un golpe. El Dr. Harrison la rodeó de inmediato con el brazo en gesto protector, mientras Rita y Tom alternaban miradas confusas entre Jackson y Heaven.
Marshall y yo intercambiamos miradas; nuestro vínculo nos permitía comunicarnos sin palabras. «¡Sí!», prácticamente gritó en mi cabeza. «¡Ya era hora!».
Al ver cómo el rostro de Jackson se transformaba en asombro y el de Heaven se llenaba de confusión, no pude evitar esbozar una leve sonrisa.
Después de todo lo que habíamos pasado, después de tanto dolor, tanta sanación y tanto crecimiento, quizás la Diosa de la Luna tenía un regalo más que ofrecer.
La historia no estaba terminando. Estaba comenzando de nuevo.