El Álbum de Lilly Vida a la Sombra de la Muerte
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Vida a la Sombra de la Muerte

Debido a las pobres condiciones sanitarias y extrema pobreza que prevalecía hubo un brote de tifus en el pueblo de Wloszczowa.

Los alemanes le ordenaron al comité judío que erigieran un hospital con el fin de detener la expansión antes que se convirtiera en una epidemia.

En unos días, el comité había organizado un número de artesanos quienes renovaron un edificio abandonado para que pudiera funcionar como un hospital.

Construyeron veinticinco camas de madera, con colchonetas de paja que servían como colchones, encontraron mantas, y organizaron un personal de enfermeras y cocineros.

Ellos ahora estaban listos para aceptar pacientes.

Los primeros pacientes en llegar, quienes venían de aldeas circundantes, habían resultado infectados cuando venían al mercado en Wloszczowa.

Desafortunadamente, Wolf estuvo entre los primeros pacientes.

Cuando él había comenzado a mostrar señales de dolor abdominal y fiebre, fue inmediatamente llevado al hospital para exámenes.

Cuando un sarpullido rojizo apareció en la palma de su mano y desarrolló una terrible diarrea y comenzó a alucinar mientras su fiebre subía a más de cuarenta grados Celsius, fue confirmado que tenía tifus.

El doctor le ordenó bañarse en agua tibia.

Ida y Lilly se sentaron al lado de su cama toda la noche.

A la mañana siguiente, su condición mejoró ligeramente.

Su fiebre bajó y de nuevo reconoció a aquellos alrededor suyo, aunque sus dolores de cabeza no remitían.

Él estaba muy débil y era incapaz de comer algo.

Era incapaz de retener cualquier líquido; lo que fuera que bebía lo vomitaba.

Su cuerpo entero temblaba y se sacudía de lado a lado.

No había antibióticos disponibles, ya que el limitado suministro era enviado al frente de batalla para los soldados.

Él no recibía otra cosa más que analgésicos.

Esa noche él comenzó de nuevo a alucinar y perdió la conciencia varias veces. A la mañana siguiente su alma regresó a su creador.

Ida colapsó. Ella sintió que su mundo entero se había destruido.

«¿Por qué nos quedamos aquí cuando todos nosotros podría haber ido a Estambul? ¿Qué sucederá ahora?» Lilly, abrumada por el dolor, arrastró a su destrozada madre a casa, donde le dijeron a Paulina que su amado hijo ya no estaba más.

Al día siguiente Wolf fue sepultado en el cementerio judío en Wloszczowa. Cientos de dolientes vinieron; dolientes de todos los credos, judíos y Gentiles por igual, ya que él había sido amado por todos. Notablemente estuvieron ausentes entre los dolientes el padre Dabrowski y el conde Sosnowski.

Desde ese día en Adelante, Zosia venía todos los días para ayudar a Ida con sus quehaceres domésticos, traerle comida e incluso cocinarla. También ayudó a Ida a vender su joyería para obtener algo de efectivo.

Ida se preguntaba por qué ella no vio a Roza en el funeral y estaba preocupada de que algo le hubiera sucedido. Lilly se ofreció como voluntaria para ir a su apartamento y ver cómo estaba.

Ella se aseguró de ir durante las horas diurnas y no de noche.

Caminó por la plaza Rynek, la que ahora fue nombrada "Adolf Hitler Platz, " pasó la farmacia de Bitoft y llegó a la calle donde vivía Roza.

Ella repentinamente notó a un grupo de soldados alemanes que avanzaban hacia ella.

Trató de evadirlos pero ellos le bloquearon el paso.

"Gib mir eine kuss jude, " Dame un beso, judía, le dijo uno de ellos mientras todos los otros estallaron en risas.

Ella comenzó a retroceder sobre sus pasos, pero ellos la rodearon desde todos lados.

Con toda su fuerza ella comenzó a correr hacia la plaza mientras ellos la seguían por detrás.

Mientras cruzaba la plaza, ella vio que la farmacia Bitoft estaba abierta, por lo que entró corriendo rápidamente.

Los soldados se detuvieron y comenzaron a silbar e insultarla, pero no entraron a la farmacia. Finalmente se fueron.

Lilly se quedó en shock, todo su cuerpo le temblaba. Bronislaw Bitoft le trajo un vaso de agua y dijo, «Bebe, mi querida, te sentirás mejor.»

Ella le agradeció y estaba por irse cuando él se giró hacia ella y dijo, «Permíteme expresar mi dolor y mi pena, y la de mi esposa también, por la muerte de tu padre, y por los difíciles tiempos por los que están pasando. Si hay algo que yo pueda hacer, no dudes en pedirlo.»

Lilly le agradeció por sus amables palabras y corrió a casa.

Al día siguiente cuando Zosia escuchó lo que le había ocurrido a Lilly, ella se ofreció de voluntaria para ir a ver qué le había sucedido a Roza. Cuando ella llegó a su casa notó que las ventanas y persianas estaban cerradas y todo estaba oscuro. Ella tocó a la puerta pero no

hubo respuesta. Ella puso su oído contra la puerta y escuchó, pero ningún sonido pudo ser escuchado desde el apartamento.

Ella tocó a la puerta del apartamento vecino.

Tras varios intentos, una mujer anciana abrió la puerta.

«Lamento molestarla, ¿pero me gustaría preguntarle si usted ha visto a la dama que vive en el apartamento de al lado últimamente?

» La mujer cerró la puerta de un portazo en la cara de Zosia.

El vecino del piso de arriba no había escuchado nada ni sabía adonde había desaparecido Roza.

Zosia regresó a la casa de Ida y Lilly sin haber averiguado qué había sucedido con Roza. Dos semanas más tarde Roza apareció de repente en la casa de Ida. Ella tocó a la puerta y cuando Ida abrió la puerta, las dos hermanas cayeron una en brazos de la otra y comenzaron a llorar.

«¿Dónde has estado? Estábamos tan preocupadas por ti», dijo Ida con ira en su voz.

«Me escapé a Rusia con varios cientos de refugiados judíos y cristianos, no todos de Wloszczowa.

Cruzamos la frontera y llegamos a la ciudad de Lutsk, desde donde quisimos continuar hacia Kharkov, porque habíamos escuchado rumores de que los alemanes no estaban maltratando a los judíos.

Sin embargo, como en la guerra previa, resultó ser falso, así que decidimos regresar a Polonia.

Los rusos también están tomando gente, cargándolos en vagones y enviándolos a gulags y a campos en Novosibirsk, lugares de donde no regresas nunca.

Un grupo de unos cincuenta de nosotros decidimos regresar a Polonia.

Ya he estado en casa, abrí las ventanas para dejar que entre aire fresco para ventilación y pronto iré a volver a cerrarlas.

No creo que nadie haya notado mi ausencia.

En nuestro camino de regreso, experimentamos terribles odiseas.

Nos encontramos de hecho con algunas buenas personas que nos ayudaron en muchas maneras, pero estaban aquellos que nos arrojaban piedras para asegurarse que no nos acercáramos a sus aldeas», relató Roza con gran emoción.

«Mi querida Roza», dijo Ida, acariciándole el rostro. «Al menos podrías habernos hecho saber que te estarías yendo.»

«¿Dónde está Wolf? " Roza preguntó de repente, notando su ausencia.

"Wolf falleció de tifus hace dos semanas. Su salud fue rápidamente deteriorándose y a los dos días de ingresar al hospital murió. Sin medicamentos su oportunidad de recuperarse era nula», replicó Ida.

Roza estalló en lágrimas y dijo, «Qué será de nosotros con todas estas guerras, con todo el odio atroz de los alemanes y los rusos. Nosotros los judíos siempre estamos en el medio.»

«Ahora no es el momento de lamentarse. Podemos llorar por Papa cuando todo haya terminado y los alemanes se hayan ido de nuestro país», dijo Lilly.

«Si quieres, puedes quedarte aquí con nosotras. Puedes dormir conmigo en mi cama», le ofreció su hermana.

«Ya veremos, tal vez en unos días. Ahora voy a ir a casa», respondió Roza.

Roza dijo adiós a todos y se fue a casa.

A principios de febrero de 1940, los alemanes comenzaron a construir un muro alrededor del área de Lodz y poblarla con judíos. Por ende, el gueto de Lodz fue establecido.

Herman averiguó sobre el plan por sus pacientes cristianos, quienes le advirtieron sobre lo que sucedería.

Él sabía que una vez dentro del gueto, no había salida.

Él no quería esperar hasta el último minuto pero llevó a Berta y a sus dos niños y le pagó a un conductor polaco con un pequeño camión para que los sacara de contrabando de Lodz y los transportara a Wloszczowa.

Él imaginaba que en un pequeño pueblo las cosas serían más sencillas que en una gran ciudad como Lodz.

El viaje tomó cuatro horas en vez de dos, ya que el conductor dio un rodeo para evadir los retenes.

A veces ellos tenían que salir del camino y esperar a que una caravana de vehículos militares pasara.

Cuando se acercaron a Wloszczowa, el conductor se rehusó a entrar a la ciudad y los dejó a unos dos kilómetros de distancia. Ya era de noche y las luces de la ciudad eran visibles.

Los alemanes habían instalado un toque de queda en el pueblo a las nueve en punto. Era peligroso ser atrapado en la calle después de esa hora. Herman sabía que tenía que llegar a la casa de Ida antes que el toque de queda entrara en efecto.

Ellos fueron forzados a cargar sus pesadas maletas al pueblo.

Aunque su esposa Berta y su hija Irka ayudaban cargando, Herman alternaba cargar la maleta más pesada con su hijo Mietek, cada unos pocos metros.

A medida que el toque de queda se acercaba cada vez más, ellos decidieron dejar la maleta a un lado del camino y cubrirla con ramas y una pila de hojas secas.

Marcaron el lugar insertando una larga rama en el suelo, y comenzaron a caminar rápidamente hacia el pueblo.

Cuando llegaron al camino principal, se encontraron con un retén militar, donde se identificaron a sí mismos como residentes de Lodz que habían venido a visitar a sus parientes en el pueblo.

«¿Saben que hay una guerra en proceso?» el comandante le preguntó en alemán.