El Álbum de Lilly
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Prólogo
Al cabo de unos minutos, se abrió una pequeña trampilla en el techo y un único rayo de luz penetró en la sala.
Todos miraron hacia arriba y vieron caer un pequeño recipiente.
De pronto, un olor acre surgió del suelo y llenó la habitación.
La gente se llevó las manos a la garganta, ahogándose, tosiendo y vomitando.
Comenzaron a trepar unos sobre otros, tratando desesperadamente de alcanzar zonas más altas, donde aún quedaba algo de aire respirable.
Pocos instantes después, todo quedó inmóvil; ya no se oían gemidos ni sonidos de sufrimiento. Un silencio mortal se apoderó de la sala.
Se oyó el crujido de unas bisagras y las puertas se abrieron.
Unos guardias con máscaras miraron al interior y vieron que algunos cuerpos todavía se retorcían y temblaban mientras una espuma blanca les salía de la boca.
Los guardias se alejaron con rapidez y esperaron a que el gas se disipara antes de permitir que otros prisioneros entraran para retirar los cuerpos y llevarlos al crematorio, donde serían quemados.
Entre aquellos cadáveres estaba el de mi tía Lilly, que tenía solo veintisiete años.
Reconocí su rostro por las numerosas fotografías que se habían encontrado, perfectamente ordenadas, en su álbum personal, oculto por una familia polaca.
También sentía que la conocía por las historias que mi padre, su hermano mayor, me había contado sobre ella.
Desde que vi su imagen por primera vez, comencé a soñar, y ese sueño me persigue: aquellas aterradoras imágenes recurrentes.
Casi siempre, en el momento en que su cuerpo es arrojado al horno del crematorio y oigo el sonido metálico de la puerta de hierro al cerrarse, me despierto sudando y con el corazón desbocado.
Permanezco despierto en la cama, pensando e imaginando lo que debieron de vivir aquellas pobres almas que fueron llevadas como corderos al matadero.
Eran personas reales, muchas de ellas pertenecientes a mi numerosa y diversa familia.
Esos pensamientos me llenan de ira y de un fuerte deseo de venganza.
Me duele el cuerpo y me cuesta creer que todo aquello haya sucedido de verdad.
Pero he estado allí varias veces: en Majdanek, Treblinka, Auschwitz, Birkenau y Dachau. Lo he visto todo: los barracones, los crematorios, el muro de fusilamiento, la plataforma y las vías del tren. Aunque han pasado setenta años, parece que hubiera sido ayer.
Lilly fue asesinada cuatro años antes de que yo naciera y dos años antes de que terminara la Segunda Guerra Mundial.