El aeródromo Capítulo 32 Palos De Ciego
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Capítulo 32 Palos De Ciego

22 de octubre de 2026

09:30 horas

Comandancia de Logroño

—Estamos dando palos de ciego —masculló García, pasándose las manos por la cara con un gesto de profunda frustración, mientras señalaba con la base del rotulador un mapa del barrio de Valdegastea garabateado en la pizarra—.

El teléfono de Julián sigue sin aparecer por ninguna parte.

Los algoritmos de rastreo de señal y los escáneres de espectro de la IA forense no han detectado actividad en ninguna red desde el día del crimen; lo han despiezado o lo han sumergido en algún punto ciego.

García se detuvo un instante, entornando los ojos mientras repasaba las notas de su bloc.

—Esperad un segundo... Repasando las declaraciones del personal del evento, concretamente la del camarero que estaba en el guardarropa la noche de la entrega de premios, hay un detalle que se nos pasó por alto —señaló García, golpeando de nuevo con el rotulador una de las esquinas de la pizarra—.

El empleado recuerda perfectamente que Julián andaba por allí hablando por teléfono con cara de pocos amigos, sin parar de jugar con su viejo mechero zippo, dándole al dichoso "clic-clic" de la tapa una y otra vez.

Adrián levantó la vista de inmediato desde su tablet, enarcando una ceja.

—¿Un zippo? ¿Lo menciona alguien más de su entorno?

—Sí, rebuscando en el interrogatorio inicial a Victoria, lo nombra ella misma con cierto desdén —contestó Sara, tecleando rápido para marcar en rojo el objeto en la pantalla táctil—.

Cuando le preguntamos por sus manías, soltó de pasada que era insoportable verle siempre con el aparatito metálico en la mano, abriéndolo y cerrándolo constantemente.

Lo llevaba a todas partes. Pero entre las pertenencias que nos devolvieron del piso o las que supuestamente cayeron en el lugar del crimen...

el maldito mechero no está por ninguna parte. Ni rastro del zippo.

Sara cruzó los brazos, señalando las fichas impresas de Victoria y Alfonso en la pizarra.

—Yo os digo que aquí hay algo que cojea.

Lo huelo— intervino de nuevo la cabo negando con la cabeza—.

Victoria oculta algo, de eso no tengo ninguna duda.

Su coartada es precisa, respaldada por registros biométricos, aperturas de puertas inteligentes de la domótica de la casa y cámaras de seguridad domésticas que encajan al segundo.

Y Alfonso la secunda y blinda en cada palabra.

No hay por dónde hincarle el diente legalmente...

pero hay un detalle, una vibración en esa fachada tan limpia que no termina de encajar.

Adrián suspiró mientras arrastraba un mapa topográfico en su monitor auxiliar.

—Y las huellas de pisadas que sacamos junto a la valla caída por las lluvias tampoco ayudan —añadió Adrián, mirando los datos flotantes—.

Las hemos pasado por el sistema de reconocimiento predictivo y de patronaje de calzado, pero con el terreno embarrado y las pisadas cruzadas de tanta gente, no arrojan ningún match limpio en la base de datos.

Por si fuera poco, la prensa y las redes sociales ya nos están pisando los talones, aireando bulos y vídeos manipulados que solo desvían la atención.

El silencio en la estancia se hizo espeso, solo roto por el zumbido leve de los servidores y el parpadeo de los monitores.

Todos miraban el collage de pruebas físicas en la pizarra y las imágenes informáticas, sabiendo que tenían enfrente un muro de piedra construido con la complicidad de una familia que sabía proteger muy bien sus secretos, incluso en la era de la hiperconectividad.

—Si seguimos tirando de este hilo, nos estampamos contra un muro o la superioridad nos da carpetazo por falta de indicios sólidos —comentó Adrián, cerrando una pestaña de análisis en su pantalla—.

Ni los algoritmos más punteros de la UCO ni nuestras propias deducciones en la pizarra dan ya para más. ¿Por dónde tiramos ahora?

García se quedó un momento en silencio, mirando fijamente la coartada blindada de los dueños del caserón y el vacío que dejaba un mechero desaparecido en el esquema.

Tenía que haber un resquicio que ni los sistemas inteligentes de Adrián ni los diagramas de la pizarra hubieran alcanzado a resolver, hasta que una idea cruzó su mente.

—Teresa... —murmuró García de repente, apartándose de la pizarra y pasándose una mano por la nuca—. Esa mujer. La última vez se quedó a medias, intimidada por el ambiente de la casa. Tal vez si vamos de nuevo, a solas y fuera de ese entorno...