El acuerdo matrimonial (Multimillonarios Hawthorne) Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

Es una recreación de aquella noche fatídica, pero mucho más elegante. Si mi madre viera esto, el organizador de eventos de Damien le daría una envidia tremenda. Quizás no esté siendo malicioso.

Se me encoge el corazón cuando retira una silla y me indica que me siente. Me acomodo en el mullido asiento y Damien se sienta en el otro extremo de la pequeña mesa redonda. Un camarero aparece por uno de los senderos del laberinto con una botella de vino y nos sirve en las dos copas.

Damien espera a que el camarero se marche antes de llevarse la copa a los labios.

—¿Por qué te molestas en invitarme a cenar si ya me tienes en el bote? —digo.

—Vales miles de millones. ¿No debería saborear el momento?

—Entonces, ¿no lo estás haciendo por alguna venganza retorcida?

Da un sorbo al vino. —Bebe —dice. O más bien, ordena. Estiro los dedos bajo la mesa para relajarlos, y cuando estoy segura de que no me temblarán, doy un sorbo al vino.

—Delicioso —digo. Sabe a añejo, a decadencia, a Europa.

—Debería. Es un Burdeos carísimo. De tu año de nacimiento, de hecho.

Abro los ojos como platos. —Vaya. Y eso que ya me tienes en el bote.

—Pura coincidencia.

Noto que me arden las mejillas y aparto la mirada de la suya, tan intensa. El hambre en sus ojos no ha disminuido desde que llegamos. Dirijo la atención a la fuente que tengo al lado.

—Me gusta lo que has hecho con el lugar. No pensé que te tomarías la molestia de mantenerlo.

—¿Cómo no iba a hacerlo? Este lugar guarda recuerdos especiales, al fin y al cabo —dice, y sus palabras destilan un dolor que no logra ocultar, por mucho que intente sonar despreocupado.

Nunca me he disculpado con él. Mi objetivo era explicarme, y cuando descubrí que estaba embarazada, lo único que quería era contarle lo de Lake, y cuando se negó... Bueno, todo se convirtió en rabia. —Damien.

Me interrumpe un grupo de camareros con platos de comida. Colocan el entrante frente a nosotros y se marchan de nuevo. La comida tiene una pinta increíble. Muchísimo mejor que lo que he comido en los últimos ocho años.

Sigo el ejemplo de Damien y muerdo la tostica con champiñones e hígado.

—¿Cómo estaba Lake cuando te fuiste? —pregunta.

—Se lleva bien con Greta. Cuando llamé, apenas pude hablar con él. Estaba fascinado con el avión de juguete que le regalaste.

—Me alegra que le guste.

—Mira —dejo la cuchara—. Entiendo por qué estás haciendo todo lo posible con Lake, pero te arriesgas a malcriarlo si le concedes todos sus caprichos.

—¿Qué tiene de malo darle la vida que yo nunca tuve? —Da otro mordisco al pan.

—Para empezar, te arriesgas a convertirlo en un niño de papá. Pensaba que odiabas a esos.

Damien se recuesta en la silla, ya con el plato vacío.

—Solo estoy compensando el tiempo perdido.

Tengo una réplica en la punta de la lengua.

Si te importara tanto, no deberías haberme ignorado.

La verdad es que cada vez parece más probable que nunca lo admitirá.

Era joven. Quería alcanzar sus sueños y pasárselo bien.

Estoy segura de que la posibilidad de mi embarazo se le pasó por la cabeza, pero no quiso hacerse cargo porque un hijo habría frenado sus ambiciones.

Cuanto más lo pienso, más amargada me siento. No porque tuviera que tener a Lake, sino porque él pudo vivir su vida sin asumir las consecuencias.

—No deberías haberme ignorado —digo finalmente, cansada de guardarme lo que siento.

Suspira.

—Otra vez con lo mismo.

—Tú lo sacaste a colación.

—Jamás rechazaría a mi hijo.

—Y yo jamás lo ocultaría de un padre que lo quiere.

—Supongo que estamos en un punto muerto.

Nos sumimos en un silencio incómodo que se rompe cuando los camareros vuelven con el segundo plato. Uno retira los platos vacíos y el otro coloca los nuevos sobre la mesa. Decido concentrarme en la comida en cuanto se van.

Ignorar a Damien, sin embargo, es difícil. A veces su pierna roza la mía y, de vez en cuando, siento su ardiente mirada clavada en mí. Es abrasadora e inquisitiva, y me vuelve loca de deseo. No tiene ningún sentido.

—Me odias —digo en voz alta sin pretenderlo.

—Sí.

—Entonces, ¿por qué me deseas?

—¿Acaso tú no me deseas también? Sé que lo que siento no es unilateral.

No tiene sentido mentir.

—Sí.

Inspira bruscamente.

—Al menos en eso estamos de acuerdo.

La energía crepita en el aire. No nos decimos nada más durante el resto de la comida y preferimos comer en silencio.

Después de terminar, salimos del laberinto y damos un paseo por los terrenos de la finca, evitando a propósito las zonas con los recuerdos más dolorosos.

Caminamos en dirección opuesta a la cabaña mientras charlamos de cosas sin importancia.

La noche es lo bastante cálida como para no necesitar chaqueta, y Damien tiene el detalle de usar los senderos en lugar de caminar por el césped. Le hablo de mi negocio y él me habla del suyo.

—¿Tus socios estaban enfadados contigo por no haber cerrado la venta? —pregunto.

—Algunos estaban molestos por no haber podido hacerse con Hawthorne Inc., pero la mayoría lo ha entendido. Como tengo un puesto en la junta, Nolan y yo hemos acordado compartir ideas sobre cómo hacer avanzar la empresa.

—¿Nolan y tú? —La última vez que hablaron, Nolan parecía querer arrancarle los ojos a Damien—. ¿Qué ha cambiado?

—Quizá se ha dado cuenta de que decía la verdad. De que la empresa está estancada y necesita renovarse. Los centros comerciales están pasando de moda, y si Hawthorne Inc. se aferra a los grandes almacenes, la marca se marchitará y morirá pronto, y la empresa con ella.

—Me sorprende que esté dispuesto a seguir tus consejos.

—Puede ser terco, pero a veces entra en razón. —Nos detenemos y enseguida me doy cuenta de que estamos a pocos metros de la cabaña. De todo lo que hay aquí, es lo que menos ha cambiado.

—Pensé que la habrías demolido ladrillo a ladrillo —susurro.

Sus ojos brillan bajo la luz de la luna. El cielo estrellado lo hace parecer una entidad oscura e irresistible que viene a llevarme al inframundo.

—Se me pasó por la cabeza, pero es demasiado bonita para destruirla. Supongo que ganó el inversor que llevo dentro. —Sin saber cómo, estamos demasiado cerca. Mi respiración se vuelve errática cuando da otro paso hacia mí—. Brillas —su voz es apenas un susurro—. Como una ninfa.

—¿No es esto lo que querías?

El brazo de Damien me rodea la cintura y me atrae suavemente hacia él.

—Sí. Pero no así. —Antes de que pueda preguntarle qué quiere decir, inclina la cabeza y me lame los labios, invitándome a abrir la boca.

Su lengua sabe a la menta que tomó al final de la cena, con un leve toque del postre de vainilla que compartimos.

Pero no hay nada convencional en su forma de besar.

Me devora hasta dejarme débil y maleable en sus brazos.

Sus manos están por todas partes a la vez.

Suben y bajan por mi espalda, me agarran el trasero, me acarician el cuello, me vuelven loca, despiertan el deseo que lleva bullendo en mi interior toda la noche.

Su erección presiona contra mi vientre y mi cuerpo responde con una descarga eléctrica que me recorre hasta el centro.

—Joder, estás buenísima —susurra contra mis labios.

Atraigo su boca hacia la mía y jadea. Saber que el deseo lo domina tanto como a mí es todo lo que necesito para atreverme a profundizar el beso.

Siento sus manos bajar hasta mis muslos y subir por mi vestido. Ahora soy yo quien jadea cuando me levanta y envuelvo mis piernas alrededor de su cintura. Sigo besándolo mientras avanza. ¿Hacia dónde? No lo sé.

Unos momentos después, choca contra una barrera. Una puerta. La abre y entramos en la oscuridad. Enciende la luz y me separo de sus labios.