El acuerdo matrimonial (Multimillonarios Hawthorne) Capítulo 12
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Capítulo 12

Ivy

—Voy a París en un viaje de negocios —anuncia Damien. Aparto la mirada del tazón de cereales y lo observo mientras unta mermelada en la tostada de Lake.

Ha pasado una semana desde que Lake se enteró de que Damien es su padre, y la emoción todavía no se le ha pasado.

Lake quiere que Damien haga cosas con él y para él.

Anoche, cuando volví del trabajo, oí chapoteos y risas en la habitación de Lake y lo vi disfrutando del baño mientras Damien le echaba agua.

Más tarde, cogieron los mandos y jugaron juntos a los videojuegos.

A veces tengo la sensación de que eligen actividades que me excluyen a propósito. Poco a poco, Damien me está quitando a mi hijo. No quiero pensar así, pero no puedo evitarlo, y eso me tiene en vela toda la noche.

Termino de masticar los cereales. —Disfruta de París por nosotros. —Mientras tanto, conseguiré el divorcio y Lake y yo nos largaremos de aquí. O al menos hasta que se resuelva el asunto de la custodia entre Damien y yo.

—Me llevo a Lake conmigo —dice.

La cuchara se me escapa de la mano y cae con estrépito sobre la encimera de mármol. —¿Perdona?

Mete el cuchillo en un tarro de mantequilla de cacahuete, la unta en la tostada y se la da a Lake. —¿Has estado alguna vez en Disneyland París?

Lake, que le da un mordisco en cuanto la tiene en la mano, niega con la cabeza, con la boca llena y embadurnada de marrón y rojo.

—¿Te gustaría ir?

Asiente con entusiasmo.

—Lake quiere venir —dice Damien con indiferencia.

—¿Qué demonios? ¡No! —balbuceo.

A Lake se le descompone la cara. Con la boca llena de tostada, dice: —Pero nunca he estado en Disneyland. Dijiste que iríamos.

Avergonzada por mi arrebato, me calmo y me vuelvo hacia Lake. —Lo que quiero decir, cariño, es que no podemos ir ahora.

—¿Por qué no?

Busco una excusa plausible que no deje claro que no quiero que los dos estén solos en un país extranjero. Puede que Damien sea un buen padre, pero aún no confío en él. Ha conocido al Lake bueno y divertido. No ha conocido al Lake que hace berrinches y se pone terco.

Si Lake pasara más de un día con alguien que apenas conoce y en un lugar en el que nunca ha estado, os aseguro que empezaría a portarse mal y a exigir volver a casa. Diablos, aunque disfruta quedándose con Damien, todavía me pregunta de vez en cuando cuándo vamos a volver a casa.

—¿Puedo hablar contigo un momento? —le digo a Damien.

A regañadientes, se levanta del taburete y me sigue fuera del office.

Se apoya en la puerta, esperando a que hable.

Lleva un traje de dos piezas impecablemente confeccionado que lo hace parecer el apuesto diablo de Wall Street, como les gusta llamarlo a los periódicos.

Nadie tiene derecho a estar tan guapo. Y menos él.

Cruzo los brazos y me yergo. «Ya soy adulta y no me dejo influir por una cara bonita», me digo. —No puedes irte así como así a un país extranjero con mi hijo.

—Nunca dije que no pudieras venir. Siempre puedes acompañarnos. —Su mirada recorre mi cuerpo de esa forma suya, como si me desnudara y al mismo tiempo le diera asco.

—No puedo coger e irme a París y seguirte como un perro. Algunos no podemos cambiar nuestro horario de trabajo así como así. —Desde la prueba de ADN, Damien trabaja desde casa para recuperar el tiempo perdido con Lake. Otro punto a favor de Damien en la columna de «buen padre».

Tampoco se me ha escapado que sus dos asistentes, Nicole y la otra cuyo nombre siempre olvido, entran y salen del apartamento para traerle trabajo. Terry también.

—¿Por qué no? Creía que eras la dueña del local.

—Y alguien tiene que llevarlo —le recuerdo.

Damien pone los ojos en blanco. —Seguro que no eres tú quien hornea los cruasanes, Hiedra Venenosa. Puedes venir con nosotros o no. Tú decides.

◆◆◆

Llegamos a París a última hora de la tarde del día siguiente y nos llevan directamente a un gran hotel de estilo decimonónico. Me fastidia admitirlo, pero es justo el tipo de sitio donde me encanta alojarme. Es como si hubiera acertado con mis gustos sin haberme consultado.

Lake estaba demasiado emocionado para dormir en el avión, pero en cuanto aterrizamos, cayó rendido y Damien tuvo que llevarlo en brazos hasta la cama del hotel.

—¿Quieres comer algo? —pregunta Damien después de acostar a Lake. La pregunta me pilla tan de sorpresa que al principio me quedo sin palabras. Mi estómago gruñe por mí. Añade—: ¿Te apetece que vayamos a picar algo?

«¿En París? ¿Con él?» La parte sensata de mí grita que no. Es una locura seguirlo adonde quiera que pretenda llevarme. Al fin y al cabo, estamos en la ciudad del amor.

Pero la otra parte de mí, la más imprudente, siente curiosidad. Asiento.

—Quédate con él —le dice a Nicole mientras salimos de la habitación. Estaba merodeando junto a la puerta, y me sorprendió un poco verla allí, pero Damien no parece darle importancia.

¿Qué le pasa a esa mujer? Me negué a traer a Greta a pesar de lo bien que se le da cuidar de Lake. No quiero que Lake se encariñe con una niñera ni que piense que es normal estar más cerca de una extraña que de su propia madre.

Ahora me arrepiento de esa decisión. Algo me dice que no confíe en Nicole. Sin embargo, a pesar de todas mis reservas, parece inofensiva. Asiente y entra en la suite.

—Tu asistente es rara —le digo a Damien mientras entramos en el ascensor de adornos dorados.

Damien pulsa el botón del vestíbulo. —Qué curioso. Todo el mundo parece pensar que es profesional.

—Y rara. Siempre está... merodeando.

Hago una mueca.

Damien arquea una ceja. —¿A mi alrededor? Es normal. Es mi asistente.

—No me refiero a eso.

—¿A qué entonces?

—Está enamorada de ti. Me recuerda a mí misma de adolescente, cuando era patética. Cómo se aferra a cada palabra tuya. Cómo te mira. Todo.

Me encojo de hombros.

Suelta una carcajada que me hace sentir ridícula. —¿Detecto ciertos celos? —dice entre risas.

—¡No! —protesto, quizás demasiado rápido.

Resopla, vuelve la vista hacia los números de los pisos que descienden y se mete las manos en los bolsillos. Hacemos el resto del trayecto solos y en silencio hasta que llegamos al vestíbulo. Incluso a estas horas, está lleno de huéspedes que entran y salen del hotel.

—¿Adónde vamos? —le pregunto a Damien mientras se dirige hacia la salida—. Pensaba que íbamos a cenar en el restaurante del hotel.

Damien señala con la cabeza hacia un lado. —Hay un sitio que quiero probar.

Echa a andar delante de mí mientras me apresuro a seguirle el paso.

Caminamos por la fresca noche parisina durante unos minutos hasta llegar a un elegante restaurante enclavado entre dos grandes edificios. Es el tipo de lugar que uno podría pasar por alto si no sabe que está ahí.

También es de esos donde hay que reservar con tres semanas de antelación. Pero a Damien no parece importarle. Por el fajo de billetes que pasa de sus manos a las de la anfitriona, está claro que la ha sobornado, y nos asigna una mesa junto a la ventana con vistas a la Torre Eiffel.

—Tenemos que hablar —dice después de pedir.

Lo miro con intención. —Eso ya lo dijiste.

—Sé lo que estás tramando.

El corazón me da un vuelco. No puede saber que fui a ver a los abogados. Seguramente no se refiere a eso. No debería entrar en pánico. —Que me arrastres por medio mundo es lo que estoy tramando —intento sonar lo más indiferente posible—. Y no sé, cenar con el padre de mi hijo.

Se inclina hacia delante. —Te refieres al que quieres quitarme.

Guardo silencio, temiendo que cualquier cosa que diga pueda hundirme.

—No me habría enterado si no fuera por tu elección de abogado. Chester y yo fuimos de la misma fraternidad. Se sorprendió al descubrir que no solo tengo un hijo, sino que su madre planea quedarse con la custodia completa.

Maldita rata. Claro que él y Chester se conocen. Se llevan un par de años, así que seguramente coincidieron en la universidad. Chester es un viejo amigo de la familia, y nunca pensé que él y Damien se conocieran. O al menos que tuvieran la confianza suficiente como para hablar de esto.

Acudí a la única persona que creí capaz de enfrentarse sin miedo a un titán como él. —Chester debería saber que existe algo llamado confidencialidad abogado-cliente.

Damien no muerde el anzuelo. —¿Por qué quieres quitarme a Lake?

—¿No prometiste hacerme lo mismo? No actúes como si no quisieras pelear conmigo por él.

El camarero aparece justo en ese momento con el vino. Guardamos silencio mientras lo vemos servir el líquido burdeos en las copas. Cuando se va, Damien coge su copa, la hace girar y da un sorbo.

—Siendo sincero, quería hacerlo cuando me enteré de Lake. Quería quitártelo. Quería ser el único en criarlo. Hacerte lo que tú me hiciste a mí. No eres precisamente el tipo de persona que habría pensado que sería buena madre, pero tengo que reconocer que, después de pasar estos días contigo, he...

Su mirada se clava en la mía.

—He cambiado de opinión en cierto modo.

Entrecierro los ojos. —¿A qué estás jugando?

—A un juego en el que Lake tiene a sus dos padres. No hace falta que peleemos.

—¿Quieres la custodia compartida?

En realidad, no me importaría. Muchos padres la comparten y les funciona bien. Ahora que tengo dinero propio, puedo mudarme más cerca de Damien para no vivir tan lejos el uno del otro.

—Quiero que nos quedemos como estamos ahora. Como marido y mujer. No tenemos que divorciarnos.

Me toca a mí dar un sorbo de vino. Los dedos me tiemblan ligeramente mientras sujeto la copa por el tallo. Esto es lo que quería. Lo que soñé durante todos esos años que cuidé de Lake completamente sola. Lo que soñé antes de Lake. Cuando era joven e ingenua.

Pero ahora que lo tengo al alcance, me resulta frío. Él quiere a Lake, no a mí. Quiere darle a Lake un hogar estable, ¿y quién soy yo para negarle eso a mi hijo?

—¿Cuánto tiempo tenemos que mantener la farsa? ¿Cinco años? ¿Hasta que Lake cumpla dieciocho? Me odias tanto que me llamas Veneno. No quieres vivir conmigo tanto tiempo —murmuro.

Se encoge de hombros. —Eres tolerable.