El Acero de Hispalis: La mano oculta de Escipión (Hijos de Hispania 1) Capítulo 26 - El Abrazo de Itálica
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Capítulo 26 - El Abrazo de Itálica

«La guerra te quita el alma poco a poco, pero el hogar te la devuelve de un solo golpe, si es que todavía recuerdas el camino».

— P ROVERBIO TURDETANO

E L VIAJE DE regreso a través del Mare Nostrum fue una travesía de fantasmas.

Marcus Cornelius Batenor pasaba las horas en la proa de la galera, observando cómo la espuma blanca se abría paso hacia el oeste.

Ya no vestía la lorica hamata manchada de sangre africana, sino una túnica de lana limpia y el anillo de ciudadano que brillaba en su mano derecha.

A su lado, los pocos supervivientes de su unidad compartían historias que ya empezaban a sonar a leyenda, pero Batenor permanecía en un silencio contemplativo.

Sentía que el hombre que había salido de Hispania años atrás se había quedado sepultado bajo las arenas de Zama, y que este nuevo romano que regresaba era un extraño incluso para sí mismo.

—¿Crees que nos reconocerán, Marcus? —preguntó uno de los veteranos, un hombre con la cara surcada por una cicatriz que le recorría desde la sien hasta la mandíbula—. En Itálica dirán que somos héroes, pero nosotros sabemos que solo somos los que tuvimos la suerte de no morir.

—No buscamos que nos reconozcan, Lucio —respondió Batenor, acariciando el pomo de su gladius , que ahora descansaba en un rincón de su petate—.

Buscamos que nos dejen vivir en paz. El tiempo de las insignias y los vítores se quedó en Roma con Escipión.

Nosotros solo traemos cicatrices y un papel que dice que estas tierras son nuestras.

Si nos reconocen, que sea por el trabajo de nuestras manos en los campos, no por lo que hicimos con el acero.

Cuando las columnas de Hércules aparecieron en el horizonte, un grito unísono recorrió la cubierta.

Eran las puertas de casa. El aire cambió; ya no olía al salitre seco y caliente de África, sino a la humedad fértil del Mare Exterum y al aroma lejano de los pinos piñoneros.

La galera remontó el viejo Baetis, con una lentitud que desesperaba a los hombres.

Batenor observaba las orillas, reconociendo cada recodo, cada muelle de pescadores y cada torre de vigilancia que él mismo había ayudado a defender contra los cartagineses una década antes.

—Mira, Batenor… los olivos —señaló Varo, que había decidido acompañarlo en el viaje antes de seguir hacia el norte—.

Están cargados. Va a ser una buena cosecha.

Parece que la tierra no se ha enterado de que casi la perdemos para siempre.

—Batenor asintió, pero su mirada estaba fija en el cerro donde se alzaba Itálica.

Las murallas de la ciudad brillaban bajo el sol de la tarde, firmes y orgullosas, como si el tiempo se hubiera detenido el día de su partida.

Sin embargo, él sabía que nada era igual.

El mundo era romano, y él era una de sus piezas fundamentales.

El desembarco en el puerto fluvial fue un caos de emociones.

Las familias de los soldados se agolpaban en los muelles, buscando rostros conocidos entre la multitud de hombres curtidos por el sol.

Batenor bajó la pasarela con paso firme, sintiendo la madera bajo sus sandalias.

Caminaba entre los abrazos y los llantos ajenos, buscando una figura pequeña que recordaba con la nitidez de un sueño.

No la encontró en el muelle. Subió la cuesta hacia la ciudad alta, pasando por el foro que ahora lucía nuevas estatuas de mármol y templos en construcción.

La influencia de Roma se sentía en cada piedra nueva, en cada toga que cruzaba la calle.

—¡Batenor! —gritó una voz conocida desde la entrada de una taberna.

Era el viejo Decio, uno de los magistrados locales—.

¡Por todos los dioses, nos dijeron que habías caído en el Bagradas!

¡La ciudad entera habla de tus hazañas junto al Africano!

—Batenor solo asintió con una cortesía distante.

No quería hablar de batallas. Necesitaba llegar a la pequeña villa en las afueras, la que Escipión le había asegurado mediante el decreto de ciudadanía.

Necesitaba ver si la vida que había dejado en pausa seguía latiendo allí.

La casa estaba tal y como la recordaba, aunque el jardín de la entrada era ahora un vergel de rosas y jazmines que desprendía un aroma embriagador.

Batenor se detuvo ante la puerta de madera, con la mano temblando ligeramente.

En el centro del patio, una joven de unos dieciséis años recogía agua de la cisterna.

Tenía el cabello oscuro recogido en una trenza sencilla y los ojos claros que tanto le recordaban a su madre.

Marcia ya no era la niña que le había entregado una piedra blanca; era una mujer que se movía con una gracia serena y segura.

—¿Buscáis a alguien, ciudadano? —preguntó ella, sin reconocer todavía al hombre que la observaba desde la sombra del pórtico—.

Si traéis noticias del frente, mi padre todavía no ha regresado, pero podéis dejar el mensaje con el capataz.

—Batenor sintió un nudo en la garganta que le impedía hablar.

Dejó caer su petate al suelo y dio un paso hacia la luz del patio.

La joven se quedó paralizada, soltando el cubo de madera que golpeó el borde de la cisterna con un sonido sordo.

Fue en ese instante cuando una voz, algo más madura pero con la misma cadencia musical que él había tarareado en las noches gélidas de los Alpes, llegó desde el interior de la casa: —¿Con quién hablas, Marcia? Sabes que no debemos recibir a extraños cuando cae el sol.

Athenais apareció en el umbral. El tiempo había dejado finas líneas de sabiduría en las comisuras de sus ojos y hilos de plata en su cabello, pero para Batenor, seguía siendo la misma mujer que lo despidió entre lágrimas en el muelle de Itálica.

Se quedó petrificada, con un paño de lino entre las manos.

Sus ojos recorrieron la figura de Marcus: la túnica de ciudadano, el porte erguido, la cicatriz en la mejilla…

y finalmente se detuvieron en su mirada.

—¿Batenor? —susurró ella, como si pronunciar su nombre pudiera romper el hechizo y hacerlo desaparecer. El paño cayó al suelo, olvidado—. ¿Eres tú… o es que los lares han decidido atormentarme con tu sombra?

—He vuelto, Athenais —dijo él, dando un paso hacia la luz del patio. Su voz era un eco quebrado—. He vuelto para cumplir mi promesa.

Athenais no gritó ni corrió; simplemente se dejó caer en sus brazos mientras un sollozo profundo, contenido durante diecisiete años, sacudía todo su cuerpo.

Batenor la apretó contra sí, ocultando su rostro en el hueco de su cuello, respirando el aroma a pan y a tomillo que siempre había asociado con la paz.

Marcia, al comprender que aquel «romano» era el héroe de sus cuentos de infancia, se unió al abrazo.

Los tres formaron un núcleo impenetrable de carne y llanto en el centro del patio.

—He traído algo que me prestaste, Marcia —dijo Batenor con la voz rota por la emoción.

Metió la mano en su zurrón y sacó la pequeña piedra de cuarzo blanco, ahora gastada por el roce constante de sus dedos durante años de guerra—.

Me dijiste que mientras la tuviera, el río me traería de vuelta.

Ha tardado más de lo que prometí, pero aquí estoy.

—La joven soltó un sollozo ahogado y corrió hacia él, hundiéndose en un abrazo que borró de un plumazo los inviernos en los Alpes, las fiebres de Sicilia y el horror de Zama.

Batenor la apretó contra su pecho, sintiendo que por fin podía soltar el aire que había contenido durante diecisiete años.

—Padre… —susurró ella entre lágrimas—. Todos decían que no volverías.

Que los dioses de África te habían reclamado.

Pero yo seguí plantando jazmines cada primavera, para que el olor te guiara si alguna vez perdías el rumbo.

—Batenor cerró los ojos y aspiró el perfume de su hija y de su tierra.

En ese momento, comprendió que ninguna corona de laurel en Roma podía compararse con el calor de ese abrazo. El círculo se había cerrado.

Esa noche, bajo el porche de su nueva villa, Marcus Cornelius Batenor cenó en paz.

Marcia le contó cómo la ciudad de Itálica había prosperado, cómo los romanos habían traído nuevas leyes y cómo ella misma había aprendido a leer y escribir en latín.

Batenor la escuchaba fascinado, dándose cuenta de que, mientras él destruía un mundo en África, ella estaba construyendo uno nuevo en Hispania.

Al verla moverse por la casa, comprendió que el sacrificio de su identidad antigua, de su nombre turdetano y de sus años de juventud, había valido la pena para asegurar este instante de tranquilidad.

—Mañana iremos al río, Marcia —dijo él, mirando hacia las luces de la ciudad que titilaban a lo lejos—.

Debo devolver esta piedra al agua, como prometí.

Y después, te enseñaré el decreto del Senado.

Ya no tendremos que temer a ningún recaudador ni a ningún General que pase por aquí.

Somos Cornelius, Marcia. Somos de esta tierra, pero también somos de la ley que la protege.

—La joven le tomó la mano, notando las callosidades del guerrero y la suavidad del nuevo ciudadano.

Sabía que su padre nunca hablaría de lo que vio, pero también sabía que, a partir de ahora, sus noches serían tranquilas.

A la mañana siguiente, Batenor se puso sus ropas civiles y caminó solo hacia la orilla del Baetis.

El río bajaba caudaloso, ajeno a las guerras de los hombres.

Se detuvo en un recodo donde la corriente era más lenta y se quedó mirando el agua clara.

Sacó la piedra de Marcia, la miró por última vez y la lanzó con fuerza hacia el centro del cauce.

Vio el pequeño rastro de espuma que dejó al hundirse y sintió que una parte de su pasado se iba con ella hacia el mar.

Ya no era el mercenario que buscaba venganza; era un hombre que buscaba raíces.

—Gracias, viejo amigo —susurró al río—. Por traerme de vuelta.

Por dejarme ver que todavía queda algo por lo que vale la pena vivir.

—Se dio la vuelta y vio a Marcia que lo esperaba en lo alto de la loma, con el sol de la mañana iluminando su rostro.

El guerrero Marcus Cornelius Batenor echó a andar hacia ella, dejando atrás el eco de los pasos de las legiones.

La guerra había terminado para siempre en su corazón.