Capítulo 25 - Civitas Romana
«No hay mayor gloria para un mortal que cruzar la Puerta Triunfal, ni mayor peligro que olvidar, entre los vítores, que mañana volverá a ser un hombre».
M IENTRAS EL GRUESO de las legiones permanecía en el campamento de las cercanías de Útica desmantelando la maquinaria de guerra, una trirreme partía hacia Ostia con el hombre que había cambiado el destino del mundo.
Batenor observaba desde el muelle cómo la vela de púrpura del navío de Escipión se perdía en el horizonte.
El General no solo llevaba consigo los tratados de paz que convertían a Cartago en una sombra de sí misma; llevaba el peso de un Triumphus que Roma no había visto desde los tiempos de los reyes.
—Roma es un nido de víboras vestidas de togas blancas, Varo —respondió Batenor, sin apartar la vista del mar—.
Escipión va a recibir una corona de laurel, pero también el odio eterno de todos los senadores que no pudieron hacer lo que él hizo.
Yo prefiero el silencio de Itálica. Allí, cuando un hombre te mira a los ojos, sabes si quiere abrazarte o clavarte un puñal. En el Foro, nunca puedes estar seguro.
El desfile comenzaba en el Campo de Marte.
A la cabeza marchaban los magistrados y el Senado en pleno, un gesto que recordaba que, por mucha gloria que tuviera el vencedor, seguía supeditado a la República.
Tras ellos, los trompeteros hacían vibrar los muros de las siete colinas, anunciando la llegada del botín.
Batenor leía los informes con asombro: cientos de carros cargados con lingotes de plata africana, armas cartaginesas fundidas y los estandartes de las unidades mercenarias que habían mordido el polvo en Zama.
Pero lo que más impresionaba al pueblo eran los modelos de madera que representaban las ciudades conquistadas y las bestias exóticas que nunca antes habían pisado el empedrado de la Via Sacra.
El corazón del desfile lo ocupaban los cautivos.
Los nobles cartagineses, despojados de sus joyas y vestidos con túnicas de lino crudo, caminaban encadenados por el cuello.
Entre ellos, los informadores hablaban de oficiales que Batenor había visto en el parlamento de Naraggara, hombres que ahora bajaban la cabeza ante el escarnio de la plebe romana que les arrojaba hortalizas podridas y maldiciones.
Era la cara amarga de la victoria: el vae victis [115] elevado a espectáculo público.
—Dicen que los elefantes que sobrevivieron también desfilaron —comentó un joven oficial mientras compartía un rancho de higos con Batenor—.
Los han cubierto con gualdrapas de seda y les han pintado los colmillos de oro.
El pueblo de Roma gritaba de terror y maravilla a la vez.
No podían creer que esos monstruos que casi queman sus puertas estuvieran ahora obedeciendo a un látigo romano.
—Esos animales son más nobles que muchos de los que les gritan —sentenció Batenor—. Pero así es Roma. Necesita ver la fuerza del enemigo sometida para creer en su propia seguridad. Sin el miedo, el Triumphus no sería más que un mercado de esclavos caro.
Finalmente, aparecía el carro triunfal. Escipión, el vir triumphalis [116] , iba subido en una quadriga [117] tirada por cuatro caballos blancos, sus cascos golpeando rítmicamente las losas de basalto.
Vestía la toga picta [118] , de púrpura y bordada en oro, y llevaba el rostro pintado de rojo con minio, imitando la estatua de terracota de Júpiter en el Capitolio.
Era el momento más peligroso para su alma.
Tras él, en el mismo carro, un esclavo público sostenía sobre su cabeza una corona de laurel macizo.
Según el rito, el esclavo debía susurrarle constantemente al oído una frase que Batenor siempre había considerado la mayor sabiduría de los latinos: «Respice post te, hominem te esse memento» .
Mira atrás y recuerda que solo eres un hombre.
Mientras miles de voces gritaban «¡Io Triumphe!
» [119] , el General debía ser recordado de su propia mortalidad para no caer en la hybris [120] que destruyó a los reyes antiguos.
Tras el carro marchaban los soldados. No desfilaban en formación de combate, sino coronados con laurel y portando ramas de olivo.
Tenían permiso para algo prohibido el resto del año: cantar versos satíricos y groseros sobre su General.
Era una válvula de escape necesaria para evitar el mal de ojo y recordar, una vez más, que aquel hombre pintado de rojo era el mismo que se había quedado sin agua con ellos en el desierto.
—¿Qué crees que cantarían de ti, Varo, si desfilaras? —preguntó Batenor con una carcajada.
—Probablemente algo sobre mi mala puntería con los dados y mi afición a las tabernas de Sicilia —rio el centurión—.
Pero fíjate en el simbolismo, turdetano.
Esos soldados son los que han ganado la guerra, pero entran en la ciudad sin armas largas.
Es la señal de que la guerra ha muerto. El hierro se queda fuera; dentro solo queda la ley.
Es algo que vuestros reyes en Hispania nunca entenderán: el poder de Roma no está en la espada, sino en la capacidad de guardarla cuando ya no hace falta.
El punto culminante del Triumphus tenía lugar en la falda del Capitolio.
Antes de que el General subiera al Templo de Júpiter para ofrecer sus laureles al dios, los jefes enemigos más importantes eran conducidos a la Cárcel Mamertina [121] para ser estrangulados en la oscuridad.
Era un sacrificio necesario para cerrar el ciclo de la guerra.
Solo cuando se anunciaba que el enemigo principal había muerto, el Triunfador ascendía los últimos escalones para depositar su corona en las rodillas de la estatua divina.
Batenor, al leer sobre este rito, sintió un escalofrío. Aníbal no estaba entre ellos. El «León» seguía vivo, exiliado en Cartago o huyendo hacia el Este, pero vivo.
—Roma celebra, pero Escipión sabe que la herida sigue abierta mientras el Barca respire —comentó Batenor a Masinisa un día de inspección—.
Este Triumphus es glorioso, pero es incompleto.
Habrá otra guerra, príncipe. Tal vez no la veamos nosotros, pero mientras Cartago tenga cimientos, Roma no dormirá tranquila.
Mientras Roma se emborrachaba de orgullo, Batenor recibió su propia recompensa, mucho más modesta pero infinitamente más valiosa para él.
Una pequeña delegación de oficiales le hizo entrega de un documento sellado por el propio Escipión antes de partir.
Era el decreto de Civitas Romana [122] para los veteranos de Itálica que habían servido en la Extraordinarii .
No era solo un papel; era la llave que abría las puertas del derecho, la propiedad y el respeto ante la ley.
—Ya no eres un aliado útil, Batenor —dijo el legado que le entregó el pergamino—. Ahora eres un ciudadano. Tus tierras en el Baetis están protegidas por el Senado y el Pueblo de Roma. Si alguien intenta arrebatártelas, no tendrá que enfrentarse a tu lanza, sino a la justicia de la Urbe.
Batenor acarició el sello de cera roja. Miró el nombre inscrito en el papiro, el nombre que lo vincularía para siempre a la familia de su General como muestra de gratitud.
«Marcus Cornelius Batenor» [123] . Lo leyó en voz alta, saboreando cada sílaba latina.
Ya no era un mercenario afortunado; ahora su linaje estaba ligado al destino de Roma.
Marcia ya no sería la hija de un extranjero; sería una patricia en su propia tierra.
—Marcus Cornelius… —repitió Varo con una sonrisa—. Suena a hombre que paga sus deudas de juego. Bienvenido a la República, romano.
Esa noche, Batenor no se unió a las celebraciones de la tropa.
Se alejó del campamento y caminó por la playa de Útica, donde las olas del Mare Nostrum lamían suavemente la arena.
Al otro lado del mar, Roma brillaba con mil antorchas, pero él prefería la luz de la luna sobre el agua.
Sacó la piedra de Marcia de su bolsa y la miró bajo el resplandor plateado.
Mañana empezaría el largo viaje de regreso.
No habría música de tubicines para él, ni carros cargados de plata, ni esclavos susurrándole que era mortal.
—Por fin, pequeña —dijo en voz alta, y su voz se perdió en el rumor del oleaje—. Volvemos a casa. Y esta vez, nadie podrá decirnos que no pertenecemos a la tierra que pisamos.
Guardó el decreto en su zurrón, se ajustó el manto y echó a andar de vuelta a las tiendas.
La guerra había terminado. La leyenda de Escipión, el Africano [124] , acababa de nacer en Roma, pero para un hombre llamado Batenor, la única victoria que importaba era el sonido del río que lo esperaba al final del camino.