CAPÍTULO 35
La pista se acababa media hora antes de la borda, en la campa de la cancela oxidada y el abrevadero seco, solo que ahora la campa era un raso de nieve sin cancela ni abrevadero: dos bultos blancos donde la memoria los ponía.
Dejaron los coches con el morro contra el viento.
Otal sacó del suyo unas raquetas viejas y dos frontales, le tendió a Elena lo que le servía sin preguntarle si sabía andar con aquello, y subió delante, leyendo bajo la nieve un suelo que ya no se veía, porque el monte lo llevaba en las plantas de los pies y no en los ojos.
Elena subió detrás, en su rastro, con una parte tonta de ella —la que no descansaba, la que esperaba siempre lo que temía— diciéndole que esta vez la encontraría.
La última vez que subió a aquella borda había hallado un rincón barrido, las marcas de la pared frotadas con un trapo mojado, el sitio devuelto a piedra de pastor sin nadie.
Hoy, antes de verla, lo supo: de la puerta baja, agachada bajo la nieve, salía una hebra finísima de humo.
Aurora había encendido algo. Aurora, que se había pasado un invierno entero muriéndose de frío en aquel rincón por no encender una luz que la delatara, tenía hoy una lumbre.
La borda era el dibujo otra vez —el fresno desnudo, la herradura de dos clavos y el agujero limpio del tercero, el liquen amarillo en la esquina del norte—, hasta dar el mismo miedo de la primera vez.
En la nieve del umbral, medio borrada ya por la que seguía cayendo, había una sola huella grande, de bota de monte, encarada a la puerta y vuelta a marchar.
Alguien había subido, se había parado a un paso y se había ido dejándola dentro.
Elena la miró un segundo y no dijo nada.
Otal tampoco, pero no entró: se quedó fuera, de espaldas a la puerta y de cara a la ladera por donde la huella se perdía, y allí se quedó todo el rato, mirando la nieve por los dos.
Dentro olía a humo de boj y a cuerpo enfermo.
Aurora estaba en el rincón del jergón, muy pequeña dentro del abrigo verde, que ya no era un abrigo sino una costra de lana sobre unos huesos, y tenía delante un fuego mínimo de cuatro palos que daba más humo que calor.
No se sobresaltó al verla entrar. Levantó la cara despacio, y en aquella cara hundida y gris, con la llaga de la comisura abierta otra vez, pasó algo parecido a una bienvenida.
—Ha venido la doctora —dijo, con la voz plana de las dos en punto, recitada—. No haga ruido, que doña Sagrario está durmiendo.
Y se le ablandó la cara dieciséis años, y por un momento no estuvo en la borda: estuvo en una cocina de azulejos amarillos, con la radio de las dos y el olor a cocido, subiéndole la manta a una vieja en una silla.
Elena no la sacó de allí. Todas las otras veces había subido a sacarle algo: a tirar del hilo, a cambiar tres minutos de aquella mujer por un dato.
Hoy se sentó en el suelo de tierra, a su lado, con la espalda contra la piedra fría, y no tiró de nada.
La dejó con doña Sagrario, que era lo único cálido que le quedaba, y esperó, por una vez, sin oficio.
Y Aurora, porque ya nadie le pedía, dio.
Volvió de la cocina amarilla poco a poco, no porque Elena la llamara, sino porque la lumbre chisporroteó y la trajo, y se quedó mirando el fuego un rato largo, y dijo, sin que viniera a cuento, con una voz que ya no era del todo la suya:
—Está donde se acaba el hayedo y empieza la piedra. —Tenía los ojos en las llamas—. Donde los árboles ya no suben. Pasada la última haya, un poco más, hasta la primera piedra grande. Ahí. No más arriba. —Una pausa—. La gente busca siempre más arriba.
Elena no respiró. No preguntó quién ni cómo lo sabes; no sacó el teléfono. Lo guardó entero, en la cabeza y en el cuerpo, sabiendo que era el regalo que llevaba dieciocho años subiendo a aquel valle a robar y que hoy, cuando ya no lo robaba, se lo daban.
Y entonces la mujer hizo algo que Elena no le había visto hacer nunca.
Estiró una mano y la posó encima de la de Elena, en el suelo de tierra, fría y ligera.
Y habló otra voz. No la plana de las dos en punto, no la blanda de doña Sagrario: una tercera, más joven, con prisa, que se abría paso desde muy abajo y muy lejos, que decía la última cosa antes de que taparan la boca del pozo.
—Ella no estaba enfadada contigo —dijo—. Quiero que lo sepas antes de que se me olvide. No estaba enfadada. Que lo sepas.
Y se le fue. Se le fue de la cara, se le cayó la mano, volvió a ser la mujer pequeña que miraba el fuego, y de la voz joven no quedó nada.
Elena se quedó con la frase encima, sin poder con ella.
No la entendió. Una frase de consuelo cierra; aquella abría.
Para no estar enfadada por algo hace falta que haya algo.
La frase daba por supuesto, con toda naturalidad, que entre Marta y ella había habido aquella tarde una cosa, una de la que Marta podía no estar enfadada o estarlo; y lo daba por supuesto desde el lado de Marta, desde el único lado que ya no podía explicarse.
Elena tenía la cabeza entrenada para terminar las frases que los demás dejaban a medias, para oír lo que un testigo callaba; y por primera vez en su vida apartó una a propósito, con las dos manos, porque sabía —sin saber aún qué— que terminarla la llevaba a un sitio al que no quería llegar sentada en el suelo de una borda, antes de la piedra.
Dejó la pregunta colgada, sin formular, como se deja una puerta sin abrir sabiendo que detrás hay alguien.
La mujer del abrigo verde se había dormido, o algo parecido, con la barbilla contra el pecho.
El fuego de cuatro palos se moría. Elena le echó los dos que quedaban, le subió el cuello del abrigo verde —el mismo gesto manso que le había visto hacer mil veces, el de alisarle la manta a doña Sagrario—, y se quedó velándole el sueño a una desconocida que tenía dentro a su hermana, y a una vieja de Jaca, y, en algún sitio cada vez más pequeño, a una tal Aurora Sanz, de un pueblo de Soria o de Teruel de esos que ya no son nada, que en toda su vida no había cuidado más que a moribundos y que ahora se moría cuidando todavía.
Afuera, Otal seguía de cara a la ladera, viendo a la nieve borrar la única huella.
Faltaba poco para que amaneciera y no se notaría: el cielo seguiría blanco y bajo, cerrado sobre el valle.
En cuanto hubiera luz, Elena sabría por fin subir adonde se acababa el hayedo y empezaba la piedra, al sitio exacto que dieciocho años de batidas no habían encontrado.
Y entre ella y aquel trozo de ladera seguía en pie, agachada en el paco con sus cipreses incongruentes, la casa.
Cerró los ojos en la penumbra de la borda, con la mano fría de la mujer cerca de la suya, y se quedó a solas con la frase que no había querido terminar, hecha ya pregunta, royéndole por debajo de todas las demás:
por qué tendría Marta que no estar enfadada conmigo.