CAPÍTULO 34
La nieve empezó pasado Urdués, sin anunciarse: primero cuatro copos sueltos cruzando el haz de los faros, luego una cortina fina y oblicua que el limpiaparabrisas barría a un lado sin convencimiento, y para cuando el cartel de Hecho salió de la penumbra ya cuajaba en las cunetas y en los tejados de losa, blanqueando despacio el pueblo gris que ella conocía pardo.
Eran las cuatro de la tarde del dieciocho de diciembre y parecía de noche.
Elena subió la calefacción y no aminoró.
Llevaba el coche cargado de muertos. La caja de Aurora en el asiento de al lado, sujeta con el cinturón como a un pasajero; detrás, lo demás.
Lo había sacado todo de Zaragoza, y el resultado era ese: subía al valle acompañada por todo lo que le habían robado, cada pieza en su funda, como un perito que se lleva el caso entero a casa porque ya no se fía del archivo.
Tres coches por detrás seguía subiendo la parka.
No había acelerado al verlo, allá abajo, en el retrovisor; y desde entonces, kilómetro a kilómetro, le había ido llegando despacio la única lectura que tenía sentido.
Aquel hombre no la perseguía. Un perseguidor habría cerrado la distancia en la recta de Urdués, donde no había un alma, o se habría descolgado para no ser visto.
Él mantenía los tres coches exactos, ni uno más ni uno menos, revuelta tras revuelta, y solo una vez —en el único ensanche de toda la cuesta, el que abrían para que maniobraran los camiones de la madera, el único sitio en veinte kilómetros donde un coche podía dar la vuelta y bajar— se acercó.
Subió hasta ponérsele casi al parachoques, sin claxon, sin luces, el tiempo justo de que ella viera en el espejo la parka gris verdosa abrochada hasta el cuello y las dos manos quietas sobre el volante; y en cuanto pasaron el ensanche, en cuanto dejó de haber por dónde volverse, volvió a abrir los tres coches de hueco.
No la cazaba. La conducía. La subía al valle como ella misma había visto subir el ganado por aquellas mismas revueltas, sin prisa y sin gritos, cerrando por detrás para que la res no se diera la vuelta.
Querían que subiera, y eso era peor que un cazador detrás, porque significaba que al final del camino había alguien delante.
En la curva del cementerio de Hecho, un todoterreno parado en el arcén con las luces de posición encendidas arrancó al verla pasar y se metió entre los dos.
Reconoció la cabeza blanca antes que el coche.
Otal no la adelantó ni le hizo señas: se colocó en medio, entre la mujer que subía y el hombre que la subía, a la distancia de un coche, metiendo el cuerpo sin hacerse ilusiones sobre lo que pesa un cuerpo viejo.
La había alcanzado a medias —ni abajo, en lo seguro, ni arriba, donde ya no serviría de nada—, en el único tramo en que todavía se podía elegir, y había elegido subir.
Y Elena entendió, mirándolo en el espejo entre los dos juegos de faros, que Otal no venía de caballería.
Venía de testigo. Un hombre solo, retirado, al que también rondaban, no iba a sacarla de aquel valle ni a parar a nadie.
Iba a estar, a que, pasara lo que pasara arriba, lo hubiera visto alguien.
El desvío hacia el paco de Agüerri salía de la carretera del valle poco antes de la Boca del Infierno, el sitio que llevaba semanas procurando no nombrar, donde el río se mete entre dos paredes y el cielo se reduce a una raja.
Torció hacia la pista sin llegar a entrar en el desfiladero —ese llevaba a Oza, a la Corona, a los veintidós días de buscarla donde no estaba—, y empezó a trepar en primera.
Allí el temporal dejó de ser nieve y se hizo pared.
Caía tan tupida que los faros ya no alumbraban: rebotaban.
Subieron los últimos kilómetros a paso de hombre, las dos parejas de luces rojas y blancas mordiendo la grava helada, y en algún punto, sin que ella lo viera ocurrir, la salida se cerró por detrás.
Lo supo por la radio, muerta desde Hecho, que de pronto escupió media frase de un parte de carreteras —«…
A-176 cortada por aludes a la altura de…
»— antes de apagarse del todo. No había marcha atrás.
No había cobertura desde el desvío. El valle se cerró detrás de ellos, despacio, con los tres dentro.
Solo que cuando buscó la parka en el espejo, ya no estaba.
No se había quedado abajo, atrapada por el alud.
Había subido por delante. Ya estaba dentro.
Y la imagen que le vino a Elena, mientras lo comprendía, fue la de un abrigo verde subiendo por aquel mismo paco hacía años, dócil, abrochado hasta el cuello, volviendo a una casa de la que ya no sabía irse: la misma fábrica, el mismo paso, solo que a aquel lo habían armado para encaminar y a la otra para obedecer.
Y entonces, en lo más alto, con la salida cortada a su espalda y la casa todavía invisible por delante, Elena sintió una cosa que la asustó más que la parka, más que el alud, más que todo lo demás junto: alivio.
Porque arriba no había Colegio. No había vista que salvar, ni cerco del que taparse, ni madre a la que mentir en un café, ni una sola de las mil cosas honradas que durante semanas le habían servido de excusa para no abrir la última puerta.
Defenderse era seguir jugando en su tablero, y el temporal acababa de barrerlo.
Encerrada en el valle, incomunicada, sin retirada posible, ya no le quedaba nada que hacer salvo saber; y eso le soltó en el pecho algo que llevaba apretado desde hacía tanto que había acabado por confundirlo con su manera de ser.
Y debajo del alivio, esperándola en cuanto bajó la guardia, la otra lectura.
El valle era la máquina perfecta para fabricarle un recuerdo, y ella subía derecha a meterse dentro.
Le daría la escena entera —el frío, la piedra, el olor del coche—, y su cabeza, que llevaba dieciocho años esperando ese decorado, pondría lo que más temía encima de lo que viera y lo llamaría memoria.
Las luces de Otal esperaban, quietas, unos metros por delante. Más arriba, donde la pista se perdía en lo blanco, no se veía nada todavía. Elena soltó el embrague despacio.