El abismo Turquesa Capitulo 2 #3
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Capitulo 2 #3

Al vivir en un pueblo rural y sin energía eléctrica, los recursos de Camila eran bastante limitados. Aunque recordó haber sentido un leve temblor mientras estaba recostada, también aseguraba haber escuchado el murmullo inusual de muchas personas en la calle y el tránsito constante de vehículos.

El corazón de Camila latía con fuerza. Cada palabra del locutor, cargada de urgencia y miedo, hacía que sintiera un nudo en el estómago. De repente, con tanta tensión, le dieron ganas de ir al baño. Respiró hondo y trató de calmarse, pero era imposible.

Se levantó, tomó su mochila y comenzó a pensar en lo que podía necesitar: algo de comida, agua, linterna, botiquín…

pero se dio cuenta de que no era realmente buena para organizarse en emergencias.

Cada objeto que intentaba guardar parecía caerse o desordenarse, y mientras lo hacía, su mente no dejaba de pensar: ¿Dónde demonios estará Esteban?

Su mayor miedo era que, sin darse cuenta de la gravedad del momento, hubiera tomado la locomoción para ir a La Serena, justo la región costera que ahora estaba en alerta máxima.

Ojalá no haya bajado hasta allá… pensó con desesperación.

Miró por la ventana el valle que se extendía frente a ella: Vicuña estaba elevado sobre el nivel del mar, y era un refugio seguro, un lugar donde podrían mantenerse a salvo mientras todo el litoral sufría la embestida de las aguas. Esto la calmo enseguida…

Pensó en alcanzar a Esteban, con la esperanza de que aún no hubiera bajado.

Sin dudarlo, salió disparada hacia afuera.

El aire fresco del valle le golpeaba el rostro, pero no traía alivio; solo aumentaba la prisa y el miedo que la consumían.

Corrió por el estrecho sendero que llevaba al camino principal, la mochila rebotando sobre su hombro, mientras sus ojos escrutaban la penumbra, buscando cualquier rastro de él entre las sombras.

Y entonces lo vio. Allí estaba, solo, inmóvil, con los ojos abiertos y la expresión de un niño abandonado, incapaz de comprender lo que estaba ocurriendo a su alrededor.

La tensión y el silencio del valle le daban un aire de vulnerabilidad que la hizo detenerse por un instante, con el corazón encogido.

—¡Esteban! —volvió a gritar, corriendo hacia él—. ¡No puedes bajar!

Él parpadeó lentamente, como despertando de un sueño confuso. Por un segundo, no dijo nada; solo lo miró, perdido, mientras Camila se acercaba. Su respiración era agitada, su cuerpo temblaba ligeramente, y parecía incapaz de procesar la magnitud de la emergencia.

Ocurrió algo sumamente extraño. La radio no dejaba de repetirlo: el mar se había levantado de golpe, una crecida anormal que algunos expertos atribuían al desprendimiento de grandes bloques de hielo en el sur, aunque nadie podía confirmarlo con certeza.

Esteban escuchaba con atención, con el ceño fruncido.

—Esto no tiene sentido… —murmuró, mirando a Camila—. A veces la marea sube, claro, pero siempre vuelve a bajar rápido, o se asocia a un terremoto, un maremoto, algo extraordinario en un punto específico. Pero esto… esto es distinto.

Camila, sentada en la mesa aún con su taza de té medio vacía, lo observó preocupada.

—¿Qué quieres decir?

—Que nunca antes se había visto un fenómeno así, tan generalizado —respondió él, con un tono más grave—. Me preocupa la gente que vive en la costa. Seguro empezarán a subir hacia las zonas altas, a lugares como Vicuña.

Camila lo miró en silencio. Sabía que Esteban valoraba su tranquilidad y que no era de los que buscaban multitudes alrededor. Aun así, también sabía que detrás de su aparente dureza había un corazón compasivo.

Él suspiró y se pasó una mano por la frente.

—No me agrada la idea de tanta gente aquí, pero si llegan… los recibiremos. Podemos preparar sopas de zapallo, al menos darles algo caliente. Nadie merece pasar hambre en medio de esto.

Camila sonrió levemente, aunque la tensión seguía apretándole el pecho.

—Eres más generoso de lo que aparentas.

Poco después, empezaron a escucharse los motores en la distancia. Autos que rugían subiendo con desesperación por los caminos, faros que cortaban la penumbra como luciérnagas desbocadas. El aire mismo parecía cargado de urgencia.

Camila se asomó a la ventana.

—Mira… ¡Esteban, mira! Vienen en caravana…

Ambos observaron cómo decenas de autos ascendían a toda prisa, como si huyeran de un enemigo invisible.

Pero algo llamó la atención de Esteban: ninguno de esos vehículos se detenía en Vicuña.

Todos seguían de largo, buscando localidades aún más altas, como si lo que habían visto abajo fuese mucho más grave de lo que la radio decía.

—Esto no me gusta nada… —susurró Esteban, con un nudo en la garganta.

Camila se volvió hacia él.

—¿Y si la radio está ocultando información? ¿Y si lo que está pasando es peor de lo que imaginamos?

Esteban no respondió de inmediato. Se quedó mirando el horizonte oscuro, escuchando el eco lejano de las bocinas y los motores que huían sin detenerse. Luego dijo en voz baja, casi para sí mismo:

—Si la gente corre así… es porque ha visto algo que no deberíamos ignorar.

El silencio entre ellos fue interrumpido solo por los ladridos de Nala y Oso, que parecían inquietos, como si también presintieran el peligro.