El 7 de River Valley Epílogo
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Epílogo

Dos meses después

—¿Cuándo viene Bee? —pregunta Don, colocando los cubiertos alrededor de la mesa.

—Debe de estar al llegar.

—¿Ya habéis hablado de lo que vais a hacer cuando vayáis a la universidad? —me interroga Don, poniendo los vasos.

—Todavía quedan un par de meses… Déjanos disfrutar el verano.

—El verano pasa demasiado rápido, y las cosas que no se hablan al principio…

—Ya. Ya lo sé.

El timbre suena y me incorporo de golpe.

—Ya está aquí —anuncio.

—¡Abro yo! —grita Chapi desde el salón.

—¡No! —vocifero, saliendo al recibidor—. ¡Abro yo, que es mi novia!

Pero Chapi se me adelanta y abre la puerta para recibir a mi despampanante chica, que viene con una faldita de las que me encantan y una camiseta de color amarillo (para variar).

Me muerdo los labios al verla, porque Bee en mi casa es luz.

Bueno, luz es ella en cualquier parte.

—¡Hola, Chapi! —Se pone de cuclillas para darle un abrazo, y Chocolate aparece para meterse entre ellos—. Hola a ti también.

—¿Por qué has tardado tanto? —quiere saber el cotilla de Chapi.

—Mi padre me tiene explotada —suelta con una risita.

Desde que acabamos el instituto, Bee empezó a trabajar con su padre. Quiso aprender el oficio que lo tiene atrapado en un universo propio y, de momento, aunque lleva poco tiempo, ella está empezando también a verse atrapada por ese arte.

Y yo tengo miedo de que esas piezas rotas le quiten todo el tiempo libre. Ya me costaba luchar contra sus novios ficticios como para hacerlo ahora también contra un montón de piezas rotas.

Pero he de decir que me encanta verla así de realizada, al igual que a ella le gusta saber que mi futuro está en una de las mejores universidades de Estados Unidos, porque, el día de la final, había un ojeador entre las gradas ¿Y a quién le ofrecieron una beca deportiva? Sí. A la bestia del River Valley.

—Abejita… —La agarro de la mano y tiro de ella hacia mí para posar un beso suave sobre sus labios—. ¿Cómo estás?

—Bien, ¿y tú?

—Mucho mejor ahora que has llegado —susurro con delicadeza, una que me sale a borbotones cuando se trata de ella.

—Estás aprendiendo rápido, ¿eh?

Me da un golpe suave en el pecho y yo me muerdo los labios.

—No es fácil. Tus novios literarios son…

—¿La expectativa? —Alza las cejas divertida.

—Sí. Son la ruina de todo hombre de carne y hueso.

Tiro de ella hacia la cocina y a mis tíos se les ilumina la cara cuando la ven.

Me encanta eso.

Y es que, desde que la conocieron, sé que se enamoraron de ella al instante. No sé si por los gustos que tienen en común; por la forma de ser de mi novia, que es absolutamente tierna; por cómo soy cuando estoy con ella o por la suma de todo.

Pero Bee en mi casa es una más, y eso me encanta.

—¡Hola, cielo! —Don se acerca a darle un abrazo—. Estás preciosa. —Se gira para mirar a mi tío, que está centrado en los fogones con un delantal de flores—. ¿A que sí, Luis?

Luis se gira y echa un vistazo a mi novia.

—No sé si te lo he dicho alguna vez, pero el amarillo te sienta de maravilla, querida.

Me inclino hacia ella y le susurro al oído:

—Te siento en amarillo, abejita.