XIV
I DON’T LOVE YOU ANYMORE
LUNES,20 DE DICIEMbrE DE 2021
Tenemos que hablar. Nos vemos en 30 minutos en mi casa.
Ok
Soy egoísta si solo pienso en mí y no en ti. Pero no lo aguanto. A veces, las cosas no pueden ser como los demás quieren, y uno ha de decidir por sí mismo y quererse más.
Y yo… todo lo que quiero es romper esta relación, aun sabiendo que tú, Jane, no vas a estar de acuerdo. Aun sabiendo, incluso, que puedo herir tus sentimientos.
No sé por qué no te lo dije desde el primer momento. Debí haberlo hecho, aunque eso significara dejarte con el corazón roto. Lo siento. De verdad.
Cuando preguntaste qué me traía entre manos con Victoria aquel día en el hospital, tendría que haberte confesado que casi nos besamos.
Que tuve ganas de que pasara desde el principio.
Que ella y yo nos conocíamos desde hacía tiempo.
Y mírame… aquí estoy, en mi habitación, esperando a que entres por esa puerta, buscando la forma de decírtelo.
No es que ya no quiera algo contigo y vaya a olvidarte sin más. No. Quizás no es eso lo que quiero hacer. No suelo alejar a las personas de mi lado, o al menos eso intento cada día: ser una buena persona y mejorar cada defecto para ser mejor que ayer.
¿Entonces, por qué no un “mejor como amigos”? Siempre y cuando tú quieras.
***
Me he vestido con mi mejor ropa. Como suele decirme mi madre: “Vístete con clase y atraerás a las personas indicadas a tu vida”. Aunque yo no estoy del todo segura. No sé hasta cuándo podré seguir mintiendo a los Lowell. Por el momento, trato de encajar con Andrew.
Como también dijo mamá: “Busca a alguien que encaje cien por cien con tus aspiraciones y triunfarás”. Y fue entonces cuando él entró en mi vida.
Hacía un año que manteníamos una relación: la chica número uno con el jugador de básquet. Algo épico, ¿no? La típica escena nupcial en la que él posa a mi lado,me da la mano y yo le recuerdo que somos una pareja perfecta y excelente. Pero, desde luego, esa nunca fui yo.
Al principio, estaba entusiasmada con Andrew. No lo niego. Pero algo se fue apagando. Ya no siento la adrenalina que sentía antes cada vez que quedábamos, ni curiosidad por saber qué le gusta a él.
Ahora todo es distinto. Andrew se ha vuelto aburrido.
Parece que solo piensa en el básquet, en los estudios y en no defraudar a sus padres.
Kurt es mucho mejor. Es centrado (me parece bien que se preocupe por los estudios, pero sin exagerar), es divertido, alegre, y además de guapo e inteligente… es bueno en la cama.
***
El timbre suena y lo escucho desde mi cuarto. Estoy nervioso, aún no he encontrado las palabras adecuadas. Es inútil. Si me paro a pensar en lo que tengo que decirle, nunca se lo diré. Y esto tiene que acabar, le guste o no. Ya no habrá un Andrew con una Jane. Ahora solo seremos Andrew y Victoria.
—¿Está Andy? Habíamos quedado aquí.
Escucho la voz de Jane en el piso de abajo.
—Está en su habitación.
Esta vez lo haré bien. Ya no voy a esconderme ni a preocuparme por lo que piensen los demás. Ahora sí que sí: le pondré fin a
esta farsa y seré feliz, porque sé que a mi lado estará la persona que quiero.
Seguiremos con lo que empezamos, y todo será como debió ser desde el principio.
Me voy a dedicar en cuerpo y alma a que nuestra relación sea la que siempre hemos soñado, y te voy a mostrar una perspectiva de tu vida que tal vez no conocías.
Desde nuestro primer beso, no pienso en otra cosa que no sea volver a besarte, tenerte entre mis brazos y sentir que tú sientes lo mismo.
Oigo cómo Jane sube las escaleras a toda prisa y entra en mi habitación.
—Ya estoy aquí como me has pedido.¿Para qué tanta urgencia? ¿Estabas ansioso por verme? —se acerca para besarme.
—Venga, no empieces —la aparto con suavidad.
—Encima, ¿quién se supone que me ha llamado?
—Ya sé que te he llamado yo, pero no es para lo que crees.
—Ah, ¿no? Después de estar casi dos semanas sin hacerlo, ¿me vas a decir que no es por eso?
—Y aún serán más, porque paso del sexo. Ya estoy harto.
—¿Tú pasas del sexo? Qué novedad.
—¿No ves que no quiero nada contigo?
—Sí, claro. Eso será.
—No te lo tengas tan creído, Jane.
—Venga, al grano, no me hagas perder el tiempo.
—Pero si ya te lo he dicho. Que ya no quiero nada. Que quiero romper contigo.
—¿Y se puede saber por qué?
—Pues porque me he enamorado de otra persona.
—¿De quién, si se puede saber?
—De Victoria.
—¿¿De esa?? —se ríe—. ¿En serio me sustituyes por esa? —Sí. ¿Cuál es el problema?
—¿Qué van a pensar tus padres? Ya sabes que me adoran… o, ¿qué pensarán los demás?
—Me da igual todo.
—Ya, claro. Y cuando te vean los del equipo de básquet sin mí y comenten cosas, también te dará igual, ¿no?
—Sabes, por lo menos con ella es real, y no tengo que estar fingiendo todo el rato.
—¿Alguna vez me has querido?
—Te he querido, y te sigo queriendo. Solo que ahora te veo más como una amiga que como una novia.
—Ahora entiendo por qué ella estaba el otro día en el hospital. ¿Por qué, cuando te lo pregunté, no me lo dijiste?
—Yo no sabía que ella iba a verme, y no te lo conté porque, cuando vi el momento oportuno, se me trabaron las palabras… y, además, entró mi madre por la puerta.
—Bueno, como me dijo ella: que la disfrutes. De todas formas, ya tengo a alguien mejor que tú.
—Enhorabuena. Entonces, ¿para qué montar este show si a ti te pasa lo mismo?
—Pues porque me has dejado sorprendida. Pero sí, me he estado viendo con alguien. Espero que eso no afecte mucho a tu masculinidad.
—Tranquila, que no me va a afectar ni lo más mínimo.
Aunque yo sí que estoy sorprendido. Llevo toda la noche y toda la mañana comiéndome la cabeza para ver cómo decírtelo sin que te sentara mal, por si tenías “sentimientos”.
Incluso pensaba que podíamos dejarlo como amigos, porque no quiero sacarte de mi vida.
Y ahora resulta que los dos nos estábamos mintiendo, el uno al otro y al resto.
—Tampoco ha sido para tanto. Ya nos veremos por los pasillos y, como mucho, nos diremos hola. Ahora me tengo que ir. Y, bueno, ya veremos lo de la amistad. Y por favor, no exageres las cosas. Te hace ver ridículo.
—¿De verdad te importa tan poco?
—¿De verdad te crees tan importante? —se cree el centro de atención.
***
Voy caminando hacia su apartamento, donde hemos quedado para vernos. Mi ritmo es rápido; tengo ganas de llegar y encontrarme con ella. El mal tiempo de diciembre no me impide avanzar. Camino bajo el aguacero repentino que ha caído sobre Glasgow y que todavía sigue siendo bastante abundante.
Visualizo el edificio de apartamentos en la calle Kelvin Court, donde se aloja Vic. Y, con más ansias que nervios, pulso la tecla 32. Enseguida, la puerta de aluminio se abre y entro al vestíbulo, dispuesto a coger el ascensor.
Cuando salgo del elevador, ella me está esperando junto a la puerta. Le sonrío mientras camino hacia ella.
—Hola —me saluda con un beso en la mejilla que me pilla desprevenido.
—Hola —respondo, un poco cortado ante su reacción.
—Ven, pasa, te lo enseñaré.
Entro, cerrando la puerta detrás de mí. La sigo por toda la casa mientras me va enseñando cada una de las estancias.
Me doy cuenta de que ha aprovechado muy bien el espacio y ha decorado a su gusto la habitación. Apenas veo cosas personales suyas; todo está en su sitio. Solo puedo ver un portátil y una maleta. El resto ya se encontraba allí.
Todo está bastante ordenado y accesible. Sería sencillo memorizar cada una de las cosas que ocupan el inmueble. Lo pienso mientras salgo al pequeño balcón y noto que la lluvia ha cesado.
—Veo que te las estás apañando bastante bien. Yo soy más desastre para dejar todo en su sitio.
—¡Madre mía, pero si estás empapado!
—¿Esto? No importa. Se secará rápido —le contesto, a la vez que cojo mi camiseta y la alzo un poco para despegarla de mi cuerpo.
—Podrías enfriarte. Mejor quítatela y sécate. Seguro que has mojado hasta la venda.
Compruebo el vendaje rápidamente y noto la humedad en las vendas que me cubren todo el brazo derecho.
—No podré solo. Tendrás que ayudarme —se ríe—. La camiseta se ha pegado a mi cuerpo.
—Está bien —ella se ruboriza y accede a levantarme la prenda.
***
Alzo la prenda, descubriendo el torso de Andrew.
Mi mirada se posa sobre él. Su piel arde, pese a estar mojada.
Lo miro a los ojos. No quiero que note la vergüenza que estoy sintiendo.
Disimulo y le cojo del brazo con cuidado para poder sacarle bien los brazos.
Me quedo con su camiseta. Las gotas se escurren y caen directamente al suelo, pero no me inmuto por el charco que se está formando sobre la moqueta.
Lo miro y me siento ridícula por ser la única persona en la sala que lleva ropa. Es una sensación extraña.
—¿Pasa algo?
—No. Iré a por una toalla.
—De acuerdo.
Me alejo de la estancia rápidamente. Si me quedo mucho más tiempo mirándolo, lo más seguro es que acabe sabiendo lo que pienso.
—Estás loco. ¿Cómo no se te ha ocurrido coger un paraguas? — le digo desde la habitación.
—¿Coger un paraguas? ¿Aquí, en Escocia? Ya estoy acostumbrado, no es para tanto. Además, tenía prisa por venir, así que… Regreso de la habitación con una toalla y se la ofrezco. —Anda, sécate. Voy a preparar algo para picar, ¿quieres? —¿Qué tienes?
—¿Eres de té o chocolate caliente? —le pregunto desde la minicocina.
—¿Hablas en serio? —se descojona mientras se seca la cabellera pelirroja—. Debes saber que yo paso de lo tradicional y de los horarios. Todo eso no va conmigo, así que el chocolate suena bien para mí.
—Entonces serán dos.
Al cabo de quince minutos, entro al salón con dos tazas medianas colmadas hasta arriba de bebida caliente. Las dejo sobre la mesa de cristal, situada entre los sofás, y me siento.
—¡Ya están listos! Ven antes de que se enfríen —le grito desde el salón.
Andrew sale del baño, con el torso desnudo y su camiseta mojada en la mano.
—No sé dónde ponerla para que se seque. Ya tendría demasiada suerte si me dijeras que el piso venía con secadora —se ríe, mirándome.
—Dámela —digo, sin casi poder articular palabra.
Me pongo roja cuando paso junto a él. Nunca lo había visto así, y el hecho de que lo haga ahora hace que me ruborice aún más. No puedo dejar de mirar su cuerpo. Tocar la prenda que ha estado sobre él me hace imaginar cosas y, al mismo tiempo, me empuja hacia lo desconocido.
—Será mejor que te cubras.
—Oh, perdona, ¿te molesta que vaya así?
—Sí… digo, no —niego con la cabeza—. Es por si te manchas
o te cae encima. Podrías quemarte.
—Sí, mejor me echaré esto por encima.
***
Siento que Victoria está experimentando un impulso de deseo al verme sin camiseta.
Ahora tengo toda su atención, lo veo en sus ojos.
Pero tengo que dejarlo pasar. Ya tendremos un mejor momento para eso.
Acabo de descubrir su inocencia. Es una chica que apenas está empezando a entender lo que significa amar.
Me levanto del asiento opuesto y me siento a su lado. La miro, intentando adivinar qué piensa, pero no obtengo respuesta. —¿Cómo estás? —empieza ella.
—Bien, ¿y tú?
—Estoy bien. ¿Te sigue doliendo el brazo?
—No mucho. Con la medicación apenas lo noto.
—Me alegro. Con suerte, volverás a jugar pronto. —Sí… supongo.
—¿Saben tus padres que estás aquí?
—No. Y si te refieres a Jane, tampoco —respondo. Veo cómo
sonríe, como si le pareciera gracioso.
Por más que quiera, ya no puedo contenerme. La rodeo por la cintura y la acerco para besarla. Nuestro beso es fugaz, apenas unos segundos, cuando ella se aparta con un gesto brusco.
—No. Para. No sigas.
—Creía que querías... Si he ido demasiado rápido, lo siento.
Me he dejado llevar —digo, confundido.
—No es que no quiera… Es solo que…
—¿Qué?
—¿Te puedo decir algo con total confianza?
—Sí, claro. Dímelo.
—No te lo tomes a mal, pero… he estado pensando estos días.
Le he dado muchas vueltas a todo. A ese beso, a lo de que ibas a cortar con Jane… a nosotros.
—¿Y? —pregunto, sin entender del todo hacia dónde quiere llegar.
—Lo que quiero decir… es que no sé si ahora quiero esto. —¿Cómo? ¿Sabes que acabo de cortar con Jane porque se suponía que tú y yo íbamos a ir en serio?
—¿De verdad lo has hecho?
—¡Claro que sí! ¿Qué te pensabas? —respondo, ofendido.
—No sé, Andrew…
—¡No, “no sabes” no! Está claro lo que pensabas —me levanto del sofá, enfadado—. Pensabas que iba a volver a cagarla contigo, ¿no?
Victoria también se pone de pie.
—Bueno, no te lo voy a negar…
—¡Joder, Victoria! ¿No puedes darme ni un voto de confianza?
—¿Crees que no lo he pensado? —levanta la voz—. ¿Qué opciones me dejabas después de todo lo que pasó?
—Creía que empezaríamos de cero…
—¡Y ya te he dicho que no sé si quiero esto! —intenta calmarse, pero su tono sigue tenso.
—¡¿Y ahora soy yo el que se tiene que joder por estar enamorado de ti, solo porque tú no quieres?!
—¿Y cómo crees que me he sentido yo? ¿A que tú tampoco has pensado en esto durante todos estos meses?
—¡¡Claro que lo he pensado!! Porque me has estado ignorando. ¿Sabes lo mierda que se siente uno cuando lo ignoran?
—Yo también me he sentido ignorada cuando te he visto con ella. ¡He estado a punto de odiarte!
—¿Entonces para qué viniste? ¿Para qué nos hemos besado? ¿Para qué todo esto, si ahora ya no quieres nada?
—Claro que quiero algo contigo… pero no sé si lo quiero ahora. Tienes que entenderlo.
—Perfecto. Entonces ya me puedo esperar un mes, un año o cinco hasta que la señorita decida cuándo coño quiere tener una puñetera relación —digo, mientras me meto al baño a buscar mi camiseta.
—Si tanto me quisieras, lo entenderías —me sigue—. Ah, y gracias. Ya entiendo por qué el chico popular nunca puede estar solo. Te importa más tu reputación que lo que yo pueda sentir. Por eso estabas con ella.
—¿Entonces me estás diciendo que no debería haber cortado con Jane? ¿Es eso? —me ajusto la camiseta aún húmeda—. Y ahora entiendo por qué tú estabas tan sola. Porque eres tan rencorosa que nadie te aguanta. Tienes tanto orgullo que ni esto sabes solucionar.
Salgo del baño. Ella viene detrás.
—¿Ahora me hablas tú de soluciones? ¡Cuando eras tú el que tenía que haber sido sincero desde el principio!
—¡Lo ves! ¡Ahí estás otra vez! —me detengo y me giro hacia ella—. ¡¡Date cuenta!!
—Mira… tampoco te pedía tanto. Solo quería que empezáramos como amigos y ver qué pasaba después. Pero, sinceramente, se me están yendo las ganas.
—Entonces no tiene sentido que siga aquí —respondo, sin mirarla.
Me dirijo hacia la puerta.
—Ya era raro que no lo hicieras —escupe ella—. ¡Eso, márchate!
Abro la puerta y me voy sin volver la vista atrás, porque sé que si hablo, exploto. Cierro la puerta con más fuerza de la necesaria, haciendo retumbar las paredes.
Y en cuanto el ruido cesa, me falta el aire. Las manos me tiemblan y el pecho se me aprieta, como si estuviera a punto de romperse. Me apoyo un segundo en la pared del pasillo para no desmoronarme ahí mismo.
No quería irme así, pero no tenía opción. Quedarme habría significado perderla para siempre.
Continuará...