Efímero (Efímero 1)
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I
DISTANCIA
Finales de Agosto
Había soñado infinitas veces con este viaje; es más, lo deseaba con ganas. La idea de estudiar en el extranjero siempre me había atraído desde que empecé la secundaria, con apenas doce años.
No es que me haya ido mal aquí en España. No es eso. Pero siento que este viaje va a transformarme para mejor, lo sé.
Necesito conocer Escocia. Necesito pasear por sus calles y sentirme parte de ese precioso país que siempre me ha fascinado desde que tengo uso de razón.
Bueno, ahí he exagerado un poco. Debo reconocer que a veces soy así de exagerada con todo.
Me gusta sentir las cosas multiplicadas por infinito para no olvidarme nunca de lo divertidas que fueron esas sensaciones, esos lugares o, quizás, incluso las personas.
Sí, me considero una filántropa, qué le voy a hacer. Me gusta ver el lado bueno de las personas, admirarlas y, con suerte, entenderlas, si se llega a dar el caso. Pero no me enrollaré más hablando de mí. O sí… quizás no pare de hacerlo en todo momento.
El caso es que lo que parecía imposible se ha vuelto más fácil de lo que creía.
Voy a aprovechar esa beca que me concedieron al máximo y voy a ir a por todas.
Quiero demostrarme a mí misma que puedo con todo.
Que las cosas son pequeñas y las manejo a mi antojo, y que no hay baches en el camino porque voy demasiado preparada para esquivarlos si me los encuentro.
Aunque creo que el único bache que encontraré será el anhelo de estar lejos de mis padres.
Está siendo ahora un poco difícil para este pajarito pequeño e indefenso que alza sus alas por primera vez para volar lejos de su nido, lejos de su mamá y su papá, lejos del hogar que lo vio crecer y que jamás olvidará.
¡Pero bueno, Victoria, corta el rollo ya con tus papeles melodramáticos de Broadway!
Has nacido para esto. ¡Sal ya o perderás ese avión que tanto deseas coger!
* * *
Si no tuviese nada, entonces sabría que te tengo a ti. Y lo sé, ahora que estoy respirando el mismo aire que tú y compartimos el mismo cielo.
Que lo único que me apetecería sería entrelazar tu respiración con la mía. Que, si te quedara un último aliento, el mío te lo daría.
Ahora, por fin, tengo la certeza de que no estoy soñando. Estoy donde quiero estar. Pienso, mientras miro las caras de toda la gente que tengo a mi alrededor.
La lluvia acaba de caer en Glasgow, dejando ver la luz de esas pequeñas cosas; esas que hacen que te enamores aún más de los días grises y de la vida misma.
Sí, un beso contigo, Andrew, podría hacer que brille toda esta ciudad.
Pero tú no sabes que estoy aquí. Claro que no.
Es una sorpresa que no he querido decir a nadie.
Solo a mis padres, a los que voy a echar de menos y he dejado en mi querida España.
Pero lo han entendido. Mi amor por ti es algo mutuo, estamos destinados, Andrew Lowell.
Cada poro de tu piel está buscando mi cara y cada una de tus cicatrices está buscando mis manos para ser acariciadas.
Estoy sola, pero, aun sin saber dónde estás exactamente, te noto cerca. Es como si me estuvieses abrazando desde lo lejos y dijeses:
—Victoria, es por aquí.
No me voy a rendir. Voy a buscar todas las formas posibles para encontrarte y hacerte feliz y, si no la encuentro, la inventaré. Aunque tengo la fe de que la casualidad nos destinará a conocer.
Hace frío, pero cuando te pienso, es verano, porque tengo el presentimiento de que, si algo se nos da bien, es amarnos.
El asfalto está húmedo. Mis botas tropiezan con los charcos que se han formado en las calles.
A lo lejos, una aglomeración de coches se detiene en un cruce.
Me dispongo a pasar, aún con mi equipaje encima.
Las ruedas suenan al compás de mis pasos.
Enfrente del cruce asoma una cafetería. Sin duda alguna, un cappuccino podría calentar este alma que se encuentra perdida en medio de esta isla.
* * *
Se encuentra solo en su casa, fregando los platos que están llenos de los restos de la noche anterior. El agua fría del grifo, junto con la lejía, cortan sus manos pálidas, que ahora se ven enrojecidas y agrietadas.
Las seca con cuidado, intentando aliviar su dolor.
Se queda mirando la ventana cuando el acontecimiento que hay enfrente le hace quedarse embobado.
La ve moverse de lado a lado con el teléfono en la mano.
No puede escuchar lo que dice, ni siquiera sabe si está hablando en inglés, pero por sus rasgos, parece que es una persona extranjera.
Desde su perspectiva, le puede ver la cara con claridad.
Es una chica de pelo castaño, y es alta.
Una ventana abierta siempre es una vía de escape hacia el exterior.
Da igual de qué color sea o qué la adorne: a través de ella puedes observar qué está pasando a tu alrededor.
Puede que a veces todo lo que encuentres no llame en absoluto tu atención.
Puede que creas incluso que siempre estás mirando lo mismo día sí y día también.
Pero siempre hay algo que cambia: una paloma que nunca habías visto volando sobre tu ventana; una farola iluminada en mitad de la noche oscura; un nuevo edificio que estén construyendo…
o puede que el mayor hallazgo que vayas a encontrar hoy esté justo enfrente de tus narices y, a partir de ahí, no puedas dejar de mirarlo.
Puede incluso darte la sensación de que no estás demasiado cerca para observarlo, como que te faltan detalles en la escena.
¿Qué es exactamente eso que estoy viendo? ¿Cuánto tiempo lleva ahí? ¿Va a cambiar su forma o posición?
No conocemos a nadie y, por ese mero hecho, creo que todos somos vulnerables a las personas del exterior.
Esas que conforman nuestra sociedad. Aquellas personas que para nosotros han sido, alguna vez que otra, unos completos desconocidos antes de convertirse en nuestros amigos o algo más que eso.
Todos parecen estar podridos por dentro.
Una queja. Una cara larga de alguien que es la primera vez que ves por la calle.
Gente que hace demasiado ruido. Gente que se va dando hostias en plena luz del día.
Personas a las que ayudas y luego te apuñalan por la espalda.
En efecto, todos vinimos al mundo para joder a alguien y, si no, acuérdate del nombre de la última persona que te rompió el corazón y sabrás de qué te hablo.
Pero acaba de llegar ella. Jamás la he visto por aquí. Oh, mírala, viene con una maleta. Entonces… ¿va a quedarse a vivir o solo viene a pasar unas vacaciones? ¿Debería presentarme y decirle que me llamo Steve? ¿Quién es ella y por qué parece que va a revolucionarlo todo?
10:45 PM
La noche ha caído y una luz alumbra su habitación juvenil. Le gusta la persona con la que se encuentra al otro lado de la pantalla. Mira la conversación como si desease tenerla entre sus brazos y no soltarla.
Victoria. Qué nombre tan bonito, tan original y tan de ella, la chica que le quita el sueño hasta altas horas de la madrugada.
—¿Te apetece que hablemos por Skype? —le sugiere él. —No. Es muy tarde ya. Mis padres seguro que se molestarán si me oyen hablar a estas horas —se excusa para mantener la sorpresa callada.
—Vaya, y yo que quería ver esa carita de dormilona —le responde él en inglés.
—La verdad es que algo cansada sí que estoy. Hoy ha sido muy intenso. Solo tenía ganas de venir a casa y tumbarme en la cama.
—Vaya… ¿solo eso? —le pregunta, esperando que ella diga algo más.
—Bueno, y hablar con un chico muy guapo que resulta ser escocés y que, además, es mi novio. ¿No te estarás poniendo celoso?
—En absoluto. Creo que hasta incluso me cae bien el tipo. Lo que daría ahora por estar ahí contigo.
—Y yo. Te mando un beso virtual. Cógelo.
—Lo tengo, es mío. Te mando yo otro.
—Andrew.
—Victoria.
—¿Andrew?
—¿Qué?
—Me gustaría saber cómo se siente al besarte de verdad.
—Y a mí me gustaría besarte ahora mismo —le confiesa.
—No puedo dejar de pensar en ti.
—Yo tampoco.Así que dime qué puedo hacer para cambiar eso.
—Teletransportarte hasta mi habitación —se ríe ella.
—Voy a intentarlo.
—Te espero.
—¿Y bien?
—No te veo.
—Al menos lo he intentado.
—Algún día no tendremos que intentar nada.
—Estaremos juntos.
—Espero que sea pronto.
—Yo también.
—Buenas noches, Andrew.
—Te quiero, Vic.
AL DÍA SIGUIENTE
Escucho una voz de fondo detrás de mí, pero está lejos. Esa voz ya la he escuchado antes. Tan aterciopelada, tan característica. La tengo grabada en mi cabeza como el tono de llamada del móvil. Sí, es él. Puedo verlo de espaldas, sentado con otros chicos, mientras sus rizos caen sobre su nuca.
No sé si pasar por delante de él para que se dé cuenta de que estoy aquí o darle la sorpresa más tarde, cuando esté menos ocupado, para poder quedar a solas.
Todavía no me creo que esté aquí, mirándolo.
Me siento como si delante de mí estuviese viendo una escena aleatoria que no forma parte de la realidad.
Pero sí que lo es. Es de carne y hueso. Es mi chico.
Me quedo con ganas de ir hasta su mesa y sorprenderle delante de sus amigos, pero no lo hago.
En lugar de ello, cojo mi café y me siento en una de las mesas más próximas a la puerta.
Puedo oír cómo se ríe, cómo intercambia conversaciones con esos chicos.
Su voz hace que mi corazón se esfuerce más por latir.
Estoy nerviosa y, a la vez, tengo el impulso de llamarlo para que se gire hacia delante y entonces me descubra delante de sus ojos.
Sus bonitos ojos azules, los cuales no he dejado de pensar estos últimos meses.
¡¡Dios, pero qué guapo es!! Madre mía, si mamá y papá estuvieran aquí para verlo…
El viaje ha sido una locura, pero una locura que no olvidaré porque nos queremos y soy tan feliz. Mañana, sin falta, lo veo.
Sí o sí tengo que verlo. Por hoy, le dejaré que disfrute con sus amigos. Y tú, Andrew Lowell, mañana vas a flipar, cariño, porque estoy en Escocia y no vas a creértelo.
Sigo moviendo la bebida que la chica morena con acento francés me ha servido. Doy pequeños sorbitos porque está ardiendo y soplo un poco la taza de café.
Veo cómo más clientes se acercan a la barra a pedir sus bebidas.
No puedo creerlo: todo cuanto escucho es en inglés.
Adiós, español. Hola, gente interesante y nueva cultura.
Los observo desde mi asiento. Son tan distintos a los españoles que me pregunto si notarán por mis gestos que no soy de aquí. Aunque eso ahora me da igual.
El ruido de la mesa de Andrew es cada vez más fuerte.
Por lo que entiendo, creo que están hablando de básquet y de chicas.
¿Les habrás hablado de mí y eso es lo que estáis comentando?
¿Alguno de ellos habrá visto mi perfil y sabrá cómo soy?
Porque, si es así, no podré quedarme mucho tiempo en la cafetería.
Imaginad que nuestro encuentro se fastidia porque uno de ellos sabe quién soy y se lo dice.
Jo, espero que no. Me gustaría ser yo quien se lo dijera.
—Y por ahí viene tu chica —dice uno de ellos.
La chica pasa por el medio del pasillo, cerca de mi mesa.
Es alta y morena. También tiene los ojos azules, como casi toda la población británica.
Camina con movimientos femeninos, moviendo sus caderas, no muy anchas ni acentuadas, pero sí existentes, y sonríe mientras camina.
Seguro que el chico que esté con ella estará encantado.
He de admitir que es muy guapa y, además, viste bien.
—¿Me has echado de menos, Andy? —la escucho decir.
Ha dicho Andy. Pero… ¿Andy a secas o Andy de Andrew?
Me giro y veo que es Andy de Andrew. Y después, me quedo sin apenas respirar porque se están besando.
La escena abre mis ojos y los corrompe hasta llenarlos de lágrimas. Ojalá no los hubiese visto. La está besando, pero no puedo entrometerme. No puedo reprocharle nada. Es absurdo ir a quejarse cuando lo que tenemos es solo una relación por chat.
¿Y ella? ¿Será su novia? ¿Por qué nunca me habló de ella? ¿Es que para él solo fui un juego?