Ecos del faro CAPÍTULO 18 #2
82%

CAPÍTULO 18 #2

—Esta tarde si consigo la teja. —Hizo una pausa—. En el depósito de la ferretería del pueblo tienen del mismo tipo.

Elena apuntó: teja, ferretería. Lo añadió a la lista del inventario sin pensar demasiado en que lo estaba añadiendo, en que la lista del inventario ya no era solo para el notario sino también para las cosas que había que hacer para que la casa siguiera funcionando.

Lucas se fue a buscar la teja.

Volvió a las cuatro con la teja y con un pan de centeno de la tienda de Rosa, que dejó en la encimera sin decir nada, con la naturalidad de alguien que sabe que a esta hora del día la persona con quien vive ha dejado de pensar en comer.

Elena lo miró.

Él se puso las botas de trabajo.

Era una escena tan ordinaria que Elena tardó un momento en registrar lo que había en ella: que Lucas había dicho la persona con quien vive, no en esas palabras pero sí en el gesto, en la teja y en el pan y en la naturalidad de saber a qué hora la otra persona necesitaba que le recordaran que tenía que comer.

Subió al tejado.

Elena escuchó sus pasos sobre las tejas y el golpe rítmico del martillo y el sonido de la teja nueva encajando en su sitio, y pensó en la categoría del inventario que no había sabido rellenar, y pensó que quizás la dificultad no estaba en la categoría sino en el orden: que primero había que saber si había alguien dentro para luego saber qué dejar para esa persona.

Abrió el cuaderno del inventario. Tachó esa categoría.

La reescribió: Lo que se queda.

La conversación sobre el futuro llegó un miércoles por la mañana, sin anuncio, mientras Elena estaba lijando el marco de la ventana del comedor que Lucas había empezado y que ella había continuado porque él tenía que ir al puerto y el trabajo estaba a medias y dejar las cosas a medias en esa casa tenía un coste que Elena ya no estaba dispuesta a pagar.

Lucas llegó al mediodía y la encontró con la lijadora y el marco terminado y una capa de imprimación ya seca.

—Lo has hecho bien —dijo, examinando el marco con ese ojo profesional que no hacía concesiones.

—He seguido tus instrucciones.

—Las instrucciones y la mano son cosas diferentes.

Elena limpió la lijadora con el trapo. Lucas se sentó en el alféizar terminado con la facilidad de quien comprueba que algo aguanta el peso.

—He hablado con el notario —dijo Elena—. La casa puede quedar en herencia sin liquidar mientras yo pague los impuestos de titularidad. No tengo que venderla.

Lucas la miró.

—¿Vas a venderla?

—No lo sé todavía —dijo Elena—. Pero quería saber que tenía la opción de no hacerlo.

—Hay una diferencia —dijo Lucas.

—Sí.

Silencio. El tipo de silencio que tiene una pregunta dentro pero que espera.

—¿Qué pasa con Madrid? —dijo Lucas.

Elena apoyó la lijadora en el suelo.

—Tengo un contrato de alquiler que se renueva en enero —dijo—. Y un trabajo que puede hacerse desde cualquier sitio con internet.

Lucas procesó eso con la lentitud de siempre.

—Eso no es una respuesta —dijo.

—No —dijo Elena—. Es la descripción de las condiciones. La respuesta no la tengo todavía.

Lucas asintió. No con impaciencia, no con la presión de quien necesita que la respuesta llegue ahora. Con la calma de quien ha esperado cosas durante mucho tiempo y sabe que esperar no es lo mismo que no saber.

—¿Qué necesitas para tenerla? —dijo.

Era una pregunta que nadie le había hecho antes con esa precisión. No qué vas a hacer ni cuándo decides sino qué necesitas. Elena lo notó. Pensó en la respuesta con la honestidad que la pregunta merecía.

—Tiempo —dijo—. Y saber que el tiempo no me cuesta lo que me costó la última vez.

Lucas la miró.

—La última vez te costó diez años —dijo.

—Sí.

—Eso no va a pasar.

No lo dijo como una promesa del tipo que se hace para tranquilizar. Lo dijo con la misma cadencia que usaba para los hechos: sin adorno y sin escape. Como cuando decía que las bisagras cedían o que el mortero no era el original o que el temporal de anoche había debido de mover el fondo de la barra.

Elena lo miró durante un momento.

—No —dijo—. No va a pasar.

Lucas se bajó del alféizar. Se puso a limpiar las herramientas con el gesto metódico de siempre, guardando cada cosa en su sitio con la precisión del trabajo bien hecho.

—El marco necesita una segunda capa de pintura en dos días —dijo—. Cuando esté seca.

—De acuerdo —dijo Elena.

Era una conversación sobre la ventana. Era también otra cosa, del tipo de cosas que en Mariposa Bay se dicen de lado, de pasada, y que si no estás prestando atención te las pierdes.

Elena estaba prestando atención.

La placa llegó un viernes.

No fue un evento. Fue una mañana de trabajo ordinaria en el muelle en que los hombres de la cofradía instalaron una plancha de piedra caliza en el muro del espigón de pescadores, a la altura de los ojos, con los cincuenta y seis nombres grabados en dos columnas y debajo la fecha: 23 de noviembre de 1974.

Sin explicación. Sin atribución. Solo los nombres y la fecha, como había propuesto Clara.

Elena lo supo por Lucas, que había estado en el muelle esa mañana y lo había visto desde la barca. Se lo dijo al mediodía, en la cocina, con la misma neutralidad con que daba cualquier otra información sobre el pueblo. Era el tipo de neutralidad que en él no indicaba indiferencia sino la forma que tenía de dar noticias importantes sin dramatizarlas, dejando que el peso llegara solo sin añadirle énfasis.

Bajaron esa tarde.

No solos: Clara los encontró en el sendero del muelle, sin la chaqueta roja, con un abrigo oscuro que la fundía con la piedra gris del espigón. No habían acordado ir juntos. Fue la misma convergencia de personas que van al mismo sitio por la misma razón, sin necesitar convocarse.

La placa era más pequeña de lo que Elena imaginaba. No grande, no monumental, del tamaño que tiene una cosa que se pone para quedarse y no para ser vista desde lejos. Los nombres en dos columnas, la letra grabada a profundidad suficiente para que durara, la piedra caliza local que era la misma piedra del acantilado y del faro y de las casas del muelle.

Elena buscó los nombres. Los treinta y cuatro. Los veintidós. Cincuenta y seis personas que habían salido de este puerto una noche de noviembre del 74 y que ahora tenían al menos esto: un lugar en la piedra del muelle donde habían vivido.

Los leyó todos. Tardó más de lo que requería simplemente leer cincuenta y seis nombres. No porque los conociera sino por lo contrario: porque no los conocía, y leerlos era la única forma disponible de darles el tiempo que no habían tenido en la noche del veintitrés de noviembre de 1974, cuando la linterna se apagó y el Esperanza entró en la barra norte sin la orientación que necesitaba.

Cincuenta y seis personas que habían comprado un billete, que habían hecho el equipaje, que habían bajado al puerto con la expectativa específica de llegar a algún sitio.

Clara se quedó de pie frente a la placa durante un tiempo sin decir nada. Tenía las manos en los bolsillos del abrigo y la vista en los nombres con esa fijeza habitual suya que esta vez no tenía la calidad del análisis sino algo más quieto y más interior. Elena la observó de reojo y pensó en lo que Clara había dicho: que lo posible no era suficiente pero que era lo máximo que era posible sin destruir lo que no había razón para destruir. Y que había aprendido a saber cuándo lo posible era lo que había.

Era un aprendizaje caro. Todos los aprendizajes que valen algo lo son.

Lucas estaba a la derecha de Elena. Sus brazos se tocaban.

Elena miró los nombres y pensó en la abuela en la cámara del faro, escuchando la voz de su marido al pie de la escalera con la luz ya apagada y el Esperanza entrando en la barra. Pensó en lo que cuesta saber algo que no puedes decir y en el precio que tiene ese saber cuando se paga solo, sin que nadie sepa que lo estás pagando.

Pensó en los treinta y cuatro nombres grabados en la piedra.

No era justicia. Era el primer gesto en la dirección de la justicia, que es diferente a la justicia misma pero no es nada tampoco.

—Gracias —dijo Clara, en voz baja. No a Elena, no a Lucas. A los nombres, quizás. O al aire, que en este pueblo llevaba décadas cargando cosas que nadie había querido decir en voz alta.

Nadie respondió.

El mar rompía contra el espigón con su cadencia constante, el mismo mar de siempre, que no guardaba luto ni celebraba nada sino que simplemente seguía haciendo lo que hacía, indiferente y necesario, como el faro encima del acantilado que giraba esa tarde con su pulso regular sobre el pueblo que empezaba a encender las primeras luces de la tarde.

Los tres se quedaron frente a la placa el tiempo que requería estar frente a algo que llevaba cincuenta años esperando existir. Ninguno decidió cuánto era ese tiempo. El tiempo se decidió solo.

Luego se fueron.