CAPÍTULO 18
Andrés Torres vivía en la calle de la lonja, en una casa de dos plantas con la fachada pintada de blanco hace demasiado tiempo, con ese blanco que ha adquirido el tono gris de lo que necesita renovarse pero que funciona todavía.
Era el presidente de la cofradía por herencia de función, como había explicado Clara, y llevaba el cargo con la incomodidad visible de quien sabe que el traje no le queda bien pero no tiene otro que ponerse. Elena lo había visto en el muelle alguna vez durante la semana, con la gorra de su tío y las manos en los bolsillos y esa forma de estar parado que no era exactamente vigilancia sino más bien la postura de alguien que observa sin saber exactamente qué está buscando ver.
Clara había pedido la reunión. La había concertado ella sola, sin consultarlo con Elena, lo que Elena interpretó correctamente como que Clara necesitaba esa reunión en sus propios términos antes de que pudiera ser de nadie más. Elena y Lucas vendrían después, cuando Clara lo indicara.
Llegaron a las once.
La sala de la cofradía estaba en la planta baja del edificio de la lonja, una sala rectangular con las paredes cubiertas de fotos enmarcadas de barcos y de grupos de pescadores en distintos momentos del siglo, con esa acumulación de décadas que tienen los lugares donde la misma función se ha ejercido durante generaciones. Había una mesa larga en el centro, sillas a ambos lados, un crucifijo en la pared del fondo sobre un reloj de pared que marcaba la hora correcta.
Elena miró las fotografías mientras esperaban a que Andrés apareciera. Eran del tipo que se encuentran en los espacios institucionales de los pueblos pequeños: formales algunas, informales otras, con el pueblo detrás reconocible en todas por los mismos tejados y el mismo espigón y el mismo ángulo del acantilado. En una de las más antiguas, en blanco y negro, había un grupo de hombres frente a la lonja con una red extendida. Elena buscó caras que pudiera reconocer. No las encontró. Pero buscó. Era el instinto del trabajo: encontrar lo que no estaba dicho.
Andrés entró antes de que ella pudiera seguir mirando.
Era un hombre que no tenía el mar metido en la cara de la misma forma que Pedro o que los pescadores del muelle. Era un hombre de lonja más que de cubierta, con las manos limpias y la piel menos cuarteada, y eso le daba un aspecto ligeramente fuera de contexto en ese espacio, como si hubiera heredado el marco sin heredar del todo la pintura. Llevaba la gorra en la mano.
Clara estaba sentada a la mesa con la carpeta del archivo cerrada delante de ella.
—Siéntense —dijo Andrés, señalando las sillas con un gesto que era hospitalidad de protocolo, no de convicción.
Se sentaron los cuatro alrededor de un extremo de la mesa larga.
Elena había acordado con Lucas y Clara la noche anterior que hablaría Clara. Era su terreno, era su propuesta, y era su apellido en los documentos. Elena y Lucas estaban allí como lo que eran: las personas que habían encontrado los documentos y que habían elegido, junto con Clara, qué hacer con ellos.
Clara abrió la carpeta.
Puso la lista en la mesa frente a Andrés. El log de Manuel junto a la lista. Y el acta del acuerdo del 74, la fotocopia que ella había hecho en el archivo municipal, con los tres apellidos al pie.
Andrés los miró. No los tomó. Los miró desde donde estaba, con la distancia de quien reconoce lo que tiene delante aunque no lo haya visto nunca.
Elena observó su cara durante ese primer momento de reconocimiento. No había sorpresa en ella. Había algo más parecido al reconocimiento de algo que se había sabido siempre de forma indirecta y que ahora tenía forma de papel en la mesa, que es diferente a saberlo abstractamente porque el papel no se puede ignorar de la misma manera.
—¿De dónde viene esto? —dijo.
—La lista y el log son de Manuel Martín —dijo Clara—. Los guardó en el faro. El acta la encontré yo en el archivo municipal hace tres años. —Una pausa—. Todo original o fotocopia verificada. No hay posibilidad de impugnación documental.
Andrés asintió. Siguió mirando los papeles.
—¿Qué quieres, Clara?
Era una pregunta directa, del tipo que se hace cuando ya no queda energía para el rodeo. Elena respetó eso.
—Una placa en el muelle —dijo Clara—. Con los cincuenta y seis nombres. Los treinta y cuatro muertos y los veintidós desaparecidos. Una placa que diga que salieron de este puerto y no volvieron. Sin atribución de causa. Solo los nombres y la fecha.
Andrés miró la lista de nuevo.
—¿Y los documentos?
—Al archivo municipal —dijo Clara—. En una caja catalogada y accesible. Sin publicación en ningún medio. Sin denuncia, sin proceso judicial, sin comunicado de prensa. —Una pausa—. Los responsables están muertos. No hay nadie a quien procesar. Lo que hay es una historia que merece existir en algún lugar que no sea una caja de metal en la cocina de alguien.
El reloj de la pared hizo su mecanismo de la media hora. Once y media.
Andrés se puso la gorra. Era un gesto que en él indicaba que estaba pensando, que necesitaba ese peso sobre la cabeza para ordenar lo que tenía dentro. Elena lo observó y pensó en lo que Clara había dicho la noche anterior: que Andrés llevaba veinte años queriendo que esto terminara.
El silencio duró lo que duraba en esta sala, más que en otros sitios, con el peso de las décadas de reuniones y decisiones y silencios acordados que las paredes habían absorbido y que ahora devolvían de alguna forma.
—Mi tío me dijo, antes de morir —dijo Andrés, con la vista todavía en los papeles—, que había algo en este pueblo que tarde o temprano iba a salir a la superficie. Me dijo que cuando saliera lo dejara salir. —Una pausa—. No me dijo qué era. No me dijo cuándo ni cómo. Solo que lo dejara salir.
Clara lo miró sin decir nada.
—Mateo Romero fue un hombre que tomó una decisión que no debería haber tomado —dijo Andrés—. Félix Aguirre también. Y Eduardo Vidal. —Sus ojos encontraron los de Elena—. Eso está en los papeles y no va a cambiar.
—No —dijo Elena.
—¿La placa incluye sus nombres? ¿Los de los responsables?
—No —dijo Clara—. La placa es para los muertos. Los responsables están en los documentos del archivo.
Andrés procesó eso durante un momento. Miró de nuevo el crucifijo de la pared del fondo, ese gesto de buscar un punto de apoyo que no tenía que ser religioso exactamente sino simplemente estar fuera del espacio inmediato de la mesa y los papeles.
—¿Quién pone la placa?
—La cofradía —dijo Clara—. Debería ser la cofradía. Es lo correcto.
Andrés miró sus propias manos sobre la mesa. Tenía las manos de quien ha pasado años en una lonja y no en una cubierta, más blancas, menos marcadas, con los dedos que no habían aprendido los nudos ni las redes. Y sin embargo llevaba la gorra de su tío, que sí había tenido ese mar.
—Dame una semana —dijo—. Para hablar con los Aguirre y con quien queda de los Vidal. No voy a pedirles permiso. Les voy a decir lo que hay. —Levantó la vista hacia Clara—. Pero necesito que sepan de mi boca lo que va a pasar antes de que pase.
—Una semana —dijo Clara.
Andrés se puso en pie. Los demás hicieron lo mismo.
En la puerta, antes de salir, Andrés se volvió hacia Elena.
—Tu abuela —dijo—. La conocí de pequeño. Mi tío la traía al muelle cuando reparaban las redes. Era una mujer que miraba el mar como si le debiera algo. —Una pausa—. Ahora entiendo por qué.
Elena no respondió. Asintió una sola vez.
Salieron a la plaza.
Andrés los alcanzó en la calle, antes de que llegaran al cruce hacia el muelle.
—Una cosa más —dijo, sin mirar a ninguno en concreto—. La nota bajo la piedra del porche.
Y las luces que vieron en el acantilado esa noche.
Elena se detuvo.
—Fui yo —dijo Andrés—. Las dos veces. No para hacerles daño. Para que pararan a tiempo,
antes de que esto llegara a una mesa con papeles encima. Pensé que si los asustaba lo
suficiente, lo dejarían donde estaba.
—¿Y ahora? —dijo Clara.
—Ahora ya está en la mesa —dijo Andrés—. Y prefiero esto a seguir vigilando un sendero por
las noches a mi edad.
Nadie le pidió disculpas. Nadie se las dio. Andrés se dio la vuelta y caminó hacia el muelle
sin esperar respuesta.La semana de Andrés pasó con la lentitud de las semanas que contienen algo que no se puede
apresurar.Elena terminó el inventario de la casa. Cuatro páginas de objetos catalogados por habitación, con las notas para el notario en el margen, con los apartados de lo que quedaba para ella y lo que se donaría o se tiraría o se dejaría en la casa si la casa seguía en pie con alguien dentro.
Esa última categoría era la más complicada de rellenar.
No porque no supiera qué dejar. Sino porque rellenar la categoría de si la casa seguía en pie con alguien dentro requería decidir primero si iba a haber alguien dentro, y esa decisión no era todavía una decisión sino todavía una pregunta, aunque la pregunta hubiera cambiado de textura en los últimos días. Era menos urgente y más quieta. Era el tipo de pregunta que se podía dejar estar sin que se volviera insoportable, lo que en sí mismo era una señal de algo.
Lucas seguía viniendo por las mañanas.
Había terminado los tablones del pasillo y había empezado con el tejado del ala norte, que requería trabajo desde afuera en los días sin lluvia. Elena lo oía moverse sobre las tejas con ese paso seguro que tenía en cualquier superficie, sin el cuidado excesivo de quien teme caer sino con la atención precisa de quien sabe cuándo la atención es necesaria y cuándo no.
Un martes por la mañana, mientras Elena trabajaba en el inventario en la cocina, Lucas bajó del tejado y entró a buscar agua. Se lavó las manos en el fregadero, con el barro del tejado tiñendo el agua marrón, y se quedó un momento apoyado en la encimera mirando por la ventana el jardín.
—Hay una teja rota en el alero del norte —dijo—. Si no la cambio antes de las lluvias de noviembre, el agua entra por el rellano de arriba.
—¿Cuánto tardas?