CAPÍTULO 16
La calle del muelle se estrechaba hacia el fondo.
Era algo que Elena no recordaba de los veranos de infancia, o quizás de niña la escala de las calles era diferente y lo que entonces era estrecho ahora era otra cosa. Pero esta tarde, caminando con Clara hacia el número más bajo de la numeración, la calle se reducía con cada paso como si el pueblo empezara a tomar menos espacio del que le correspondía, las fachadas más juntas, los portales más pequeños, los aleros casi tocándose sobre la calzada de piedra.
La marea estaba baja. El olor de los fondos expuestos llegaba en ráfagas desde el muelle de descarga, un olor denso y orgánico, de tierra mojada y crustáceos y todo lo que el mar deposita cuando retira el agua. No era desagradable. Era el olor de lo que existe sin que nadie lo decida, el olor de la cosa que lleva pasando desde antes de que hubiera nadie para notarla.
Clara caminaba a la misma altura que Elena pero sin ajustar el paso, con ese ritmo propio de quien no acostumbra a medir la velocidad por la de los demás. Llevaba la chaqueta roja puesta, las manos en los bolsillos, y no había encendido el cigarrillo que sostenía entre los dedos desde que salieron de la biblioteca. Elena lo notó: el cigarrillo sin encender era una forma de tener algo en la mano sin necesitar usarlo todavía.
No hablaron en el trayecto.
Era un silencio de tipo específico, el silencio de dos personas que han acordado algo y ahora van a ejecutarlo y el hablar entre medias solo añadiría capas que el momento no necesitaba. Elena había aprendido ese silencio en los últimos días, en los ratos de trabajo con Lucas, y reconocía su textura. No era incomodidad. Era concentración de otro tipo.
La casa de Pedro estaba al final de la calle, en el quiebre donde la calle del muelle se convertía en un callejón que daba directamente al espigón de pescadores. Era la última casa antes del mar, una construcción pequeña de planta baja y media con las contraventanas a medio cerrar y la pintura de la fachada en el mismo estado de erosión controlada de todas las casas del pueblo: no descuidada exactamente, sino llevada al punto justo en que el mantenimiento se hace para que las cosas no empeoren y no más allá de eso.
La puerta era de madera verde oscuro, como la del faro. Elena pensó que eso no era una coincidencia sino la coherencia de un hombre que había pintado sus puertas del mismo color durante décadas y no tenía ninguna razón para cambiar.
Clara pulsó el timbre.
El sonido llegó del interior, apagado, y luego el silencio que sigue a un timbre y que siempre dura un poco más de lo que uno calcula. Elena oyó el movimiento dentro antes de ver la puerta: el arrastre irregular de una pierna que no funcionaba del todo bien, el crujido específico de un suelo de madera bajo un peso que se apoya de forma asimétrica.
La puerta se abrió.
Pedro era más alto de lo que Elena había calculado desde la distancia del sendero y del banco de la plaza. Setenta y pico años de mar le habían dado a la cara la textura de la madera de deriva, cuarteada y pulida al mismo tiempo, con unas venillas violáceas en las mejillas que hablaban de frío constante y de algo más. Los ojos eran de un gris claro, casi transparente bajo la luz baja de la tarde, y miraban con esa fijeza que tienen las personas que han aprendido a ver por necesidad y no por costumbre.
Miró a Clara primero.
Luego miró a Elena.
Y en ese segundo de transición entre una mirada y la otra pasó algo que Elena registró sin poder nombrarlo en ese momento: un ajuste, como el ajuste de un mecanismo que encuentra su posición correcta después de haber estado ligeramente desalineado durante demasiado tiempo.
No dijo bienvenidas.
Se apartó de la puerta para dejarlas pasar.
La cocina era el primer cuarto. También el más habitado: había una taza en la encimera, un periódico doblado en la silla junto a la ventana, una chaqueta colgada en el respaldo con la naturalidad de algo que se pone y se quita en ese mismo sitio todos los días. El suelo era de baldosa hidráulica, el tipo que se ponía en las casas de esta zona antes de la guerra y que ahora solo quedaba en las casas donde nadie había visto la necesidad de cambiarlo. Olía a jabón de fregar y a pescado de la mañana y, por debajo de eso, a algo más antiguo que Elena clasificó como el olor específico de las casas de hombres que viven solos: no suciedad, sino la ausencia de ciertos olores que se dan cuando hay más de una persona.
Pedro se sentó en la silla junto a la ventana. No ofreció asiento, no ofreció nada, pero había dos sillas más en la cocina y el gesto de sentarse él primero era una invitación sin palabras que Clara tomó sin hesitar, cruzando la cocina y sentándose frente a la ventana.
Elena ocupó la tercera silla.
Pedro miró el cigarrillo sin encender que Clara seguía sosteniendo entre los dedos.
—Puedes fumar —dijo.
Clara lo encendió.
La primera bocanada de humo se elevó hacia el techo bajo de la cocina con la lentitud de algo que por fin encuentra el espacio que necesita. Pedro lo siguió con la vista sin apartar los ojos.
—Llevo esperando esta visita desde que supe que habías vuelto —le dijo a Elena—. No desde que murió tu abuela. Desde antes. Desde que supe que existías.
Elena no respondió. Esperó.
—Tu abuela me llamó el octubre pasado —dijo Pedro—. Dos semanas antes de que se fuera al hospital definitivamente. Me llamó desde el teléfono fijo de la casa, que casi nadie usa ya, y me dijo tres cosas. Me dijo que la lista estaba en la casa y que cuando llegara el momento ella ya no estaría para decírtelo. Me dijo que cuando llegaras tú había que dejarte llegar al faro sola, sin que nadie te apresurara. Y me dijo que si la hija de Mateo venía a buscar lo que era de su padre, que la dejara venir.
Clara exhaló el humo por la nariz, despacio.
—¿Por qué le importaba lo que yo encontrara? —dijo Clara. No había hostilidad en la pregunta. Era una pregunta real, del tipo que no se hace para acusar sino para entender.
—Porque tu padre firmó el acta del 74 pero no detuvo la linterna —dijo Pedro—. Hay una diferencia entre los que acordaron el silencio y los que hicieron el trabajo. Tu abuela sabía esa diferencia aunque nunca la dijera en voz alta. Quería que tú también la supieras.
Clara puso el cigarrillo en el borde de la mesa, sobre la baldosa, con la precisión de alguien que necesita tener las manos libres para lo que viene.
—Ya sé lo de Manuel y lo de esa noche —dijo Elena—. Lo que necesita saber Clara es otra cosa.
Pedro la miró. Luego miró a Clara con la transición lenta de alguien que cambia el ángulo de una
conversación que ya ha tenido una vez.
Clara aplastó el cigarrillo con movimiento preciso.
—¿Y mi padre? —dijo. Su voz llegó sin adorno, limpia, la voz de alguien que hace una pregunta
real y no una pregunta retórica.
Pedro la miró. —Tu padre estaba en el muelle esa noche —dijo Pedro, sin apartar la vista de Clara—. Lo vi con
mis propios ojos cuando bajé de la torre. Eduardo Vidal hablaba. Tu padre y mi hermano escuchaban
y no se fueron. —Una pausa—. Eso también es una forma de hacerlo, aunque la mano que paró el
mecanismo no fuera la suya.
Clara no dijo nada durante un momento.
—¿Por qué no se fue? —dijo al final—. Si no fue su mano.
—Porque irse esa noche era elegir un bando delante de los otros dos —dijo Pedro—. Y tu padre
tenía veintiocho años y tres hijos y ningún sitio adonde llevarlos si elegía mal. —Pedro bajó la
vista—. No te digo que eso lo disculpe. Te digo que es lo que había.
Clara permaneció quieta durante un momento. Luego asintió una vez, con un movimiento pequeño
y deliberado que no era absolución sino reconocimiento.
No era poco. Pero tampoco era nada.
—¿Y el acta? —dijo Clara—. El acuerdo del 74, los tres apellidos.
—Eso no lo sé —dijo Pedro—. Eso no es mío. —Miró a Clara con una directness que no era
hostilidad sino algo más complicado, el reconocimiento de una deuda que no se puede pagar pero
que al menos puede nombrarse—. Si existe y lo encuentras, es tuyo. Y de los treinta y cuatro que no
volvieron a casa esa noche.
Clara sostuvo la mirada de Pedro durante un momento.
—Gracias —dijo.
Pedro hizo un sonido que podría haber sido cualquier cosa. Las acompañó hasta la puerta.
—La lista ya la conoces —le dijo a Elena en el umbral—. No hace falta que te lo repita dos veces.
Cerró la puerta.
Caminaron de vuelta por la calle del muelle en el mismo silencio con que habían venido, aunque
este silencio era de otro tipo. Tenía más dentro.Clara encendió un cigarrillo nuevo. Lo fumó mirando al frente, con esa economía de movimientos que Elena había aprendido a leer como la señal de que algo se estaba procesando en capas, despacio, con el cuidado que merecía.
A mitad de la calle Clara dijo, sin girarse:
—Mi padre tenía tres hijos y la barca y veintiocho años.
No era una justificación. Era una constatación, la misma que había hecho Pedro: que las personas hacen lo que hacen dentro de las condiciones que tienen, y que entender esas condiciones no cancela lo que se hizo pero sí cambia la forma en que se puede cargar con ello.
—El mío tenía su apellido en un acta —dijo Elena—. Y su voz en una escalera.
Clara exhaló el humo.
—Sí —dijo.
Caminaron.
Antes de separarse en la plaza, Clara se detuvo y miró a Elena con esa fijeza calculadora que era su forma habitual de mirar pero que en ese momento tenía algo diferente, una apertura que no había estado en los encuentros anteriores.
—Lo que hagas con la lista —dijo Clara—, cuando la encuentres. Si decides que no puede salir a la luz, dímelo antes de quemarla. Aunque la decisión sea tuya.
—¿Por qué?
—Porque quiero poder despedirme de ella —dijo Clara—. Aunque no pueda quedármela.
Elena la miró durante un momento.
—Te lo diré —dijo.