CAPÍTULO 15 #2
—Tu padre tenía veintiocho años —dijo—. Y tres hijos. Y la barca.
—Lo sé —dijo Clara—. Y también sé que es posible entender por qué alguien hace algo y seguir pensando que estuvo mal. Las dos cosas no se anulan.
Andrés miró el mostrador. Luego miró las estanterías, los lomos de los libros alineados con la pulcritud que Clara mantenía por hábito y por necesidad, la necesidad de que hubiera al menos un espacio en el pueblo donde las cosas estuvieran en el sitio que les correspondía.
—¿Qué vas a hacer con lo que encuentren ellos? —dijo.
—Depende de lo que encuentren —dijo Clara.
—Sabes lo que hay en ese faro.
—Sé lo que hay en ese faro —confirmó Clara—. Pero lo que hay en ese faro es de la abuela de Elena. Y era suyo de antes de que yo naciera. —Una pausa—. Si ella quiere sacarlo a la luz, lo sacará. Si no quiere, no. Yo no voy a quitárselo.
—Pero lo usarías.
—Sí.
Andrés se puso la gorra. Se levantó con el crujido de articulaciones que era el mismo crujido de todos los hombres de este pueblo a partir de cierta edad, el sonido del mar metido en los huesos desde los veinte años.
—Treinta muertos más veintidós desaparecidos —dijo Andrés, en la puerta—. Hace cincuenta años. La mitad del pueblo no había nacido todavía.
—Cincuenta y dos —dijo Clara—. El naufragio fue en el 74.
Andrés la miró un momento desde el umbral. Luego salió. La campanilla sobre la puerta sonó al cerrarse.
Clara escuchó sus pasos alejarse en la plaza. Fue a la cocina pequeña del fondo a calentar el café que se había enfriado y se quedó apoyada en la encimera mientras el cazo se calentaba, mirando por la ventana que daba al callejón estrecho donde nunca pasaba nadie.
Pensó en su padre.
Lo hacía a menudo, con más regularidad desde que murió que antes, que era la paradoja habitual del duelo: que la persona se vuelve más presente una vez que ha dejado de estarlo de la forma normal. Pensaba en él con una mezcla de cosas que no se resolvían en una sola emoción, nunca se habían resuelto, ni siquiera en los últimos días del hospital cuando habría sido el momento, si es que ese momento existía.
Lo que Clara quería de su padre no era una disculpa. Las disculpas eran para los errores pequeños, los que se pueden reparar. Lo que quería era que le hubiera dicho la verdad. No porque la verdad hubiera cambiado nada de lo que ocurrió en el 74, sino porque crecer con un secreto que no era tuyo pero del que eras de alguna manera heredero era una forma de cargar con un peso sin saber que lo llevabas. Y eso tenía un coste que Clara había pagado sin saber durante años, en la forma de no entender por qué ciertas conversaciones en este pueblo tenían ese techo, esa barrera invisible más allá de la cual nadie seguía hablando, y por qué ella siempre chocaba contra ese techo mientras los demás parecían saber de forma instintiva dónde estaba.
La verdad no habría aligerado el peso. Pero habría explicado de dónde venía.
A las dos de la tarde, Elena entró por la puerta de la biblioteca.
Venía sola, sin Lucas, con una expresión diferente a la de la primera vez. La primera vez Elena había entrado con la postura de alguien que está tomando una decisión mientras la ejecuta, esa energía de la acción que todavía no sabe si es la correcta. Esta tarde entró con la postura de alguien que ha tomado la decisión y ahora viene a ver qué consecuencias tiene.
Clara cerró el libro que estaba catalogando.
—Siéntate —dijo.
Elena se sentó al otro lado del mostrador. Llevaba la parka impermeable con el cierre hasta arriba y una mancha de barro en la rodilla derecha de los vaqueros que no parecía reciente sino del día anterior o de antes. Clara registró esos detalles con la automaticidad de siempre.
—Hay algo que tienes que saber sobre el apellido de tu familia en ese acuerdo del 74 —dijo Clara, sin preámbulo.
Elena no se sorprendió de la forma que Clara esperaba. Se sorprendió de otra manera, con una sorpresa que era más reconocimiento que descubrimiento, como si hubiera llegado a ese punto desde un camino diferente pero al mismo destino.
—El abuelo —dijo Elena.
—Sí.
—No lo conocí. Murió antes de que yo naciera.
—Lo sé. —Clara apoyó los codos en el mostrador—. Pero su firma está en el acta. Los tres apellidos que gobernaban la cofradía en el 74. Romero, Aguirre y Vidal.
Elena absorbió eso. Clara la observó absorberlo: el movimiento interno que no producía expresión visible pero que se leía en la quietud de las manos sobre el mostrador, en la ligera modificación del ritmo de la respiración.
—La abuela no lo sabía —dijo Elena. No era una pregunta.
—No puedo saberlo —dijo Clara—. Pero hay cosas en el diario que dices que encontraste que podrían indicar una dirección. —Una pausa—. ¿Puedo leerlo?
Era la primera vez que Clara pedía algo directamente. Había estado tres años bordeando esa pregunta desde distintos ángulos, construyendo el archivo, ordenando los documentos, esperando que la historia llegara sola al punto donde la pregunta fuera posible.
Elena la miró.
—Hay cosas en ese diario que no son tuyas —dijo.
—Lo sé.
—Son de Lucas.
—También lo sé. —Clara sostuvo la mirada de Elena sin defensiva—. No quiero las partes de Lucas. Quiero las partes del Esperanza. Si hay algo en el diario que nombra a los que sabían lo del sabotaje, esa información pertenece a los muertos y a sus familias antes que a nadie. Eso incluye a mi padre, aunque mi padre no fuera exactamente inocente.
Elena no respondió de inmediato. Pensó, con esa forma que tenía de pensar que era visible en la quietud, en la mirada que se volvía ligeramente interior antes de volver al foco.
—Encontramos algo más anoche —dijo—. En la pared sur del desván. Detrás del tablero de mapas.
—¿Qué?
—Un documento de adopción. —Elena hizo una pausa—. Lucas no es hijo biológico de la abuela. Manuel lo adoptó cuando tenía semanas de vida. El bebé que nació en el faro no sobrevivió.
Clara recibió esa información con la quietud de quien tiene suficiente práctica en recibir información que cambia el mapa de lo conocido.
—¿Lo sabe él?
—Sí.
—¿Cómo está?
Era una pregunta que Clara no esperaba hacerse. Salió sola, del mismo lugar que salían las preguntas que no se planean, del lugar donde la información recibida produce una respuesta humana antes de que el filtro habitual pueda interceptarla.
Elena la miró con una expresión que Clara no supo clasificar del todo, una mezcla de cosas que tenían que ver con Lucas y con algo más, con algo entre Elena y Lucas que Clara había estado observando desde la primera noche en el acantilado y que esa tarde, en la cara de Elena, tenía una forma diferente a los días anteriores. Menos tensión. O tensión de otro tipo.
—Está bien —dijo Elena—. Está procesando.
—Claro —dijo Clara.
Hubo un silencio que no era incómodo.
—Hay algo más que tienes que saber —dijo Elena—. La nota de Manuel. La que encontramos en el sobre del desván. —Hizo una pausa—. Manuel presenció el sabotaje. No participó en él, pero lo vio. Por eso tenía la lista de pasaje. Por eso la abuela lo protegió.
Clara cerró los ojos durante un segundo. Solo un segundo.
Cuando los abrió, había en su cara algo que no solía estar: no el control habitual, sino lo que había debajo del control cuando se bajaba la guardia el tiempo suficiente para que se viera. Alivio, quizás. O el primer movimiento del alivio, que es cuando la pregunta que llevas años haciendo empieza a tener una respuesta aunque la respuesta sea complicada y aunque no sea la que querías.
Su padre había sabido lo del sabotaje. Lo había sabido y no había subido al barco y no había dicho nada durante cincuenta años. Eso era cierto y seguiría siendo cierto y Clara no iba a poder cambiar esa verdad por ninguna versión más cómoda de ella.
Pero Manuel, que sí lo había visto, que había tenido la prueba en la mano, había elegido guardarla en lugar de usarla. Y la abuela de Elena, cuyo apellido aparecía en el acta junto a los otros dos, había elegido proteger a ese hombre en lugar de entregarlo. Y esas dos elecciones juntas habían mantenido en equilibrio durante cincuenta años algo que de otra manera habría destruido al pueblo entero o habría dejado a los muertos sin ningún tipo de reconocimiento posible.
No era justicia. Pero era algo.
—¿Dónde está la lista? —dijo Clara.
—La abuela la guardó en algún sitio —dijo Elena—. No la hemos encontrado todavía. —Una pausa—. Pero Pedro Aguirre sabe dónde está.
Clara miró el mostrador.
Pedro. El técnico del faro. El hombre que había firmado el informe diciendo que la avería no tenía causa determinada. El hombre que cerraba la tienda el veintitrés de noviembre desde hacía cincuenta años y no salía de casa.
—¿Vas a hablar con él? —dijo Clara.
—Sí —dijo Elena—. Esta tarde.
Clara asintió. Luego dijo:
—Llévame.
Elena la miró.
—No como parte de la investigación —dijo Clara, antes de que Elena pudiera responder—. No con el
archivo. Sin papeles, sin preguntas sobre el acta. Solo para que me vea. Para que sepa que la hija de
Mateo Romero no viene a pedirle cuentas de lo que firmó el invierno del 74. Vine dos
veces sola y no abrió la puerta. Pero si voy contigo, abrirá. Porque tú eres la nieta de la mujer que
lo protegió cuando el pueblo lo amenazó, y eso en Mariposa Bay vale más que cualquier otra cosa que yo
pudiera llevar.
Elena la estudió durante un momento.
Luego se puso de pie, recogió la parka.
—A las cinco —dijo.
Clara tomó su chaqueta roja del respaldo de la silla.
—A las cinco —dijo.