Ecos del faro CAPÍTULO 7 #2
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CAPÍTULO 7 #2

Era un jadeo. Respiración humana, pesada, moviéndose a través de los matorrales de tojo con la torpeza de quien no conoce el terreno. Elena notó cómo los dedos de Lucas en su antebrazo se tensaban levemente. Ella misma retuvo el aire, sintiendo cómo el frío de la roca mojada le subía por las rodillas hasta el estómago.

En el siguiente destello del faro, durante la fracción de segundo en que el rayo de luz cortó la niebla en el ángulo correcto, Elena vio una masa en la oscuridad. Una silueta alta, de espaldas a ellos, moviéndose ladera abajo entre los helechos con la urgencia de quien ha oído algo que no esperaba oír.

El mar soltó una ola contra el acantilado, un impacto que borró todos los demás sonidos durante tres segundos. Cuando el eco se disolvió, los matorrales estaban quietos.

Lucas tardó un minuto entero en soltarle el brazo.

—Sabe adónde vamos —dijo. Su voz llegó en un hilo áspero que el viento deshilachó.

Elena se puso de pie, limpiándose el barro de las rodillas. Miró hacia abajo, hacia el puerto. La única farola del muelle de carga parpadeaba bajo la lluvia con una luz mortecina y anaranjada. Bajo esa luz, dos figuras.

Una chaqueta roja. Clara, con los brazos cruzados y la cabeza levantada, mirando hacia la línea del acantilado con una precisión que la oscuridad y la distancia no debían de permitir pero que parecía real.

Y junto a ella, un hombre mayor. La gorra de marino. Las manos en los bolsillos del abrigo oscuro.

Pedro.

Elena parpadeó, apartándose el agua de las pestañas. Cuando volvió a mirar, la farola seguía parpadeando. Las dos figuras seguían allí.

—Tenemos que subir —dijo Elena.

Su voz no temblaba. Era una certeza física, no una decisión.

Lucas encendió la linterna y abrió paso hacia la cima.

El faro, de cerca y de noche, era una cosa distinta a como Elena lo recordaba.

De día y desde abajo era familiar, casi doméstico en su blancura, parte del paisaje como los acantilados y las gaviotas. De noche y desde arriba, con la tormenta golpeando la piedra y el rayo de la linterna girando sobre sus cabezas, era otra cosa. Era el tipo de estructura que existe para dar orientación y que sin embargo, en este momento, en este ángulo, parecía desorientar. Como una palabra que se repite hasta perder el significado.

La puerta de madera verde estaba entornada.

Lucas la empujó con la mano abierta, con cuidado. El interior olía a óxido y a humedad estancada y, por debajo de esas dos cosas, a algo más antiguo que Elena no supo clasificar. A tiempo cerrado, quizás. A décadas de mar filtradas a través de la piedra.

La escalera de hierro ascendía en espiral, cada peldaño soltando un sonido metálico y resonante que subía por la torre y se perdía arriba como un eco robado. Elena iba delante ahora. El haz de su linterna barría los muros de piedra sillar, las costras de moho verde y los filamentos de salitre que brillaban bajo la luz como sudor mineral.

Contó los peldaños. Cuarenta y uno hasta la cámara de la linterna.

La estancia era circular, de techo bajo, con un polvo grisáceo tan denso que amortiguaba los pasos. En el centro, un escritorio de teca con el tablero hendido por cicatrices viejas. En el rincón, los restos de una lámpara de queroseno rota. Las vigas del techo con sus capas de óxido y de años.

La linterna de Elena se detuvo.

Bajo el escritorio. Una de las tarimas de madera de pino, levantada apenas unos milímetros, con la holgura irregular de algo que no había vuelto a encajar del todo en su sitio.

Elena se arrodilló sin mirar la ropa. Lucas se agachó a su lado. Juntos tiraron de la tarima.

La madera cedió con un gemido largo y seco que llenó la cámara entera, un sonido que parecía demasiado grande para el espacio, y liberó una bocanada de aire que picaba en los ojos y dejaba un regusto a ceniza en la lengua. En el hueco, entre las viguetas, una caja de chapa galvanizada con un candado de latón tan corroído que Lucas lo rompió a la tercera presión, con un crujido limpio de herrumbre vencida.

Dentro, envuelto en una bayeta grasienta que se deshacía entre los dedos: un cuaderno de tapas de hule negro y un fajo de cartas atadas con un cordel de cáñamo que se deshilachaba al contacto.

Elena tomó el cuaderno.

Sus dedos estaban entumecidos por el frío del suelo, y al pasar las páginas la torpeza amenazaba con rasgar el papel, quebradizo como las hojas de otoño después de la helada. Reconoció la caligrafía de la abuela en cada línea, apretada y violenta, con los renglones torciéndose levemente hacia abajo en los momentos de más urgencia.

Encontró la página marcada con el pliegue de una esquina.

—Lee —dijo, orientando la linterna hacia el centro de la hoja.

La voz de Lucas, junto a su oído, empezó a arrastrar las sílabas con una lentitud que no era vacilación sino la cadencia de quien necesita que cada palabra se asiente antes de continuar:

—Él era mi mundo, pero este pueblo tiene las paredes estrechas y los ojos afilados. Nos encontrábamos aquí arriba, donde el viento limpia las miradas que cortan como cuchillos en las esquinas del puerto. Cuando la certeza del vientre fue innegable, él ya no estaba. Lo ahuyentaron las advertencias nocturnas, las piedras contra los cristales y las amenazas que no supe detener. Tuve que parir a solas con el mar, entregando lo que más quería a la misma corriente que se lo llevó a él.

Elena interrumpió la lectura.

El silencio que se instaló en la cámara de la linterna era físico, como si el aire hubiera adquirido peso. El faro seguía girando encima de ellos, proyectando su pulso sobre el mar exterior cada cinco segundos, ajeno a todo.

Elena miró a Lucas.

Él tenía una de las cartas sueltas entre los dedos. No la estaba leyendo. La miraba. O más exactamente: miraba el nombre en el encabezamiento y la fecha y la firma, y los ojos se le habían quedado quietos sobre esas tres cosas con la fijeza de quien no puede leer más porque ya no necesita leer más.

La línea de su mandíbula se tensó. Los músculos bajo la piel de las mejillas formaron dos nudos rígidos que Elena nunca le había visto.

—¿Lucas? —Su propia voz le llegó desde lejos—. ¿Qué pone ahí?

Él levantó la vista despacio.

Sus ojos oscuros, sin brillo en la penumbra, encontraron los de Elena con una fijeza que la obligó a enderezar la espalda. Cuando habló, las palabras salieron sin entonación, planas y limpias como algo que se extrae de un lugar muy profundo:

—El niño no murió, Elena. Manuel se lo llevó antes de que el pueblo decidiera qué hacer con él. Lo crió en la cala norte, fingiendo que la madre había desaparecido en el agua durante el temporal de invierno.

Una pausa.

El faro giró.

—Ese niño soy yo.

El cuaderno de hule negro resbaló de las manos de Elena.

El golpe contra las tarimas fue seco, breve, y sonó a sentencia.