CAPÍTULO 42 La frecuencia del silencio
Marta no apagó nada.
No porque no pudiera. No porque no quisiera.
Sino porque entendió, en ese preciso instante, mientras miraba a Elena sangrando en el suelo de su apartamento, mientras escuchaba la grabadora parpadear, mientras sentía el bulto detrás de su oreja pulsar con los cuarenta y dos hercios, que apagar no era la respuesta.
Apagar era lo que habían hecho todos. Su padre, al morir. Roldán, al mentir. Elías, al desaparecer. Elena, al huir. Apagar era dejar de escuchar. Apagar era dejar de ser.
Y Marta, por primera vez en treinta y seis días, no quería dejar de ser.
—Levántate —dijo Marta.
Elena no se movió. La sangre seguía goteando, formando un charco que se extendía hacia los pies de Marta. La grabadora digital seguía parpadeando en su mano, la luz roja constante, paciente.
—No puedo —susurró Elena—. Me dispararon. En Ostrava. Cuando intenté escapar.
Marta se agachó. Le tocó el hombro. La tela estaba empapada, caliente, pegajosa. La herida era profunda, pero no mortal. Todavía.
—¿Quién?
Elena cerró los ojos. Cuando los abrió, había lágrimas en ellos. Lágrimas que brillaban en la penumbra como cuentas de vidrio.
—Roldán —articuló—. Roldán no es quien tú crees que es. Roldán no es la inspectora. Roldán no es la hija de Carmen. Roldán es... Roldán es la red.
Marta sintió que el suelo se hundía bajo sus pies. No por miedo. Por reconocimiento. Por la horrible, fría claridad de conectar los puntos que no quería conectar.
—¿Qué quieres decir?
Elena no respondió de inmediato. Se llevó la mano al bolsillo de la chaqueta. Sacó algo. Un dispositivo metálico. Pequeño. Con un cable y un conector.
Idéntico al que Salgado había dejado caer en la nave desalinizadora.
—Roldán no es una persona —dijo Elena finalmente—. Roldán es un nodo. El nodo raíz. El que coordina a todos los demás. El que... el que te creó.
Marta cerró los ojos.
—No.
—Sí. —Elena se incorporó un poco, apoyando la espalda contra la pared.
La sangre seguía goteando, formando un charco que se extendía hacia los pies de Marta—.
Roldán no es tu inspectora. Roldán no es tu cuidadora.
Roldán es tu madre. Tu madre biológica. La que te implantó el dispositivo.
La que te borró la memoria. La que... la que te convirtió en lo que eres.
Marta abrió los ojos.
—¿Y mi padre?
Elena no respondió de inmediato. Miró el dispositivo. Miró a Marta. Miró la ventana, donde la luz de la tarde se filtraba por la rendija, proyectando una franja pálida sobre el suelo.
—Tu padre murió —susurró—. En la inundación.
Intentando sacarte. Intentando liberarte.
Y Roldán... Roldán no pudo soportarlo. No pudo soportar la culpa.
Y entonces... entonces te reconstruyó. A partir de tus células.
A partir de tu ADN. A partir de tu frecuencia.
Y te convirtió en lo que eres. En un eco. En un reflejo. En una copia.
Marta retrocedió un paso. Luego otro. Su espalda chocó contra la mesa del salón. La grabadora digital que tenía en la mano siguió parpadeando. La luz roja, constante, paciente.
—No.
—Sí. —Elena se llevó la mano al bolsillo de la chaqueta. Sacó algo. Un sobre. Blanco. Sin remitente. Con su nombre escrito a mano.
MARTA.
Idéntico al que Roldán le había dado en la casa de Ostrava. Idéntico al que Elena le había dejado en la nave desalinizadora. Idéntico a todos los sobres que habían aparecido durante toda la noche.
—Esto te lo dio Roldán —dijo Elena—. La noche que te fuiste. Antes de que te disparara. Antes de que intentara matarte. Antes de que...
Se calló.
Marta escuchó el cambio en su respiración. En la forma en que las palabras se le habían atascado en la garganta.
—¿Antes de que qué, Elena?
Elena cerró los ojos.
—Antes de que te dijera la verdad —murmuró—. Antes de que te dijera que tú no eres Marta. Que tú eres... que tú eres ella. Que tú eres Roldán. Que tú eres la red.
Marta sintió que el corazón le subía a la garganta.
—No.
—Sí. —Elena abrió los ojos. En ellos, Marta vio algo que no había visto antes. Algo que no era miedo. No era amor. No era culpa.
Era verdad.
—Tú no eres la hija —musitó—. Tú eres la madre.
Tú no eres el sujeto. Tú eres la arquitecta.
Tú no eres la víctima. Tú eres... tú eres la que diseñó el protocolo.
La que implantó los dispositivos. La que creó la red.
La que... la que se borró la memoria para no tener que vivir con lo que había hecho.
Marta cerró los ojos. En la oscuridad, escuchó algo. No venía de Elena. No venía de la grabadora. No venía del apartamento. No venía de la calle.
Venía de dentro de su propia cabeza.
Una voz. Su voz. Pero no la suya de ahora. La suya de siempre. La suya de adulta. La suya de Roldán. Susurrando.
—Ya es hora, Marta. Por fin has vuelto a ser.
Marta abrió los ojos.
Miró a Elena.
Elena la miraba. En sus ojos, Marta vio algo que no había visto antes. Algo que no era verdad. No era miedo. No era amor.
Era compasión.
—¿Lo entiendes ahora? —suspiró Elena.
Marta no respondió. No porque no quisiera. Sino porque la verdad, la verdad que acababa de escuchar, la verdad que la grabación acababa de revelar, era demasiado grande. Demasiado horrible. Demasiado...
Demasiado real.
Porque Marta, ingeniera acústica, perito forense, mujer que había pasado treinta y dos años aprendiendo a escuchar lo que otros ignoraban, entendió, por fin, que no era Marta.
Que era Roldán. Que era la red. Que era la arquitecta. Y que la única forma de apagar la red...
Era apagarse a sí misma.
Marta se acercó a Elena. Se agachó. Le tocó la mejilla. Los dedos le temblaban.
—¿Cómo se hace? —susurró.
Elena no respondió de inmediato. Miró el dispositivo en su mano. Miró a Marta. Miró la ventana.
—Con esto —musitó—. Con el conector. Conectado a tu implante. Con el código de apagado. Y entonces... entonces la red se apaga. Y tú... tú te apagas con ella.
Marta cerró los ojos.
—¿Y tú?
Elena sonrió. Una sonrisa triste, rota, que le llegó a los ojos.
—Yo también —farfulló—. Porque yo también soy un nodo. Porque yo también soy parte de la red. Porque yo también... yo también soy tú.
Marta abrió los ojos.
Miró el dispositivo. Miró a Elena. Miró la sangre en el suelo. Miró la ventana. Miró la puerta cerrada. Y escuchó.
No a Elena. No a la red. No a la voz.
Se escuchó a sí misma.
El latido de su carótida, a sesenta por minuto. Regular. Calmado. El roce de la tela de su chaqueta contra su piel. El goteo de la sangre de Elena en el suelo, un tap-tap-tap irregular que su cerebro registró como una frecuencia de dos hercios, casi imperceptible.
Pero el implante. El bulto detrás de su oreja. Que seguía ahí. Que seguía escuchando. Que seguía transmitiendo. Que seguía esperando.
Marta cogió el dispositivo. Se acercó al espejo del recibidor. Se miró. El reflejo la miró de vuelta. Una mujer de treinta y dos años. Con el pelo corto. Con las ojeras oscuras. Con la cicatriz en la palma izquierda.
Con el bulto detrás de la oreja.
Marta se llevó la mano al bulto. Presionó. El bulto cedió ligeramente, como si fuera de goma, como si fuera un botón.
Pero entonces, en el reflejo, vio algo. No era ella.
Era Roldán.
La Roldán de siempre. La de cincuenta y tantos años. La del pelo corto y canoso. La de la cicatriz en la barbilla. La del uniforme de la Guardia Civil.
La Roldán que la miraba desde el espejo.
Y sonreía.
—Hola, hija —dijo Roldán—. Por fin has vuelto a casa.
Marta cerró los ojos.
Conectó el dispositivo. Apretó el botón. La red se apagó. Pero Marta se apagó con ella. Y en el silencio, en el silencio verdadero, en el silencio donde el sonido muere...
Marta por fin dejó de ser.