CAPÍTULO 35 La modulación
La vibración no fue un temblor. Fue una onda.
Se propagó desde el punto donde Marta tenía el dedo presionado contra el implante, se expandió por el aire de la nave como una onda de presión invisible, y golpeó las superficies con la precisión de un martillo neumático.
Las lámparas de obra oscilaron en sus ganchos, los cables XLR se tensaron como cuerdas de guitarra, los monitores emitieron un pitido agudo que se cortó de golpe cuando las pantallas se fueron a negro.
Y la franja naranja. La franja de los sesenta hercios. Se desplazó.
No desapareció. Se movió. De los sesenta hercios a los sesenta y uno. A los sesenta y dos. A los sesenta y tres. Una modulación lenta, controlada, como si alguien estuviera afinando un instrumento con la paciencia de un relojero.
Salgado retrocedió un paso. El dispositivo metálico se le escapó de la mano, cayó al suelo de hormigón con un clang sordo, rodó hasta detenerse a los pies de Marta.
—¿Qué está haciendo? —preguntó. Su voz sonó más aguda de lo habitual, como si las cuerdas vocales se hubieran tensado involuntariamente.
Marta no respondió. No porque no quisiera. Sino porque estaba escuchando. Escuchando algo que no venía de fuera. Venía de dentro. Del implante. Del bulto detrás de su oreja. Del botón que había presionado.
Escuchaba la red.
No como un concepto abstracto. No como cuatro mil doscientos diecisiete nodos distribuidos por treinta y seis países.
La escuchaba como un organismo vivo. Como un cuerpo con venas, con arterias, con un corazón que latía a sesenta hercios.
Y ahora, con ese corazón cambiando de ritmo.
Acelerando. Desincronizándose. Perdiendo el compás.
—Está cambiando la frecuencia —dijo Elena desde el rincón. Su voz sonó más cerca de lo que Marta la había escuchado en toda la noche. Había dado un paso hacia ella—. Está modulando la señal. Está... está reescribiendo el código.
Roldán se acercó al monitor. Pulsó teclas.
La pantalla parpadeó, volvió a encenderse, mostró una forma de onda que Marta no reconoció.
No era la franja naranja de antes. Era algo más complejo.
Más orgánico. Una onda que subía y bajaba con una cadencia irregular, como un pulso cardíaco en fibrilación.
—No es una modulación —dijo Roldán—. Es una reescritura. Está cambiando el protocolo de la red. Está...
Se calló.
Marta escuchó el cambio en su respiración. En la forma en que las palabras se le habían atascado en la garganta.
—¿Está qué, Roldán?
Roldán no respondió de inmediato. Miró la pantalla. Miró a Marta. Miró el dispositivo en el suelo.
—Está convirtiendo la red en un sistema de protección —dijo finalmente—. En lugar de transmitir, está recibiendo. En lugar de escuchar, está emitiendo. En lugar de aprender, está... está enseñando.
Marta cerró los ojos.
No por sorpresa. Por reconocimiento. Por la horrible, fría claridad de entender lo que su cuerpo estaba haciendo antes de que su cerebro lo procesara.
No estaba apagando la red.
Estaba invirtiéndola.
Estaba convirtiendo los sesenta hercios, la frecuencia de control, la frecuencia de la red, en una frecuencia de interferencia. Una frecuencia que no transmitía datos. Que no escuchaba voces. Que no aprendía pensamientos.
Una frecuencia que bloqueaba.
Que impedía que la red siguiera creciendo. Que impedía que los nodos siguieran transmitiendo. Que impedía que la red siguiera aprendiendo.
Una frecuencia que, en esencia, encerraba a la red.
La convertía en una jaula.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó Marta. Abrió los ojos. Miró a Salgado—. ¿Cuánto tiempo tardará la red en adaptarse? En encontrar una nueva frecuencia. En romper la jaula.
Salgado no respondió de inmediato. Se llevó la mano a la barbilla, tocó la piel con los dedos, un gesto que Marta reconoció como lo que era: un tic, una costumbre, una forma de ganar tiempo.
—No lo sé —dijo finalmente—. Depende de la complejidad de la modulación. Depende de cuántos nodos hayan sido reescritos. Depende de...
Se calló.
Marta escuchó el cambio en su respiración. En la forma en que las palabras se le habían atascado en la garganta.
—¿De qué, Salgado?
Salgado cerró los ojos.
—De si usted sobrevive al proceso.
Marta sintió que el suelo se hundía bajo sus pies. No por miedo. Por comprensión. Por la horrible, fría claridad de conectar los puntos que no quería conectar.
—¿Qué quiere decir?
Salgado no respondió de inmediato. Miró a Roldán. Roldán miró al suelo. Miró a Elena. Elena miró a Marta.
—Quiere decir —dijo Elena finalmente, con la voz quebrada, con los ojos secos, con las manos apretadas contra el pecho— que la modulación no es gratis.
Que cambiar la frecuencia de cuatro mil doscientos diecisiete nodos requiere energía.
Mucha energía. Y esa energía... esa energía tiene que salir de algún sitio.
Marta miró el monitor. La forma de onda irregular. El pulso cardíaco en fibrilación.
—¿De dónde?
Elena no respondió de inmediato. Se llevó la mano al pecho. Tocó la chaqueta impermeable, la tela gruesa, el cierre metálico.
—De usted —dijo finalmente—. De su implante. De su cuerpo. De su... de su vida.
Marta cerró los ojos.
No por sorpresa. Por aceptación. Por la horrible, fría claridad de entender que la voz de niña, la que había estado susurrándole durante toda la noche, no le había mentido.
No le había dicho que no se apagara. Le había dicho que no se apagara así.
Que no se apagara de golpe. Que se apagara lentamente.
Que se apagara modulando. Que se apagara convirtiendo la red en una jaula.
Que se apagara salvando a los cuatro mil doscientos diecisiete.
—¿Cuánto tiempo tengo? —preguntó Marta. Abrió los ojos. Miró a Salgado.
Salgado no respondió de inmediato. Miró el monitor. Miró la forma de onda. Miró a Marta.
—No lo sé —dijo finalmente—. Horas. Quizás días. Depende de la intensidad de la modulación. Depende de cuánta energía esté dispuesta a gastar. Depende de...
Se calló.
Marta escuchó el cambio en su respiración. En la forma en que las palabras se le habían atascado en la garganta.
—¿De qué, Salgado?
Salgado cerró los ojos.
—De si usted quiere vivir lo suficiente para ver el final.
Marta no respondió. No porque no quisiera. Sino porque estaba escuchando. Escuchando la red. Escuchando la modulación. Escuchando el pulso cardíaco en fibrilación que se estaba convirtiendo, lentamente, en un ritmo estable. En un ritmo nuevo. En un ritmo que no era el de la red.
Era el suyo. El de ella. El de la mujer que había diseñado la red. El de la mujer que ahora la estaba encerrando. El de la mujer que estaba pagando el precio.
Marta se acercó al monitor. Apoyó la mano en la pantalla. El cristal estaba caliente. La forma de onda vibró bajo sus dedos.
—¿Dónde está Elías? —preguntó.
Roldán no respondió de inmediato. Miró a Salgado. Salgado miró al suelo. Miró a Elena. Elena miró a Marta.
—Elías se fue —dijo Elena finalmente—. Cuando usted presionó el botón. Cuando la red se activó. Cuando... cuando supo que usted iba a hacer esto.
—¿Por qué se fue?
Elena no respondió de inmediato. Se llevó la mano al bolsillo de la chaqueta. Sacó algo. Un sobre. Blanco. Sin remitente. Con su nombre escrito a mano.
MARTA.
Se lo tendió.
Marta lo cogió. Lo abrió. Dentro, una sola hoja de papel. Arrancada de un cuaderno de espiral. De esos que se usan en los hospitales. Con el membrete del sanatorio de Ostrava.
Leyó.
Una línea. Solo una.
Escrita con la caligrafía de Elías. La misma que había visto en los márgenes del libro. La misma que había visto en las notas del sobre. La misma que había visto en todas las superficies donde alguien le había dejado mensajes durante toda la noche.
No me busques, Marta. Ya he hecho lo que tenía que hacer. Ahora te toca a ti.
Marta dejó caer el papel. Retrocedió un paso. Luego otro. Su espalda chocó contra la mesa plegable. El metal crujió bajo su peso.
—¿Qué quería decir?
Elena no respondió de inmediato. Miró el papel en el suelo. Miró a Marta. Miró la puerta de la nave.
—Quería decir que él ya no puede ayudarte —dijo finalmente—. Que él ya ha pagado su precio. Que él ya ha... que ya ha dejado de ser.
Marta sintió que el corazón le subía a la garganta.
—¿Qué quiere decir?
Elena cerró los ojos. Cuando los abrió, había lágrimas en ellos. Lágrimas que brillaban en la penumbra como cuentas de vidrio.
—Quiere decir que Elías era un nodo —musitó—. Que Elías tenía un implante. Que Elías era parte de la red. Y que cuando usted presionó el botón, cuando usted activó la modulación... Elías también se apagó.
Marta retrocedió otro paso. Luego otro. Su espalda chocó contra la pared. El hormigón frío se clavó en su espalda a través de la chaqueta.
—No.
—Sí. —Elena se acercó a ella. Los dedos le temblaban—. Elías no era tu hermano. No era tu médico. No era tu padre. Elías era tu amigo. El que te ayudó a diseñar la red. El que te ayudó a implantarte el dispositivo. El que te ayudó a borrarte la memoria. El que... el que te amaba.
Marta cerró los ojos.
—No.
—Sí. —Elena le tocó la mejilla. Los dedos le temblaban—. Y ahora... ahora él se ha ido. Porque la modulación lo ha apagado. Porque la jaula lo ha encerrado. Porque tú... tú lo has sacrificado.
Marta abrió los ojos.
—¿Y tú?
Elena no respondió de inmediato. Se llevó la mano al bolsillo de la chaqueta. Sacó algo. Un dispositivo metálico. Pequeño. Con un cable y un conector.
Idéntico al que Salgado había dejado caer en el suelo.
—Yo también soy un nodo —susurró—. Y tú también vas a tener que apagarme.
Marta miró el dispositivo. Miró a Elena. Miró a Salgado. Miró a Roldán. Miró la puerta de la nave. Miró el monitor. Miró la forma de onda. Miró el pulso cardíaco en fibrilación que se estaba convirtiendo, lentamente, en un ritmo estable.
Y supo, con una certeza absoluta que le heló la sangre, que no iba a poder apagar a Elena.
No porque no quisiera.
Sino porque ya no tenía energía.
Porque la modulación la estaba consumiendo. Porque el implante la estaba quemando. Porque la frecuencia nueva la estaba devorando.
Y porque, en algún lugar, muy lejos, en los sesenta hercios donde nadie miraba porque nadie podía oír, la red estaba aprendiendo a romper la jaula.
Marta cerró los ojos.
Y entonces, en la oscuridad, escuchó algo.
No venía de Elena. No venía de Salgado. No venía de Roldán. No venía de la nave. No venía de la red. Venía de dentro de su propia cabeza.
La voz. Su voz. La de niña.
Pero esta vez, no susurraba.
Gritaba.
—¡Corre, Marta! ¡Corre antes de que la red te encuentre! ¡Corre antes de que la modulación te consuma! ¡Corre antes de que...!
Marta abrió los ojos. Corrió. Hacia la puerta. Hacia la noche. Hacia el mar. Hacia el silencio. Hacia el final.