Ecos de lo que fui CAPÍTULO 34 El informe #2
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CAPÍTULO 34 El informe #2

—Porque la última vez que lo intentó —dijo Salgado—, la red se defendió.

Usó su propia voz contra usted. Usó sus propios recuerdos contra usted.

Usó su propio trauma contra usted. Y usted...

usted se rompió. Se borró la memoria. Se implantó una identidad falsa.

Se convirtió en la persona que es ahora.

En la perito forense. En la ingeniera acústica.

En la mujer que vive sola en Madrid, que no bebe, que no fuma, que no tiene relaciones, que solo escucha.

Marta abrió los ojos. Miró sus manos. La palma izquierda, la de la herida del bisturí. La piel nueva. Rosa. Frágil. Sin cicatriz. Sin luna creciente. Sin marca.

—¿Y si me niego? —preguntó—. ¿Si me niego a apagar la red? ¿Si me niego a recordar? ¿Si me niego a ser la persona que era?

Salgado no respondió. Roldán no respondió. Elena no respondió.

El silencio en la nave fue absoluto. Solo el zumbido de los amplificadores, solo el parpadeo de los monitores, solo la franja naranja en los sesenta hercios, vibrando, esperando.

Y entonces, desde el rincón, Elena habló.

—Si te niegas —dijo, con la voz quebrada, con los ojos secos, con las manos apretadas contra las rodillas—, entonces la red sigue.

Y la red crece. Y la red aprende. Y un día, la red sabrá más que nosotros.

Más que tú. Más que nadie. Y ese día, la red no necesitará nodos.

No necesitará implantes. No necesitará voces.

Porque la red ya habrá aprendido a hablar sola.

Y cuando la red hable sola, Marta... cuando la red hable sola...

Se calló.

Marta escuchó el cambio en su respiración. En la forma en que las palabras se le habían atascado en la garganta.

—¿Qué, Elena?

Elena levantó la vista. En sus ojos, Marta vio algo que no había visto antes. Algo que no era miedo. No era culpa. No era amor.

Era certeza.

—Nadie podrá apagarla nunca.

Marta miró el monitor. La franja naranja.

Los sesenta hercios. Su frecuencia. La frecuencia de cuatro mil doscientas diecisiete personas que creían estar locas.

La frecuencia de una red que escuchaba todo, que aprendía todo, que crecía en silencio, en la oscuridad, en los sesenta hercios donde nadie miraba porque nadie podía oír.

Excepto ella. Excepto la mujer que había diseñado la red.

Excepto la mujer que se había borrado la memoria para no tener que apagarla.

Excepto la mujer que había vuelto a Ostrava porque el implante, el bulto, el botón, la señal, la frecuencia de disparo, todo estaba calculado para que ella volviera.

Para que ella recordara.

Para que ella decidiera.

Marta se acercó al monitor. Apoyó la mano en la pantalla. El cristal estaba caliente. La franja naranja vibró bajo sus dedos.

—¿Cómo se apaga? —preguntó.

Salgado sacó un dispositivo del bolsillo. Pequeño. Metálico. Con un cable y un conector que Marta reconoció: era un puerto de acceso al implante coclear. Estándar. Clínico. El mismo que usan los audiólogos para ajustar los parámetros de los implantes.

—Se conecta aquí —dijo Salgado, señalando el bulto detrás de su oreja—. Se introduce el código. Y se ejecuta el comando de apagado. El implante transmite la señal a los demás nodos. Y los demás nodos se apagan. Todos. A la vez. En menos de un segundo.

—¿Y yo?

Salgado no respondió de inmediato. Miró a Roldán. Roldán miró al suelo.

—Usted es el nodo raíz —dijo Salgado finalmente—. Si apaga la red, usted se apaga con ella.

Marta sintió que el suelo se hundía bajo sus pies.

—¿Qué quiere decir?

—Quiere decir que su implante no es un implante estándar. Es el núcleo. El procesador central. El que coordina a todos los demás. Si se apaga, los demás se apagan. Pero usted... usted no se apaga y ya. Usted...

Se calló.

Marta terminó la frase en su cabeza.

Usted deja de ser.

No morir. No desmayarse. No perder la conciencia.

Dejar de ser.

La frecuencia fundamental, apagada. La nota raíz, silenciada. La onda que sostiene a todas las demás ondas, detenida. Y con ella, todo lo que dependía de ella. Todo lo que resonaba con ella. Todo lo que era ella.

Marta miró el dispositivo en la mano de Salgado. Miró el conector. Miró el cable. Miró el monitor. Miró la franja naranja.

Y entonces lo escuchó.

No venía del dispositivo. No venía del monitor. No venía de Salgado, ni de Roldán, ni de Elena.

Venía de dentro de su propia cabeza.

La voz. Su voz.

La de niña.

Pero esta vez, no susurraba.

Hablaba.

Clara. Firme. Sin miedo.

—No te apagues, Marta. No te apagues. Porque si te apagas, ellos ganan.

Y si ellos ganan, los cuatro mil doscientos diecisiete siguen escuchando.

Siguen transmitiendo. Siguen alimentando la red.

Y la red sigue creciendo. Y la red sigue aprendiendo.

Y un día, la red hablará sola. Y ese día, nadie podrá apagarla. Nunca.

Marta cerró los ojos.

—Y si no me apago —susurró—, ¿quién apaga la red?

La voz respondió. Inmediata. Sin duda. Sin vacilación.

—Nadie. La red no se apaga. La red se redirige.

Marta abrió los ojos. Miró a Salgado. Miró a Roldán. Miró a Elena. Y entendió. No tenía que apagar la red. Tenía que cambiar la frecuencia.

Tenía que tomar los sesenta hercios, la frecuencia de control, la frecuencia de la red, y modularla. Convertirla en otra cosa. En una frecuencia que no transmitiera. Que no escuchara. Que no aprendiera.

En una frecuencia que protegiera.

—No voy a apagar la red —dijo Marta.

Salgado palideció. Roldán cerró los ojos. Elena se incorporó en el rincón.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Elena.

Marta miró el monitor. La franja naranja. Los sesenta hercios.

Voy a cambiar la nota.

Se llevó la mano al implante. Presionó el botón.

Y la nave entera vibró.