Eclipse Eterno Epílogo
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Epílogo

Frente al muelle.

Cael estaba apoyado contra un poste de madera en el viejo muelle, contemplando las olas. Vestía una chaqueta nueva, sin insignias militares, y aunque la cicatriz de la última batalla marcaba su rostro, sus ojos grises se veían, por primera vez, en paz.

Escuchó mis pasos y se volvió, esbozando esa media sonrisa ladina que ya no ocultaba ningún veneno.

—Te sentó bien el cambio de clima, juguito —dijo, estirando una mano para revolverme el cabello con suavidad. Su tacto ya no generaba chispas de estática ni descargas violentas; era simplemente piel contra piel, cálida y real—. El norte ya no grita tu nombre.

—El norte está en silencio, Cael —respondí, colocándome a su lado y mirando el reflejo del sol en el agua.

Giré la cabeza hacia la cabaña del muelle y una sensación de profunda gratitud me llenó el pecho al ver cómo la vida se abría paso para todos.

En el porche, Wyton estaba sentado, envuelto en una manta ligera.

A su lado, sentada en la barandilla con una tableta que ahora solo registraba datos climáticos pacíficos, estaba Sofi.

Wyton le sonreía, compartiendo un termo de té, y aunque sus ojos habían perdido el brillo dorado y místico de las visiones, conservaban un color miel limpio y sereno que encontraba su anclaje en la presencia constante de ella.

Sostuvo mi mirada a la distancia y sonrió, levantando su taza en un saludo silencioso.

El precio del reinicio había sido nuestro plasma; habíamos entregado la energía que nos hacía anomalías para convertirnos, finalmente, en seres humanos comunes.

Un poco más abajo, cerca de la orilla donde los botes pesqueros comenzaban a regresar, Mirena y Dante caminaban juntos.

Conversaban en voz baja, con una complicidad que ya no estaba dictada por las estrategias de combate ni por la urgencia de las armas, sino por la simple y libre elección de compartir un futuro en paz.

Dante se detuvo un momento para señalar un punto en el horizonte y Mirena sonrió, apoyando su cabeza en su hombro por un breve instante antes de seguir caminando.

Más allá del muelle, el paisaje se transformaba radicalmente.

La zona que antes era un páramo de chatarra y sílice gris ahora se estaba utilizando para sembrar nuevamente productos agrícolas para los sobrevivientes y la Legión de los Rotos, cuyos cuerpos también habían dejado de cristalizarse.

La tierra, negra y fértil, estaba llena de brotes verdes que prometían el sustento de la nueva era.

Allí, entre los surcos de siembra y los invernaderos improvisados, destacaba la risa de Betsy.

Estaba ayudando a cargar unas cajas de herramientas cuando conoció a un chico de la zona, uno de los tantos sobrevivientes que trabajaban la tierra.

Él le ofreció ayuda con el peso, y al cruzarse sus miradas, Betsy se apartó un mechón de cabello de la cara, visiblemente sonrojada, pero con esa chispa de curiosidad y alegría que la caracterizaba.

Se quedaron conversando bajo el sol, iniciando una historia ajena a los traumas del pasado.

No había profecías pendientes, ni Directivas de las que huir, ni clones que temer. El triángulo se había acomodado en una convivencia tranquila y madura a la orilla de un mundo nuevo.

Habíamos sobrevivido a la luz y a la sombra, y frente a ese muelle pacífico, rodeados de la vida que florecía y de los nuestros encontrando su propio lugar, nuestra verdadera historia apenas comenzaba.

Y. L. Abreu

Es una educadora y escritora dominicana, especialista en Lengua Española, Lengua Inglesa y Literatura con orientación hacia la Educación Secundaria.

Con una trayectoria marcada por la pedagogía y el análisis literario, Abreu utiliza su profundo conocimiento de la narrativa para dar vida a Las Crónicas del Ocaso.

Como docente, infunde en sus historias una visión única sobre la resiliencia juvenil y la búsqueda de identidad.

Cielo de Plasma es su primera novela, el inicio de una saga épica que explora los límites del sacrificio humano frente a un futuro incierto.