Duro como piedra POPPY #3
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POPPY #3

—Me metí en líos una vez de más, dije cosas que no podía retirar. Cuando quise darme cuenta, me habían desheredado y dado la espalda.

Extiendo la mano sobre la mesa y tomo la de Axel entre las mías.

—Lo siento. Eso tuvo que ser duro.

Se encoge de hombros, pero veo la tensión en ellos.

—Lo mejor que me ha pasado en la vida. Encontré el club poco después. Me acogieron, me dieron un propósito. Una familia de verdad.

—Aun así —digo con suavidad—, alejarte de todo lo que conocías no tuvo que ser fácil.

Sus dedos se entrelazan con los míos mientras su pulgar recorre mis nudillos.

—No fue todo malo. Me enseñó a apreciar las cosas sencillas. Buena comida, buena gente. Al MC... no le importa tu apellido ni tus contactos. Solo tu lealtad. Tu corazón.

—Suena bien —digo con suavidad, pensando en lo disfuncional que es mi propia familia.

—También podría ser tu hogar —dice, con la voz igual de queda.

La intensidad de su mirada hace que el corazón me dé un vuelco.

—Axel...

—Solo es algo en lo que pensar, buscalíos —me aprieta la mano antes de soltarla cuando el camarero se acerca con nuestra comida—. Por ahora, veamos si ese filete está a la altura de su fama.

Los filetes están, efectivamente, a la altura de su fama. La carne está cocinada a la perfección y se deshace en mi boca con cada bocado. Comemos en un silencio cómodo durante unos minutos, saboreando la comida y la vista de las luces titilantes del valle.

—Entonces —dice Axel al cabo de un rato, dejando el tenedor—. Te toca. Cuéntame algo de Poppy Bennett que no tenga que ver con obras ni con respuestas descaradas.

Doy un sorbo al vino mientras lo considero.

—Lo haré. Pero antes necesito preguntarte algo.

—Dispara.

—¿Cuál es tu verdadero nombre?

Coge su copa de vino mientras traga el bocado de filete. —Conoces mi nombre.

—Conozco tu apodo de motero. Y acabo de enterarme de tu apellido cuando entramos aquí. Thorn. Pero supongo que el hijo de un senador estatal no tendría un nombre como Axel.

Se queda en silencio un momento, haciendo girar el vino en su copa.

—Alistair —dice finalmente—. Alistair James Thorn III, para ser exactos. Me pusieron el nombre de mi abuelo y mi bisabuelo.

—Alistair —repito, saboreando el nombre. Le pega, de algún modo: regio y fuerte—. ¿Y cómo acabaste con Axel de apodo?

Axel esboza una media sonrisa.

—La primera noche con el club, estábamos en un bar.

Un imbécil intentó armar bronca, así que agarré lo primero que pillé: resultó ser un hacha colgada en la pared de decoración.

Ni siquiera la blandí, solo la levanté, y el tío salió pitando —se ríe al recordarlo—.

Stone, nuestro presidente, dijo que parecía más un Axel que un Alistair, y así me quedé con el nombre.

No puedo evitar reírme al imaginarlo.

—Bueno, te pega más que Alistair, eso seguro.

—Me alegro de que te guste —dice, con los ojos brillándole de diversión—. Ahora te toca a ti. Cuéntame algo que no sepa sobre Poppy Bennett.

Doy otro sorbo de vino mientras lo pienso.

—Bueno... estuve en una banda.

Axel arquea las cejas, sorprendido.

—¿Una banda?

—En la ciudad. En nuestro barrio no había mucho más que hacer para una cría: o te unías a una pandilla o montabas una banda —pincho otro trozo de filete—. Yo era la cantante.

—¿Sabes cantar?

—Tan bien como un gato cuando le pisan la cola —me río al ver su cara de sorpresa—. Hay una razón por la que ya no estoy en ninguna banda.

—No puede ser para tanto.

—Créeme, lo era. Nuestro batería lloró durante nuestro único concierto —doy otro sorbo de vino, sonriendo al recordarlo—. Aunque puede que fuera porque le di sin querer con el pie de micro cuando intenté hacer un giro molón y me lié con los cables.

Suelta una carcajada grave y cálida.

—Por favor, dime que hay vídeo de eso.

—Lo hay. Y puede que te lo enseñe algún día —le sostengo la mirada por encima de mi copa—. Cuando haya bebido más vino y me dé menos vergüenza.

—Cuidado, buscalíos. Yo no tengo vergüenza y puedo conseguirte todo el vino que quieras, así que es una promesa peligrosa.

—Puede que me guste el peligro —le sostengo la mirada—. Al fin y al cabo, estoy en una cita con un motero.

—¿Y qué tal te va?

Finjo pensármelo.

—Bueno, la comida está buena. La compañía es... —agito la mano con vaguedad— pasable.

—¿Pasable? —su pie rodea mi tobillo por debajo de la mesa—. Me has herido.

—Pobrecito. ¿Cómo puedo compensártelo?

Se le oscurece la mirada.

—Se me ocurren unas cuantas.

El camarero aparece justo en ese momento y retira nuestros platos con eficiencia profesional.

—¿Les apetece postre?

Abro la boca para decir que sí —el tiramisú que había visto antes en la carta tenía una pinta increíble—, pero la mano de Axel sube un poco más por mi muslo bajo la mesa.

—Solo la cuenta —dice, con la voz más ronca de lo normal.

El camarero asiente y desaparece, dejándonos a solas con la tensión chisporroteando entre nosotros.

—¿Sin postre? —consigo decir, muy consciente de lo alto que ha subido su mano.

Sus dedos me rozan la cara interna del muslo y me estremezco.

—Oh, pienso tomar postre, buscalíos. Pero no aquí.