Dulce No Venganza EPÍLOGO
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EPÍLOGO

ARYA

Liam no mintió cuando prometió que llenaría nuestra casa de risas y pasos apresurados. Lo que antes era un eco de silencios y recuerdos amargos, hoy es un santuario de vida.

Nuestra casa familiar se ha transformado en un caos bendito donde el aroma a cera de muebles se mezcla con el de talco y galletas recién horneadas.

Emma está por cumplir seis años y es el vivo retrato de lo que alguna vez fui, pero con una chispa de fuego en la mirada que solo pudo heredar de su padre.

Luego están los gemelos, Dilan y Milan, que en un par de meses cumplirán cuatro años; son dos torbellinos de energía que ya muestran esa mandíbula cuadrada y decidida de los Blake.

Y finalmente la pequeña Lucía —llamada así en honor al padre de Liam—, que, con apenas un año y sus rizos oscuros, ya nos tiene a todos orbitando a su alrededor.

Emma es físicamente idéntica a mí, pero por dentro es tan arrebatada e impulsiva como Liam. Lo tiene envuelto en su dedo meñique con una sola mirada de sus ojos verdes.

Hoy, como tantas otras veces, se la llevó a la oficina porque la princesa decidió que el jardín de niños no era digno de su tiempo. Y como siempre ocurre en este reino: lo que la princesa pide, Liam se encarga de que se manifieste.

Yo estoy en mi gloria personal. Los gemelos son mis príncipes, siempre compitiendo por un beso o una caricia, y crecen tan rápido que ya me da escalofríos pensar en el día que empiecen a romper corazones.

BLAKE se ha consolidado como un imperio global bajo la mano firme de mi esposo, y aunque la modestia es una virtud, sé que Liam tuvo mucha suerte de encontrarme... casi tanta como la que tuve yo al dejar que él me encontrara a mí.

Esta noche el aire se siente diferente, cargado de una anticipación eléctrica. Se acerca nuestro aniversario y hoy descubrí el motivo perfecto para brindar. Me observo en el espejo, asombrada de la fertilidad que compartimos; parece que solo basta una mirada intensa de Liam para dejarme embarazada.

Sí, viene otro en camino. Una familia grande era el sueño que no sabía que tenía hasta que lo vi reflejado en los ojos de mis hijos.

He preparado pizza casera —con abundante piña, nuestro código privado— y, en cuanto los niños caigan rendidos, pienso recordarle a mi hombre por qué sigue siendo el único dueño de mis suspiros.

Todo será, como siempre a su lado, perfecto.

LIAM

Emma es la luz de mis ojos, el recordatorio diario de que la redención es posible. Todos mis hijos son mi sangre, pero ella, al ser la viva imagen de Arya, tiene un altar privado en mi pecho.

Aún puedo sentir el peso de su cuerpo pequeño cuando era recién nacida y dormía sobre mi pecho desnudo mientras Arya recuperaba fuerzas .

Fui yo quien aprendió el arte de los biberones y los cambios de pañales a medianoche. Durante el embarazo de los gemelos, cuando Arya no podía ni ver la comida, Emma decidió que yo era su héroe absoluto. Fue la época más agotadora y, sin duda, la mejor de mi vida.

Hoy cumplí otro de sus caprichos: ser mi socia en la oficina.

¿Helado de pistacho a media mañana? Concedido.

¿Mimos en medio de una junta de accionistas? Concedido.

¿Despedir a un par de analistas ineptos que la hicieron esperar? Lo estoy meditando seriamente.

Al llegar a casa, se hace la dormida en el asiento trasero. Conozco sus trucos mejor que los míos; solo quiere que su padre la cargue hasta su cama. La subo en brazos, disfrutando de su aroma a infancia y caramelos, y al besarle la mejilla, suelta una risita por el roce de mi barba.

—Te amo, papi —susurra con esa vocecita que desarma al hombre más duro.

—Yo a ti, mi princesa.

—Nunca me casaré, siempre estaré contigo. —Me asegura con seriedad. Solo puedo reírme.

—Te lo recordaré cuando cumplas dieciséis, Emma —le respondo con una sonrisa agridulce, sabiendo que el tiempo es el único enemigo que no puedo vencer con dinero o poder.

Entramos a la casa y el aroma a masa y a piña inunda el recibidor. Emma corre a buscar a sus hermanos y yo me despojo del peso del día: saco fuera, corbata suelta, mangas remangadas. Entro al comedor y ahí está ella.

Dios, seis años después y todavía se me corta el aliento al llamarla mi esposa . Está radiante, el vestido de seda rosa se desliza sobre sus curvas como una caricia, marcando esa figura que me vuelve loco .

—¿Olvidé alguna fecha especial, dulzura? —pregunto, sintiendo un cosquilleo de nerviosismo.

—No, solo quise una cena especial. Los niños ya cenaron con la niñera, así que estamos solos.

La miro intensamente y el deseo me golpea con la fuerza de un tren de carga. Me muerdo el labio inferior, devorándola con la mirada.

—Ya lo decidí. Voy a empezar directamente por el postre. —La levanto por la cadera con un movimiento fluido y la siento sobre la mesa del comedor, posicionándome entre sus muslos tibios. —Hueles delicioso, bebé. A casa. A mi mujer.

—Liam... —ella jadea, y sus ojos brillan con esa intensidad esmeralda que solo yo conozco—. Lo haremos de nuevo.

Mi corazón da un salto, una sacudida de alegría pura que me expande el pecho.

—¡Oh, Dios! ¿Estás embarazada otra vez? —exclamo con una sonrisa que no me cabe en el rostro.

—Eso creo. —Se encoge con una risita.

—Eso merece una recompensa a la altura. Te voy a dar todos los orgasmos que seas capaz de soportar por hacerme, una vez más, el hombre más afortunado del mundo.

—Promesas, promesas... —Se burla, frotándose contra mi hombría con ese atrevimiento que me encanta en ella.

La cargo y subo las escaleras casi corriendo. Cierro la puerta del dormitorio con doble llave —esos gemelos tienen una habilidad ninja para aparecer en los momentos menos oportunos— y caemos sobre la cama que ha sido testigo de tantas batallas y reconciliaciones.

Nos conocemos cada rincón del cuerpo, cada punto de quiebre, cada espacio de piel sensible .

—Te amo —La beso con hambre, con una necesidad que, lejos de saciarse con el tiempo, parece aumentar con cada año que pasa.

—Yo te amo a ti, pero necesito a mi hombre malo ahora mismo. No me hagas esperar. —Echa su cabeza para atrás. Exponiendo toda su necesidad de mí.

Sé que cuando está embarazada sus instintos se vuelven más salvajes, y yo vivo únicamente para complacerla.

—Date la vuelta y agárrate de la cabecera, señora Blake. Te voy a castigar por esa boquita provocadora.

—¡Sí, por favor! —grita ella, entregándose a mi fuego.

Libero mi hombría y, tras una breve pausa para saborear el momento, la penetro desde atrás, hasta el fondo, amasando sus curvas y sabiendo que para la segunda ronda usaré uno de los juguetes que tenemos en la caja fuerte de la habitación.

Esos que juegan con el dolor y nos traen tanto placer a los dos.

Reclamo cada fibra de su ser como ella me reclama a mí.

Este es mi cielo.

Esta es mi familia.

Este es mi verdadero hogar.

Y esta es mi Dulce ... No Venganza .

FIN.