Capítulo 6 Venganza Inútil
Venganza inútil…
Sus palabras hacían eco en mi cabeza como un susurro en una casa vacía. Nadie sabía de mi venganza, ni siquiera Lavender. Nunca lo he dicho en voz alta, solo en mis pensamientos. No he dado indicios, he sido discreta, y lo más importante, nunca he dejado evidencia.
¿Cómo Lavender lo sabía?
Deja tu maldita venganza inútil y despierta.
¿Qué significaba? ¿Se refería a vengarme de Jerome o a mi plan de venganza? ¿Despertar de qué o de donde?
Mi vida nunca se había sentido mía, siempre una experiencia en un cuerpo y en un momento que no parecen pertenecerme. Sentimientos en un corazón y en un cerebro que responden, pero no estoy segura de ser yo quien da el comando.
Mientras conducía mi van, solo podía pensar en todas las formas posibles de matar al imbécil de Jerome.
Si él no hubiera llegado a nuestras vidas, nada de esto hubiera pasado.
Quería hacerlo sufrir. Deseaba hacerlo pagar.
Quería escucharlo disculparse y aun así lo mataría.
Quería que se quemara desde el interior hacia afuera.
Que le doliera la vida de arriba hacia abajo.
Escucharlo humillarse, volverse humilde, llorar como un recién nacido para poder romper su espíritu.
Y hacerlo morir con mi nombre en sus labios.
Poder escucharlo maldecir mi nombre una y otra vez… Ese sonido sería la más dulce de las canciones de cuna. Y cuando llegue el momento… destruiré su alma en al menos un trillón de pedazos.
Si solo pudiera hacerlo morir y ya.
Irrumpí en mi propia casa como un terrible trueno retumbando en medio de una calmada noche. Cerré todos los seguros y pestillos a mi paso. Para lo que tenía planeado, ningún visitante era apreciado.
Era imposible quitar la imagen de Lavender de mi mente. Golpeada y limpia en un instante. Acongojada y cubierta de una luz cobriza. Y sus palabras... No las que salieron de sus labios, sino las que escuché en mi cabeza mientras ella solo me observa con las dos amatistas que tiene por ojos.
Quizá solo me lo estoy inventando. Estoy exagerando.
Intenté convencerme pero no podía encontrar una explicación al cambio tan drástico que había dado mi vida estos últimos años.
El coraje que me invadía y el dolor que atormentaba mi piel deben ser suficientes para recuperar mi atención en este momento.
Por vez primera, Maghkia oscura se reunía en mi interior. Podía sentirlo y era una oportunidad única que no desperdiciaría. Una energía perversa se arremolinaba con fuerza y podía sentir la forma en la que me sofocaba. Me quemaba por dentro como una braza de fuego que jamás se extinguía.
La orquídea manzano que Lavender me había obsequiado era solo un pedazo más de evidencia de lo que había sucedido menos de una hora atrás.
La arrojé al zafacón sin consideración y corrí a mi cuarto a prepararme para mi batalla.
Lágrimas corrían por mis mejillas ahora que me encontraba en la privacidad de mi hogar.
Todo el cuerpo me dolía, en especial mi pecho por dentro y por fuera.
Me desvestí de prisa, arrojando mi ropa sucia y ensangrentada en una bolsa plástica.
Parada frente al espejo, me observé desnuda por primera vez.
La sorpresa fue enorme. Mi cuerpo era hermoso, algo que nunca antes me había dispuesto a aceptar.
Solo en este instante, cubierta en magulladuras que comenzaban a tornarse oscuras, recibí la motivación suficiente para alimentar mi coraje.
Mi pobre seno era lo que más dolía. Los salvajes dientes de Jerome estaban marcados en rojos coágulos con la misma fuerza con la que él había intentado desgarrar mi piel.
Rebuscando en mi closet, encontré algunas ropas que nunca había usado.
Unos pantalones negros de licra y un leotardo negro como la noche.
Me puse ropa interior negra, unos bra con extra almohadillas para darle soporte y protección a mi adolorido seno.
Descalza, caminé hacia la cocina, sintiéndome agradecida de la frialdad de mi propio piso de losa italiana.
Tres grandes velas negras y un espejo terminaron en el suelo, acomodados justo bajo mi candelabro gótico de cristales negros. Fósforos, vinagre, hierbas y azúcar negra mezclados con el dolor y el enojo que sentía. Todo llevado a hervir en un caldero.
Sé que pude haber convocado cualquier tipo de Maghkia para sanar mi cuerpo maltrecho pero… ¿Cuál sería la motivación? El dolor era solo un premio que necesitaba saborear. Un incentivo para enfocarme en mi plan y dejar de pensar en tonterías de amor o en el enigma en que Lavender se ha convertido.
Me arrodillé en el suelo, mi peso descansando sobre mis talones.
Inhalando profundamente, recordé todos los eventos recientes más todas las cosas viejas que me hicieron odiar a Jerome desde el primer momento.
De repente, las palabras comenzaron a aparecer en mi cabeza, formando oraciones con significados coherentes, y mi odio tomó forma mientras mis labios pronunciaban un hechizo que no tenía idea de conocer.
“Muerte: negra como la noche,
tormentosa y dolorosa, cae sobre él.
Dolor: ayúdame a asesinar sus sueños.
Almas: liberen su ira, saben a lo que me refiero.
Infierno: arrebata su aliento y llévatelo eternamente.
Dioses y diosas de la muerte: El destino de Jerome ha sido marcado.
Así sea. ¡Vénguenme!”
Solo me di cuenta que estaba gritando ese verso cuando me incliné hacia adelante y mis dedos rozaron una superficie filosa.
Reuní el coraje de abrir los ojos y cuando por fin lo logré, descubrí que era de noche.
La oscuridad había caído, pesada y escurridiza, entrando a hurtadillas en mi casa y en mi alma.
Las negras velas se habían derretido casi en su totalidad y se habían apagado cuando abrí los ojos.
Un fino humo rojizo ascendía tenebroso, y sentí miedo hasta dentro de los huesos.
Justo frente a mis rodillas yacía una daga.
Su mango parecía estar rodeado de una luna creciente con innumerables símbolos tallados en el frío metal.
La mezcla de vinagre y azúcar negra empañaba la superficie de la navaja, dándole apariencia de sangre fresca.
La navaja tenía doble filo y no era metal, sino un tipo de cristal reluciente, fuerte y frío al tacto.
Tomé la daga en mis manos y me levanté. La observé unos instantes tratando de descifrar la escritura de la empuñadura o el material de la navaja, pero fue imposible. Jamás había visto nada que remotamente se pareciera.
El miedo se apoderó de mí y comencé a dudar de estar haciendo lo correcto.
Por supuesto que sí, Morgan. Me dije tratando de apaciguar el miedo y tantos sentimientos encontrados.
Con un movimiento de mi mano, mis botas de goma llegaron a mi lado.
Me las coloqué y fui a la nevera. Estaba muriendo de sed y calor.
Necesitaba agua fría. Unos cuantos sorbos fueron suficientes para sentir la urgencia de vomitar.
Dejando caer la daga, me incliné sobre el zafacón y rescaté la orquídea manzano justo a tiempo para dejar salir mi única comida de hoy: el desayuno.
La oscuridad me dio una nueva perspectiva y abracé la orquídea fuerte a mi pecho.
Antes de ir a la cacería de idiotas fui a mi cuarto y escondí la flor bajo mi almohada.
Nunca nadie se enteraría de que hice eso.
Nadie debía sospechar mi relación con la Maghkia.
Nadie debía sospechar todo lo que estaba pasando.
Si esta flor era incapaz de conseguirme un esposo decente, al menos me llevaría a morir bajo su árbol, a descansar eternamente persiguiendo somnolientos unicornios.
La Maghkia oscura era tal vez algo prohibido. ¿Cómo podría yo saberlo? ¿Quién me ha enseñado? Todo lo que he aprendido ha sido con dolor y tropezones. Ningún libro ha tenido el poder de enseñarme lo que aprendí día tras día con cada caída.
Gritos fuera de mi casa me advertían del peligro.
Nada de qué preocuparme. Nada que no estuviera esperando.
Jerome gritaba insultos y palabras soeces mientras rodeaba mi casa, mi santuario.
Este era el momento por el que había estado trabajando.
Quizá acabar con él podría saciar mi dolor. Estaba sedienta de venganza.
Aun si tuviera una varita mágica, la que por supuesto no necesito; una escoba voladora, o una rana cambia-formas, nada me detendría de perseguir a Jerome hasta hacerlo perder todo el pellejo de la planta de los pies.
Callada y sigilosa, escapé por una ventana trasera, perpleja de mis recién descubiertas habilidades.
Es maravilloso lo que el coraje nos hace.
Nos lleva a sobrepasar nuestras limitaciones.
Sorprendí a Jerome en una carrera por mi jardín.
Con la daga en la mano me sentía como un asesino en serie con un enorme machete.
A pesar del golpe de adrenalina, sentía que estaba equivocándome.
Ya había realizado un hechizo asesino, uno del que estaba segura que Jerome no sería capaz de sobrevivir más allá de esta noche.
Pero no podía sentirme más feliz mientras lo atormentaba.
La cacería se extendió pasada la medianoche y creí tenerlo a solo pasos de mi daga, pero no pude levantar el arma para dar la herida mortal.
Sí, le ocasioné algunos cortes y le di algunas patadas.
Él también me sorprendió en algunas ocasiones, atacándome con el peso de su cuerpo.
Por su cercanía descubrí que estaba más borracho que el gusano en el fondo de la botella de tequila.
“Estúpida bruja.” -Dijo mientras yo lo golpeaba con el mango de la daga. El viento comenzó a azotar con mucha fuerza, y me dificultaba el acercarme a Jerome para atacar. Los animales nocturnos estaban en total silencio, como si supieran que un cataclismo se avecinaba.