Epílogo #4
Me di la media vuelta. No sentí asco por mí.
No sentí triunfo. Sentí lástima por ellos.
Lástima por Regina, que había caído tan bajo que ya no reconocía su propio valor.
Lástima por David, que había perdido todo y ahora solo era una sombra de lo que fue.
Lástima por esos hombres, que pagaban por un pedazo de carne sin saber que, en el fondo, ellos también eran víctimas de su propia miseria.
Salí del departamento en completo silencio, cerrando la puerta con cuidado para no hacer ruido. Caminé por el pasillo hacia el elevador, saqué mi celular y llamé al abogado.
—Licenciado —dije cuando contestó, con la voz firme, sin un temblor—.
Quiero vender mi casa. Rematarlo. Consígame a alguien que lo compre en efectivo, no me importa si perdemos un veinte por ciento de su valor.
Y mándeme a seguridad pública mañana a primera hora para desalojar a la gente que está invadiendo la propiedad.
Colgué sin esperar respuesta. Salí a la calle, respiré el aire frío de la ciudad y no volví a mirar hacia atrás. No había nada allí para mí. Solo fantasmas.
-
Un año después.
El balcón de mi nuevo departamento daba hacia un parque arbolado en la colonia Narvarte.
La brisa de la noche movía las hojas de los fresnos, y el ruido de la ciudad era solo un murmullo lejano, como si el mundo hubiera aprendido a respetar mi paz.
El departamento era pequeño, pero acogedor.
Las paredes estaban pintadas de un beige cálido, los muebles eran sencillos pero funcionales, y el olor a café recién hecho me recordaba lo mucho que estaba disfrutando mi nueva vida.
Estaba apoyado en el barandal de herrería, con una taza de café en la mano.
Llevaba puestos unos pantalones de pijama de algodón y estaba descalzo.
Mi respiración era tranquila, profunda. El nudo perpetuo que solía llevar en el pecho había desaparecido por completo, como si alguien lo hubiera cortado con un cuchillo afilado.
El trabajo en la comercializadora había dado frutos. A los seis meses me ascendieron a Jefe de Finanzas. Era una empresa pequeña, humana, donde el dueño te saludaba por tu nombre y a las seis de la tarde todos apagaban las computadoras.
No había juegos de poder. No había humillaciones.
No había secretos oscuros. Solo trabajo honesto y respeto mutuo.
Vendí el departamento del corporativo, saldé las deudas, pagué lo que le debía al banco y, con el resto, di el enganche para este nuevo hogar.
Un lugar donde podía empezar de cero, sin sombras del pasado.
Sentí unos brazos delgados y cálidos rodeándome la cintura por la espalda. El perfume a vainilla y jabón me llenó la nariz. Sonreí antes de voltear.
—Pensé que ya estabas dormida —le dije en voz baja, sin moverme, disfrutando el contacto de su cuerpo contra el mío.
Mireya apoyó la barbilla en mi hombro. Llevaba puesta una camiseta mía que le quedaba como vestido, llegándole hasta la mitad de los muslos. Su cabello castaño oscuro, lacio y suave, le caía por un costado, rozándome el brazo.
Era una mujer bonita, más joven que yo.
Contadora de la misma empresa. Nos habíamos conocido comiendo en las fondas cercanas a la oficina, donde ella siempre pedía sopa de fideo y yo, tacos de canasta.
Era sencilla, directa, de risa fácil y, sobre todo, transparente.
Con ella no había cosas raras, ni ambiciones desmedidas, ni secretos.
No había mentiras. No había traiciones. Solo había honestidad, complicidad y un amor que se construía día a día, sin prisas, sin presiones.
Acabábamos de hacer el amor en la recámara.
Un sexo suave, lento, lleno de besos y miradas a los ojos.
El tipo de intimidad que te repara el alma, que te hace sentir que, a pesar de todo, aún hay bondad en el mundo.
No había prisa. No había urgencia. Solo el placer de estar juntos, de sentirnos vivos, de saber que éramos el uno para el otro.
—Fui por un vaso de agua a la cocina —murmuró ella, dándome un beso suave en el cuello, con los labios cálidos y húmedos—. Y mi celular estaba en la barra.
Me giré dentro de su abrazo y la tomé de la cintura. Su rostro, iluminado por la luz tenue que salía de la sala, tenía una expresión de confusión, como si algo la hubiera sorprendido.
—¿Pasa algo, amor? —le pregunté, dejándole la taza de café en la mesita del balcón.
Mireya levantó su teléfono. La pantalla estaba encendida en la aplicación de WhatsApp. Era un mensaje de un número desconocido. Su ceño se frunció un poco más, como si estuviera tratando de resolver un acertijo.
—Pues mira tú mismo, Marco —dijo, con voz tranquila pero con un dejo de inquietud, mostrándome la pantalla—. ¿Tú lo conoces? No tengo idea de cómo consiguió mi número privado. Pensé que a lo mejor era un cliente tuyo o algo de la oficina.
Bajé la vista hacia el celular. La sangre se me detuvo en las venas por una fracción de segundo, como si el tiempo mismo se hubiera congelado.
El remitente solo tenía un nombre puesto en su perfil, sin foto. Un nombre que no quería volver a ver.
David.
El mensaje de texto debajo del nombre era corto, directo, y estaba acompañado de un archivo de imagen borroso que aún no terminaba de cargar.
"Hola, Mireya. Qué bonito departamento consiguieron en la Narvarte. Marco nunca te ha contado de su esposa anterior, ¿verdad? Te mando este regalito para que veas lo que le gusta mirar a tu novio."
Miré la pantalla, sintiendo cómo el frío de la noche me calaba hasta los huesos. La imagen empezó a hacerse nítida lentamente, pixel por pixel.
Era una foto.
Una foto de Regina.
Estaba en la cama posiblemente de un motel.
Estaba desnuda, de espaldas, con las piernas abiertas y la cabeza girada hacia un lado.
David estaba detrás de ella, penetrándola, con una mano en su cadera y la otra agarrándole el cabello.
Pero lo que más me impactó fue el ángulo de la foto.
Era como si el fotógrafo estuviera en la puerta, observando la escena desde la sombra.
Como si yo mismo hubiera estado allí, viendo todo desde las sombras.
Pero no era solo eso. En la foto, al fondo, se veía parte de otro hombre, de espaldas, con los pantalones bajados, esperando su turno. Y en la mesita de noche, había un celular apoyado, con la pantalla encendida. Como si alguien más estuviera grabando todo.
Levanté los ojos hacia Mireya, que me miraba esperando una respuesta, con la inocencia intacta de quien no conoce los demonios del pasado.
Su expresión era de curiosidad, no de sospecha.
No tenía idea de lo que ese mensaje significaba.
No tenía idea de que, en ese momento, el pasado que yo creía muerto estaba tocando a su puerta.
—¿Quién es David y por qué envía esa foto, mi amor?
El frío de la noche me caló hasta los huesos. Pero esta vez, no era el frío del miedo. Era el frío de la determinación.
No iba a dejar que David arruinara esto también. No iba a permitir que su perversión tocara a Mireya. No iba a dejar que el pasado me robara el futuro otra vez.
—Nadie importante, mi amor —le dije—. David solo es… el dueño de mi ex mujer.
FIN