Epílogo #3
—Marco... —Su voz era un susurro rasposo, como si llevara días sin tomar agua. Sonaba como una extraña, como alguien que ya no reconocía—. Por favor.
La miré en silencio. Mi rostro era una placa de acero. No sentía dolor, ni lástima, ni venganza. No sentía nada. Solo un vacío frío, como si todo lo que había pasado entre nosotros hubiera sido borrado de mi memoria.
—Marco, no me dejes así —empezó a llorar, unas lágrimas gruesas, pesadas, que le escurrían por las mejillas sin maquillaje, dejando un rastro oscuro en su piel pálida—.
No tengo a dónde ir. Mis tarjetas están bloqueadas.
David... David me bloqueó el teléfono desde que lo corrieron, me dejó a mi suerte.
Mi familia no quiere verme por lo que salió en internet. Te lo ruego, no me quites la casa.
Esperé a que terminara. No la interrumpí. No le di consuelo. No le di esperanza. Solo la dejé hablar, como si necesitara vaciar todo el veneno que llevaba dentro antes de que el mundo se le viniera encima de una vez por todas.
—Es mi casa, Regina —le respondí, con la voz plana, sin alterar el volumen, como si estuviera hablando del clima—. Y no te la estoy quitando. Te la quitaste tú sola.
—¡Fui una estúpida! —sollozó, tapándose la cara con las manos, inclinándose sobre la mesa como si el peso de sus errores la hubiera doblado por la mitad—.
¡Me enfermé! ¡El dinero, la ambición, todo ese ambiente me pudrió la cabeza!
Pero yo te amo, Marco... te lo juro por Dios que te amo.
Siempre te amé, a ti. Eres mi esposo. Todo lo que te dije aquel día...
fue para impresionar a David, porque él me obligaba.
Me amenazaba, Marco. Me decía que si no hacía lo que él quería, te despedía, te arruinaba...
—Firma los papeles, Regina.
Las palabras salieron de mi boca como piedras. Secas. Duras. Sin espacio para réplicas.
—¡Por favor, perdóname! —gritó, levantando la cabeza de golpe, con los ojos rojos y la nariz congestionada—. ¡Déjame volver contigo! ¡Empecemos de cero, donde tú quieras, con tus condiciones, yo haré lo que quieras, pero no me dejes sola! No tengo nada, Marco. No tengo a nadie.
Mi abogado, incómodo, le acercó una pluma negra de plata.
—Señora, le sugiero que procedamos —le dijo el licenciado con voz profesional, pero con un dejo de compasión que no podía evitar—. Las cláusulas ya fueron aceptadas por su representante. No hay más que discutir.
Regina me miró una última vez. Buscaba la mirada del hombre débil, del empleado sumiso que agachaba la cabeza, del marido que limpiaba la alfombra después de que ella se corría con otro.
Pero ese hombre se había muerto en el cuarto de azotea de Observatorio, entre el sudor, las lágrimas y el semen seco en las sábanas.
Al ver el vacío en mis ojos, entendió que se había acabado. No hubo más súplicas. No hubo más excusas. Agarró la pluma con los dedos temblando, como si pesara una tonelada, y trazó su firma en los tres juegos de copias.
La letra era torcida, insegura, como si hasta su propia mano la hubiera traicionado. Soltó la pluma, se levantó tambaleándose y salió de la sala arrastrando los pies, sin mirar atrás. La puerta se cerró detrás de ella con un golpe suave, como el punto final de una historia que nunca debió comenzar.
-
Esa misma tarde, al salir del trabajo, fui a mi antigua casa… donde habíamos vivido felices por cinco años Regina y yo.
Había pasado por la inmobiliaria para recoger un juego nuevo de llaves que mandé a hacer, porque mi intención era revisar las condiciones del inmueble, empacar lo poco que quedaba y ponerlo a la venta.
No iba a vivir en el lugar donde vi a mi mujer mandarme a la mierda.
No iba a dormir en la cama donde ella se había dejado follar por David y por Dios sabe cuántos más.
La casa seguía igual de silencioso, como si el escándalo no hubiera dejado huella en sus paredes.
Metí la llave nueva en la cerradura y la giré. La puerta se abrió con un chirrido que me erizó la piel.
Al abrir la puerta, el tufo me golpeó en la cara como una cachetada.
Fruncí el ceño. Cerré la puerta a mis espaldas sin hacer ruido, como si temiera que alguien me escuchara.
La sala estaba a oscuras, con las persianas bajadas.
La luz que se filtraba por las rendijas dibujaba franjas tenues en el piso, como si la casa misma estuviera tratando de esconder lo que había dentro.
Había latas de cerveza aplastadas sobre la mesa de centro, ceniceros desbordados de colillas, y ropa interior tirada en el suelo; un sostén negro de encaje, unas bragas rotas...
En el suelo, cerca del sofá, había un preservativo usado, tirado como si fuera basura común. Escuché ruidos provenientes de la recámara principal. Mi antigua recámara. El lugar donde Regina y yo habíamos hecho el amor, donde habíamos soñado con el futuro, donde todo se había desmoronado.
Eran gemidos. Risas roncas. El sonido inconfundible de piel chocando contra piel, de la cama crujiendo, de cuerpos sudorosos moviéndose sin ritmo, sin pasión, solo con una lujuria animal.
Caminé por el pasillo pegado a la pared, pisando con cuidado para no hacer ruido.
Cada paso era una tortura, como si supiera que lo que iba a ver me quemaría los ojos, pero no podía detenerme.
La puerta de la recámara estaba entreabierta.
Y entonces me asomé por la rendija, conteniendo la respiración.
La escena en el interior era dantesca. Grotesca. Peor de lo que había imaginado.
El colchón no tenía sábanas. Directamente sobre la tela percudida, mancada de sudor y fluidos secos, estaba Regina.
Estaba desnuda, hincada a cuatro patas, como perra, con la cabeza colgando por el borde de la cama, respirando por la boca, sudada, con el rímel manchándole las mejillas como lágrimas negras.
Su cuerpo estaba desnudo. El cabello, que antes llevaba siempre peinado y brillante, ahora estaba enmarañado, pegado a su espalda por el sudor.
Detrás de ella, embistiéndola con una brutalidad sin ritmo, sin pasión, solo con violencia sorda, estaba David.
Pero no era el David del corporativo. No era el hombre impecable, con trajes de mil dólares y el pelo perfectamente peinado.
Estaba diferente, despeinado, con una camiseta de tirantes sucia y los ojos hundidos, como si no hubiera dormido en días.
La barba le crecía desaliñada, y en su rostro ya no había rastro de la arrogancia que lo caracterizaba.
Ya no era el dueño de la empresa. Ya no era ni siquiera el dueño como tal de mi mujer.
Era un padrote barato de vecindad, un hombre roto que había perdido todo menos su capacidad para humillar.
A los lados de la cama, fumando y bebiendo cerveza en lata, había tres hombres más. Tipos de aspecto pesado, con chamarras de cuero gastadas y tatuajes mal hechos en los brazos. Uno de ellos, un tipo alto con cicatrices en la cara, le dio un trago largo a su lata y soltar una risa burlona.
—Apúrate, pinche David —dijo, con voz ronca—. Ya le toca al Güero y nada más pagamos la hora completa. No nos vas a estafar, ¿verdad?
—Aguanta, cabrón —gruñó David, sin dejar de empujar la cadera contra el culo de mi exesposa, con un sonido húmedo y obsceno—.
Esta perra necesita que la calienten bien antes de pasársela a ustedes.
¿Verdad, putita? —le dijo, dándole una palmada fuerte en la nalga, dejando una marca roja en su piel pálida.
Regina no respondió con la soberbia del penthouse. No había rastro de la mujer poderosa que me había menospreciado. Solo soltó un gemido ahogado, lastimero, como el quejido de un animal cansado, sin fuerzas para resistir. Era el sonido de alguien que ya no tenía dignidad, ni orgullo, ni esperanza.
—Oye —dijo otro de los tipos, un hombre bajo y robusto, tocándole una teta a Regina desde el costado de la cama.
Sus dedos, gruesos y sucios, se hundían en su carne flácida—.
Cincuenta bolas extra si me deja venirme en su boca.
¿Qué dices, eh? —le preguntó a David, el proxeneta, sin quitarle los ojos de encima a Regina.
David sacó su verga del interior de Regina con un sonido húmedo. Se quedó allí, jadeando, con el miembro brillante por los fluidos de ella. Le dio una palmada en el culo, dejando otra marca roja.
—Cien. Me das cien o te la vienes en su culo, como acordamos —dijo, con voz áspera—. Ya no tenemos ni para pagar el súper mañana, así que aflojen, cabrones. Trágatela toda, Regina. Diles que sí —le ordenó, empujándole la cabeza hacia abajo.
Regina giró la cabeza lentamente, como si cada movimiento le costara un esfuerzo sobrehumano. Abrió la boca, babeando, con los labios hinchados y los dientes manchados de rímel. Asintió mecánicamente, sin mirarlos a los ojos. Era la sumisión total, la rendición final.
El tipo bajo se acercó, desabrochándose el pantalón con una mano mientras con la otra le agarraba el cabello a Regina. Ella no se resistió. Abrió la boca y lo recibió, con los ojos cerrados y las lágrimas escurriendo por sus mejillas. El sonido de su garganta al tragarlo era húmedo, asfixiante.
Me quedé helado detrás de la puerta, observando la escena como si fuera un espectador en una película de terror. Pero esto no era ficción. Esto era real.
Esto era el final de la historia de Regina y David.
Ahí estaba la resolución de su gran historia de ambición y poder.
Sin corporativo, sin dinero y sin reputación, David no la había abandonado del todo; la había convertido en su puta personal para sacar efectivo.
El gran Director de Operaciones ahora le cobraba billetes arrugados a desconocidos para que se cogieran a la mujer que alguna vez fue la Vicepresidenta. Mi esposa.
Y Regina, destruida psicológicamente, incapaz de valerse por sí misma en el mundo real después del escándalo, lo aceptaba porque era la única dinámica que ya conocía.
No había amor. No había pasión. Solo había necesidad, desesperación y la cruel realidad de que, para ellos, el sexo ya no era placer, sino moneda de cambio.