Dueño de tu Mujer Libro 2 (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 7 #4
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Capítulo 7 #4

—No he aceptado nada, David —dijo ella, con una voz que, aunque intentaba sonar firme, vibraba con una inseguridad que me rompió el corazón—.

Estoy aquí porque quiero. Porque vine a hablar con mi esposo, no porque tú me hayas dado una orden o porque me mandes.

Yo soy dueña de mis decisiones. Si estoy aquí, es porque yo decidí que era el momento de poner las cartas sobre la mesa, no porque tú seas mi dueño.

David soltó una carcajada suave, sin una pizca de ofensa, más bien con la complacencia de quien entrena a una mascota particularmente terca.

—La negación es el primer paso, preciosa.

Te encanta sentir que tienes el control, ¿verdad?

—le dijo, pasando un dedo por la línea de su hombro, muy cerca de la seda verde de su vestido—.

Pero los dos sabemos cómo termina esta historia.

Marco, el problema contigo es que no terminas de entender la magnitud de lo que estamos haciendo.

No es solo un juego de apuestas. Es un reajuste de su realidad.

Me quedé ahí, sosteniendo mi vaso de whisky que sabía a traición y a ceniza. David me miró, y su mirada cambió, volviéndose depredadora, casi clínica.

—Tú quieres que ella vuelva a ser la misma de antes, Marco.

Quieres el matrimonio aburrido, las cenas de pizza y los problemas con la hipoteca.

Pero eso ya no existe. Se terminó en el momento en que me la llevé la primera vez.

Lo que tienen que decidir ahora es si quieren aprender a vivir con esta nueva verdad, o si prefieren seguir hundiéndose en sus mentiras.

—¿Y tú qué ganas con esto? —le espeté, con un hilo de voz—. ¿Qué ganas con vernos discutir y ver cómo destrozamos lo que queda de nosotros?

David se acercó más a mí, invadiendo mi espacio personal. Sentí el calor de su cuerpo y el olor penetrante de su tabaco.

—¿Ganar? No busco ganar nada, Marco. Ya lo tengo todo.

Lo que busco es ver hasta dónde puede llegar la capacidad de adaptación humana.

Tú eres un hombre que se alimenta del morbo de su propia desgracia, y ella...

—hizo una pausa, mirando a Regina de una forma que me hizo querer morir— ella es una mujer que estaba muriendo de sed en el desierto y acaba de probar el agua.

¿Cómo esperas que vuelva a la rutina después de saber que puede sentirse así?

Regina apretó los puños. Se notaba que estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano por no gritar, por mantener la dignidad frente a nosotros dos.

—No soy una mujer que se pueda "adaptar" a tus juegos, David —dijo ella, girándose hacia mí, buscando un ancla, aunque el ancla fuera yo, un hombre destrozado—.

Y de hecho, no tengo nada que decir, ¿cómo se supone que quieres que nos reconciliemos si no quiero hablar con él?

—Regina me señaló con el dedo, y me hizo sentir el ser más migajero de la historia.

—Bueno, ya que no quieren hablar, ya que el intelecto no les está dando para resolver este desmadre, entonces no quedará más remedio que tener una reconciliación física. Aunque la mental, por lo visto, no esté disponible —soltó David.

Su voz sonó tranquila, casi profesional, como si estuviera dando una instrucción más en una reunión de negocios. Se sirvió un poco más de whisky, dejó la botella sobre la mesa de cristal con un golpe seco y nos miró a los dos, esperando nuestra reacción.

Me quedé helado.

—¿Qué quieres decir con "reconciliación física"? —pregunté, sintiendo que la voz me salía como un chirrido, seca y temblorosa.

David soltó una carcajada suave. Caminó hacia nosotros, rodeando a Regina con una cercanía que me provocó un ardor nauseabundo. Apoyó una mano en el respaldo del sofá, justo detrás de sus hombros.

—Es muy sencillo, Marco. Ustedes tienen un nudo emocional que no pueden desatar con palabras.

Se nota a leguas. Tú eres un tipo que se ahoga en sus propios pensamientos y ella…

bueno, ella está demasiado resentida para escuchar tus disculpas mediocres.

La reconciliación física es un lenguaje mucho más primitivo y directo. El cuerpo no miente, ¿no dicen eso?

—No entiendo —dije.

—Sí, Marco… sí entiendes. Mira, ahí está tu esposa.

¿La ves? Hermosísima, por cierto… —David se tomó un trago de whisky sin apartar la mirada de ella—.

Observa la forma en que respira, la forma en que se aferra a esa copa como si fuera su única tabla de salvación.

Es tuya, ¿no te cansas de decirlo cada vez que tienes oportunidad?

Pues tómala como tal. Quiero ver qué tan "esposa" es cuando las cosas se ponen al rojo vivo.

—¿Y eso qué tiene que ver? —le espeté, intentando mantener la compostura, aunque sentía que el suelo se abría bajo mis pies—. No entiendo a dónde quieres llegar.

David se acercó más a mí. Invadió mi espacio personal. Su aroma a tabaco y alcohol me mareó.

—Claro que entiendes. Eres un hombre inteligente, Marco, solo que eres un cobarde. Ahí está tu mujer, tu esposita amada, la madre de tus hijos que aún no existen, la contadora intachable. Pues entonces, si tanto dices que la amas, ponla a prueba. Ponla a cuatro patas… y cógela delante de mí.

El mundo se detuvo. El sonido del jazz de fondo se volvió ensordecedor. Sentí que el corazón se me iba a salir por la boca.