Dueño de tu Mujer Libro 2 (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

Seguí al Audi plateado por la avenida principal.

Mis manos sudaban a mares sobre el volante.

Mantuve una distancia prudente. Mi cerebro era una lavadora triturando cristales.

¿Qué carajos iba a pasar en ese penthouse?

¿Realmente iban a intentar una "reconciliación"?

¿O era simplemente el último capítulo de mi humillación pública?

El trayecto duró veinte minutos que se sintieron como veinte años de tortura. Mi jefe, el hombre que me había arrebatado a mi esposa, ahora me invitaba a su territorio privado para terminar de ejecutarme.

Y yo, patético, cobarde, me iba arrastrando detrás, como un perro callejero que sabe que le van a dar una patada, pero que no sabe vivir lejos de la bota que lo patea.

Llegamos a la Torre Adamant.

David se detuvo frente a la pluma de seguridad del edificio. El mismo guardia de traje negro que ya me conocía, levantó la pluma al reconocer el auto. Le dijo algo sobre mí, y el guardia asintió.

El Audi entró. Yo me pegué detrás, pagando el peaje con la tarjeta que David me había dado al inicio de la apuesta, sintiendo cómo el destino se cerraba sobre mí.

Nos estacionamos en la bahía de valet parking. David bajó del auto, imponente con su camisa de lino y su pantalón de vestir. Dio la vuelta y abrió la puerta para Regina.

La vi salir de nuevo. Esa silueta esbelta, el brillo de la seda esmeralda bajo la luz del estacionamiento subterráneo. David le puso una mano en la parte baja de la espalda. Un toque protector. Sutil.

Y ella, mi Regina, la mujer que más amaba en el mundo, no lo apartó. Se dejó guiar hacia las inmensas puertas de cristal del lobby, caminando a su lado, buscando su calor.

—Síguenos, Marquito —dijo David, como si acaso yo no supiera el camino.

La última vez que había estado ahí, Rubí le había estado comiendo la verga y yo había quedado como un pajillero mirón.

Miré hacia el frente, y estaban subiendo por ese maldito elevador directo al penthouse. Y yo estaba ahí, caminando detrás de ellos, como un espectador patético.

La hostess del lobby nos vio entrar. Nos saludó con una sonrisa profesional, un saludo que ocultaba el secreto de la lujuria que ese penthouse albergaba.

Entramos al ascensor. El silencio fue total mientras subíamos.

David estaba de pie, imponente, mirando las puertas metálicas.

Regina estaba a su lado, con la vista fija en el suelo, las manos cruzadas sobre su bolso.

Yo estaba detrás, mirando la nuca de ambos, sintiendo cómo cada piso nos acercaba más al abismo.

El ascensor se detuvo. Las puertas se abrieron, revelando el recibidor del penthouse.

No hubo palabras. Solo el ruido de nuestros pasos sobre el mármol, un sonido seco, metálico, que anunciaba mi llegada al final del camino.

David abrió la puerta de madera oscura. La luz de la sala se encendió automáticamente con un sensor de movimiento, inundando el lugar con una calidez artificial que contrastaba con el frío que yo sentía en las entrañas.

—Pasen, por favor —dijo David, señalando con la mano el inmenso salón—. La noche es joven, y tenemos mucho de qué hablar.

Entramos. La sala, con luz, era un espectáculo de diseño, inmensa, con ventanales que dejaban ver la ciudad a kilómetros de distancia.

Regina caminó hacia el centro, deteniéndose frente a la barra de granito.

Se quitó la gargantilla negra con un movimiento suave, casi sensual, dejando el cuello desnudo expuesto a la luz.

David se dirigió a una pequeña cava de vinos integrada en la pared.

—¿Un trago, Regina? —preguntó—. Necesitamos estar relajados para que la reconciliación sea genuina.

Regina dudó un segundo. Sus ojos grises, brillantes por el alcohol del bar, se fijaron en la cava.

—Sí —respondió, con esa voz ronca que me ponía los pelos de punta—. Un poco más de vino.

David sirvió el vino en dos copas de cristal fino. Me ignoró por completo. Me dejó ahí, parado en medio de la sala, con mi traje azul marino arrugado y el corazón hecho trizas.

—¿Y tú, Marquito? —dijo David, sin voltear—. ¿Te vas a quedar ahí parado como un mueble, o vas a buscarte algo de beber?

—Ya voy.

Caminé hacia la barra, sintiendo que mis piernas iban a fallar. Me serví un whisky doble, sin hielo, intentando ahogar el terror que me devoraba por dentro.

La reconciliación iba a empezar, y yo estaba a punto de ver cómo mi jefe y mi esposa, en la intimidad de su refugio, decidían si yo seguía siendo parte de sus vidas o si me desechaban como el juguete roto que ya era.

David se acercó a Regina. Le entregó la copa. Sus dedos se rozaron por un instante. Un contacto eléctrico. Regina no se apartó. Al contrario, vi cómo su hombro izquierdo se relajaba un poco bajo el toque de David.

—Tenemos que ser honestos, Marco —dijo David, mirándome por encima del hombro de mi esposa—. El matrimonio es una estructura frágil. Y la confianza... bueno, la confianza es algo que se gana con mucho esfuerzo y se pierde en un segundo.

—Lo sé —murmuré, bebiendo el whisky de un solo trago, sintiendo el ardor en el pecho—. Lo sé mejor que nadie.

—Entonces, ¿qué hacemos? —intervino Regina, con un hilo de voz, sin apartar la mirada de David—. ¿Cómo borramos todo esto? ¿Cómo podemos volver a ser los que éramos antes de que todo se fuera a la mierda?

—No podemos volver a ser los de antes —respondió David, con una frialdad matemática—. Eso es imposible. Lo que pasó ya es parte de su historia. Lo que tienen que decidir ahora es si quieren construir algo nuevo... o si quieren dejarlo todo.

Sus palabras sonaron como una sentencia de muerte. Construir algo nuevo... ¿sobre los escombros de mis cuernos? ¿Con el hombre que se la había cogido mirando cómo yo me masturbaba en mi cubículo?

Era el plan más siniestro que había escuchado en mi vida. Y lo peor de todo, era que ahí estaba yo, parado en su sala, participando en la puta reunión para ver si me dejaban seguir existiendo.

Regina bebió su vino de un trago, vaciando la copa. Me miró, y por primera vez en toda la noche, su expresión se suavizó un poco. No era amor, era algo más profundo. Era una conexión de dos personas que habían sido arrastradas al mismo lodo.

Capítulo 7 (Continuación y Expansión)

La atmósfera en el penthouse era asfixiante, una jaula de cristal con vista panorámica a una ciudad que no se detenía por nuestros dramas.

David se movía por el salón como si fuera el dueño no solo de este espacio, sino de nuestras vidas.

Sirvió otra ronda de whisky y nos miró a los dos, de pie junto a la barra de granito, como si estuviéramos en una entrevista de trabajo que terminaría muy mal.

—De alguna manera, tienen que hablar —soltó David, lanzando el hielo contra el cristal del vaso con un sonido seco—.

Ustedes tienen un problema de comunicación grave.

Y yo, que me dedico a los negocios, entiendo que no se puede construir nada sobre los cimientos de la mentira.

Así que vamos a arreglar sus pedos aquí, ahorita, para que lo nuestro fluya.

Me sentí pequeño, un apéndice innecesario en la sala de mi propio jefe. Regina, por su parte, se mantenía erguida, con la mirada clavada en la ciudad, ignorando el vaso que David le ofrecía.

—¿A qué te refieres con "para que lo nuestro fluya"? —pregunté, sintiendo que la voz me salía forzada, como si estuviera hablando a través de un tubo—. ¿Qué es exactamente lo que quieres que "fluya"?

David dejó el vaso sobre la barra y caminó hacia nosotros, rodeando a Regina con una cercanía que me provocó un ardor nauseabundo.

Apoyó una mano en el respaldo del sofá, justo detrás de sus hombros.

La sola presencia de David, con su aroma varonil y esa arrogancia de hombre que no conoce el "no", hacía que Regina se tensara, aunque, para mi tormento, no se alejó.

—Me refiero a que han vivido una farsa durante años —respondió David, con un tono paternalista que me daba ganas de vomitar—.

Se nota. La relación que tengo con Regina me recuerda que ella es una mujer que necesita ser guiada.

Ella será mi mujer durante los meses que vienen, Marco, de acuerdo a la puesta por la que por cierto se hizo este drama. Ya aceptó serlo. Es un hecho.

El aire me faltó de golpe. Sentí que el piso se movía bajo mis pies. Regina se giró rápidamente, y aunque su rostro mantenía esa frialdad de hielo, vi cómo sus ojos grises brillaban con una chispa de rebeldía controlada.