Capítulo 2
—¡¿En verdad me estás preguntando eso?!
El siseo furioso de Regina cortó el silencio sepulcral de nuestra recámara matrimonial. Se incorporó de golpe sobre el colchón. La escasa luz amarillenta que se entraba desde la calle a través de las persianas iluminó su silueta tensa.
Llevaba puesto un babydoll negro, de tela casi transparente, que apenas lograba contener la inmensidad de sus tetones y que dejaba adivinar las curvas pesadas de sus caderas en la penumbra.
Su rostro, todavía enmarcado por el cabello húmedo tras haberse lavado la cara en el baño, se contorsionó en una mueca de franca incredulidad y asco. Me miraba desde su lado de la cama como si yo fuera una plaga.
Tragué saliva. La garganta me raspaba. Mis manos temblaban sobre las cobijas, a escasos centímetros de ella.
—Solo te hice una pregunta, Regi... —balbuceé, manteniendo la voz baja para no alterarla, pero intentando calmar la tormenta que yo mismo había desatado—. Necesito saber qué fue lo que pasó. Necesito entender en dónde estamos parados.
—¿En dónde estamos parados? —soltó ella una carcajada amarga, seca, desprovista de cualquier alegría, apoyando las manos sobre las sábanas—.
Estamos parados en la mierda, Marco. En la mierda que tú mismo escarbas.
Me entregaste a tu jefe, dejaste que me llevara a su departamento, dejaste que me amarrara como a un animal...
¿y ahora tienes el descaro de pedirme detalles? Eres un enfermo.
—Estabas chateando con él en ese momento —la ataqué, impulsado por una mezcla de rabia y desesperación, señalando con un dedo tembloroso hacia la puerta del pasillo—.
Ahorita mismo, escondida en el baño. Los vi a los dos en línea, Regina.
¿Qué te dijo? Dime, ¿cómo mierdas se supone que vamos a arreglar nuestro matrimonio y a alejarnos de él, si a las tres de la mañana te vas a encerrar para mensajearte con ese cabrón?
Regina apretó los labios. El coraje le infló el pecho bajo la tela transparente del babydoll.
—Lo único que me faltaba es que te volvieras tóxico.
—¿Y no tengo razones?
—¡Obvio no!
—¡Estaban conectados ambos! ¿Me lo vas a negar, Regina?
—Te estás volviendo loco, Marco, yo no estaba hablando con él—se defendió ella, afilando la mirada.
—¡Pero estabas conectada!
—¡Estaba viendo los estados de whats! ¿En qué otra cosa se puede entretener una persona a estas horas de la madrugada en el baño?
—No te mientas, Regina. Y no me mientas a mí —me acomodé en el colchón, acercándome apenas unos centímetros, acorralándola con mis sospechas—. Vi tu celular. Vi cómo se bloqueó la pantalla cuando entraste. Estabas hablando con él.
—¡Que no, con un carajo!
—¡Regina!
—Es más, por mí puedes pensar lo que quieras.
El instinto de supervivencia me ordenaba darme la vuelta, darle su espacio, dejar que la rabia se enfriara y dormir. Pero mi mente, secuestrada por esa enfermedad morbosa que llevaba años alimentando en foros de internet, me empujó a presionar más.
—Está bien, está bien, no te enojes, si dices que no es que no.
—¡Es porque es que no! Y si él estaba conectado a esa hora, sería coincidencia. ¿O qué? ¿Quieres revisar mi celular para verificar que lo que digo es cierto?
Regina acababa de lanzarme una prueba de fuego. Donde ella podía quedar ahora mismo como mentirosa, o yo como un puto celoso de mierda por celos infundados.
Decidí, con todo el dolor de mi corazón, no caer en la tentación de revisarlo. Tampoco quería quedar peor ante mi mujer.
Aun así. Los celos me quemaban las entrañas, el dolor de la traición me partía el alma, pero la excitación... la excitación era un fuego abrasador que ya empezaba a hincharme la entrepierna dentro de mi pantalón de pijama.
—No, no es necesario, mujer, ya, tranquila.
Bajé la mirada. A través de la tela negra y traslúcida del babydoll, noté un detalle que me taladró el cerebro.
—El depilado brasileño... —murmuré, señalando su pubis expuesto—.
Ese que vi cuando te estabas bañando. Ese que nunca te habías querido hacer en cinco años de matrimonio porque decías que te irritaba la piel.
¿Por qué te lo hiciste justo ahora, Regina?
¿Te lo pidió él? ¿David te ordenó que te rasuraras toda para que él pudiera verte mejor?
Regina se quedó congelada. La respiración se le atoró en el pecho. Sus ojos grises me fulminaron, pero la vergüenza de haber sido descubierta en un acto de sumisión tan íntimo la hizo estallar.
Agarró el borde del babydoll negro desde sus muslos y, con un movimiento cargado de fastidio, rabia y agotamiento, se lo sacó por la cabeza. Lo aventó al piso de la habitación.
Se quedó ahí, completamente desnuda, sentada sobre sus talones frente a mí.
Su cuerpo abundante, hermoso, carnoso y lechoso se presentó ante mis ojos. Sus tetones enormes y pesados, rebotaron levemente al caer libres. Los pezones rosados estaban endurecidos por el clima frío de la habitación y por la tensión del momento.
Y ahí, entre sus piernas gruesas, su sexo lucía completamente liso, depilado al ras, exponiendo unos labios vaginales hinchados y rosados. Solo una raya apuntaba hacia su vagina, como si fuera una flecha.
—Ya habíamos hablado antes de eso —dijo ella, arrastrando las palabras con un desprecio letal—. Me dijo que quería verme la panocha limpia, como a una de sus putas. ¿Estás contento? ¿Eso querías escuchar?
El impacto visual y verbal me robó el aire de los pulmones. Mi miembro palpitó dolorosamente dentro de mi pijama. Era mi esposa. Mi mujer. La dueña de mis quincenas, arrodillada en nuestra cama, exhibiendo el cuerpo desnudo y preparado que otro hombre acababa de disfrutar sin ningún límite.
Tragué saliva, sintiendo el sudor frío resbalarme por las sienes.
—Dime qué te hizo, mi amor —le supliqué, con un hilo de voz, sintiendo cómo el corazón me martillaba contra las costillas—. Cuéntame qué pasó en ese penthouse. Si vamos a superar esto... si vamos a intentar arreglar nuestro matrimonio, no pueden haber secretos.
Regina frunció el ceño. Hizo una mueca de profundo asco, cerrando los ojos por un instante.
—Eres un cínico —susurró ella, negando con la cabeza—. Quieres usar mi humillación para tus cochinadas mentales. Crees que te voy a dar material para que te vayas al baño a masturbarte. Me das lástima, Marco. De verdad, me das una lástima infinita. Eres un puto enfermo, ¿en serio se te paró?
A pesar de su repulsión, cruzó los brazos bajo sus senos, sosteniéndoles el peso, mirándome con una mezcla de odio y un cinismo oscuro que apenas le estaba naciendo. Ella sabía que el daño estaba hecho. La coraza de la contadora intachable se había roto para siempre.
—Creo que tengo derecho a saberlo, Regina.
—¿Derecho? ¿Tú tener derecho?
—Sufrí… todos estos días aquí, en que no estuviste, sufrí.
—¿Sufriste mientras te la jalabas? Por favor, no seas ridículo, Marco Antonio.
—¡Sólo déjame saber… algunas cosas!
—¿Y qué es lo que quieres saber, pues? Dímelo —me retó Regina, con la voz carente de cualquier pasión—. Termina de una vez con tu interrogatorio enfermo para poder dormir.
Recogí mis lentes del buró y me los acomodé para verla mejor, intentando disimular el temblor de mis manos. La mente se me llenó de las imágenes gráficas que David me había mostrado en su oficina. Yo había visto los videos, pero mi morbo exigía que ella me lo confirmara.
—¿La tiene grande? —solté la pregunta de golpe, casi sin respirar.
Por supuesto que la tenía grande, yo mismo la había visto en el video, pero quería conocer sus propias impresiones. Quería saber qué opinaba ella del macho con el que me había puesto los cuernos, en gran parte, por mi propia culpa.
—¿Te refieres que si tiene grande… eso?
—Sí, su verga, ¿la tiene grande?
—¿A caso no la viste ya en ese puto video?
—Quiero saberlo por ti.
Regina parpadeó. Sus ojos grises se abrieron levemente ante la crudeza de mis palabras.
—¿Ahora te has vuelto maricón y te excita saber si tu jefe la tiene grande?
—¡Nooo! —me apresuré a responder—.¡Es solo… es solo curiosidad, quiero saber lo que opinas tú al respecto.
—¿Y qué voy a opinar?
—Pues eso, sólo contéstame y ya, Regi, por fa.
Mi esposa dejó escapar un suspiro largo, pesado, bajando la mirada hacia las sábanas deshechas.
—No la tiene grande, Marco. La tiene enorme, si es lo que quieres saber —respondió ella, con una franqueza brutal, soltando las palabras como si fueran golpes de martillo—. Es muchísimo más gruesa y larga de lo que imaginaba.
—¿O sea que te la llegaste… a imaginar… incluso antes de que pasara? —pregunté, tratando de no sonar a reproche.
—Pues no así como imaginármelo… pero pues… sí, de alguna manera.
—¿Y cuándo se la viste, entonces, por primera vez?
—Ya lo sabes, Marco.
—¿La primera ves que te llevó a su departamento? ¿Cuándo te amarró?
—Creo que sí —dijo ella, como si fuera cualquier cosa—. Solo recuerdo que cuando se la vi por primera vez y me la restregó por la cara... me asusté. Pensé que no me iba…
—A entrar… a caber —contesté yo casi sin aliento, recordando exactamente cómo David me lo había narrado.
—Pues sí, algo así, normal, ¿no?, con una cosa enorme como esa.
Sentí un piquete directo en el pecho.
—Es que tampoco debería ser extraño —continuó, como si quisiera justificarse—, todo en David es enorme, quiero decir. Pues eso.
La confirmación por mi propia esposa de la superioridad física de mi jefe me aplastó el ego, pero la imagen mental de Regina asustada frente a la masculinidad de mi David me provocó una punzada de excitación incontrolable.
—¿Pero entonces se la chupaste primero?
Regina asintió lentamente, regresando al relato de su sometimiento total.
—Pues es lo natural…
—¿Es lo natural chupársela?
—Te la he chupado a ti, Marco.
—¡Pero yo soy tu marido!
—Y David es tu jefe, ¿pero y eso qué? Tampoco fue para tanto.
—¡Le chupaste la verga prácticamente a un desconocido!¡No tienes ni dos semanas de conocerlo y ya se la mamaste!
—No empieces de quejumbroso.
—¿Pero entonces te la metió toda en la boca? —pregunté.
—Pues una mamada ¿por dónde se hace sino? Obvio.
—O sea, pero cómo.