Dueño de tu Mujer Libro 2 (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 1 #3
8%

Capítulo 1 #3

—¡Claro que funcionan así! —di un paso hacia ella, extendiendo las manos—. ¡Es tu decisión! ¡Tú tienes el control! Si tú lo cortas, él no puede obligarte a nada. Se termina el juego, mi amor. Nos recuperamos a nosotros mismos.

Regina apretó los labios. Llevó su mano derecha hacia su propio cuello, frotando suavemente una pequeña marca rojiza, un rastro tenue de los dientes de mi jefe que yo había intentado ignorar toda la maldita noche.

—Lo intentaré... —dijo ella, esquivando mis ojos, clavando la vista en la ventana de la cocina—. Te prometo que voy a intentarlo. Pero aún quedan cosas pendientes con él.

El estómago se me encogió. Un nudo de celos y pánico me cerró la garganta.

—¿Qué cosas pendientes? —exigí saber, sintiendo que la sangre me hervía—. ¡Él ya ganó! ¡Ya te tuvo en su cama todo el fin de semana! ¿Qué putas cosas tienes que aclarar tú con ese cabrón?

Regina tensó la mandíbula. Su postura se volvió rígida, defensiva, adoptando esa barrera de hielo que usaba para alejarme.

—Son asuntos nuestros, Marco. Detalles que tengo que cerrar con él en persona —respondió con una frialdad tajante—. No te incumbe.

—¡Claro que me incumbe, eres mi esposa! —grité, golpeando la barra con la palma de la mano—. ¡Dímelo! ¿Qué le debes? ¿Te está chantajeando con algo más?

—¡Dije que no te voy a responder eso! —escupió ella, fulminándome con la mirada—. Ya te conté la verdad de la apuesta. Ya asumí mi culpa. Pero lo que me toca hablar con David, lo hablaré yo sola. Respeta mi espacio.

Su negativa fue un balazo directo a mi ego. Estaba protegiendo su intimidad con mi jefe. Me estaba excluyendo de una parcela de su vida que ya le pertenecía por completo a él.

Me dejé caer contra el marco de la puerta de la despensa, sintiendo las piernas de trapo. Mi mente, enferma y paranoica, empezó a conectar los puntos más dolorosos.

—Regi... mírame a los ojos y respóndeme una sola cosa —le supliqué, con la voz quebrada, sintiéndome la persona más patética del planeta—. En estas dos semanas... en todas esas noches que te fuiste a su penthouse... ¿pasó algo más allá del sexo?

Regina frunció el ceño, confundida.

—¿A qué te refieres?

—A tus sentimientos —tragué saliva, saboreando mis propias lágrimas saladas—. ¿Te llegaste a enamorar de él? ¿Sientes amor por David?

Regina me miró fijamente por un par de segundos antes de soltar una risa amarga, casi ofendida. Echó la cabeza hacia atrás, mirándome con un franco desprecio.

—¡Por Dios, Marco, sé realista! —exclamó, alzando los brazos—.

¿Enamorarme? ¿De un hombre como él? Y encima, ¿en dos semanas?

Nadie se enamora de un animal como David Montenegro en dos malditas semanas.

Es un sádico. Es un monstruo prepotente, un narcisista enfocado en su propio beneficio.

Me usó para destruirte el ego y me trató como a una puta de mierda.

El amor no funciona así, idiota. Yo a ti te amo. A él no lo amo.

Sus palabras fueron directas. Contundentes. Traté de respirar profundo, obligándome a estar tranquilo, intentando aferrarme a esa confesión para calmar el terror de mi corazón. Ella no lo amaba. No había romance.

Pero mi alivio duró exactamente tres segundos.

Mientras me aseguraba que David era un monstruo, los ojos de Regina se desviaron fugazmente hacia la pantalla negra de su celular, que descansaba sobre el desayunador. Fue un microsegundo de ansiedad palpable, una mirada hambrienta, esperando que la pantalla se iluminara con el nombre de su dueño.

Y su lenguaje corporal la traicionaba por completo. Sus piernas estaban ligeramente cruzadas, rozándose entre sí con una tensión nerviosa. Al pronunciar la palabra "sádico", su voz no tembló de miedo ni de asco; su tono descendió una octava, cargándose de una reverencia oscura y húmeda.

—Él tiene una forma de hacer las cosas... —murmuró Regina de pronto, casi para sí misma, bajando la mirada hacia sus propias manos, con las pupilas dilatadas—. Una fuerza que te envuelve, Marco. Una autoridad que no te deja pensar. Te arranca el control por completo.

La sangre se me heló en las venas.

Ahí estaba. La confesión más destructiva de todas.

Regina no estaba enamorada de David. Tenía razón. El amor requiere tiempo, ternura, complicidad. Lo que ella sentía por mi jefe era muchísimo peor.

—¿Qué quieres decir con eso?

—¡Nada, nada!

Pero yo sabía la verdad. Ella estaba enganchada.

En pocos días se había vuelto adicta a la adrenalina, al sometimiento, a la forma en que ese macho alfa le rompía la voluntad y el cuerpo.

Era una drogadicta defendiendo la aguja que le destrozaba las venas.

Aunque ella lo negara a gritos, aunque se escudara en la responsabilidad y en su supuesto desprecio hacia él, su cuerpo entero irradiaba la necesidad enfermiza de volver a sentir las manos de David sobre su piel.

Yo la había perdido. No frente a un amante romántico, sino frente a un amo. Y ella, mi Regina, estaba dispuesta a regresar al matadero por su propia voluntad.

—Vete a bañar, Marco… —dijo Regina de repente, dándome la espalda definitivamente, cortando la discusión de tajo.

—Regi… —intenté insistir, estirando una mano hacia ella.

—Dije que te vayas a bañar. Yo haré la pasta —sentenció, con esa voz robótica y vacía que usaba para levantar muros a su alrededor.

Obedecí. Entré al baño sintiéndome un extraño en mi propia casa. El agua caliente me quemó la piel, pero no logró arrancar la capa de humillación que llevaba pegada al cuerpo. Lloré en silencio bajo el chorro, ahogando mis sollozos para que ella no me escuchara desde la cocina.

La cena fue un funeral. Nos sentamos a la pequeña mesa del desayunador, masticando la pasta con salsa de tomate que sabía a cartón, a cenizas.

El silencio entre nosotros era una entidad física, densa, aplastante. Solo se oía el roce de los tenedores contra la cerámica. Ninguno de los dos se atrevió a levantar la vista.

—Estoy exhausta, me iré a dormir —anunció ella apenas terminó, dejando el plato en el fregadero.

Fui a la cama unos minutos después.

La recámara estaba a oscuras. Me recosté en mi lado del colchón, sintiendo el abismo de medio metro que nos separaba. Nos dijimos unas cuantas palabras vacías, un par de "buenas noches" carentes de alma.

El peso de los últimos días nos pasó factura de golpe. El desgaste mental y físico nos derribó, y, contra todo pronóstico, nos quedamos dormidos muy temprano.

Pero el infierno rara vez te deja descansar. A la mitad de la noche, abrí los ojos de sobresalto.

La cama estaba helada a mi derecha. Me incorporé a medias, frotándome la cara.

Una línea delgada de luz se filtraba por debajo de la puerta del baño.

Escuché el sonido del agua de la llave correr por unos segundos, pero mi instinto de cornudo me alertó de inmediato.

Había dejado su teléfono en el buró antes de dormir, y ahora el aparato ya no estaba ahí. Se lo había llevado con ella.

Agarré mi propio celular en la oscuridad. Eran las tres y cuarto de la mañana. Y los celos estallaron. Tuve una sospecha. Entré a WhatsApp con los dedos temblando, empujado por esa necesidad enfermiza de lastimarme.

Ahí estaba.

Regina: En línea.

El estómago se me revolvió. Busqué el contacto de mi jefe.

David: En línea.

Los celos me explotaron en el pecho con la fuerza de un martillo. Estaban chateando. A las tres de la madrugada, mi esposa, la mujer que me había jurado que intentaría cortar lazos, estaba encerrada en el baño de nuestra casa, enviándole mensajes al macho que le había desbaratado las entrañas.

Ardí en cólera. Sentí la necesidad de pararme, patear la puerta del baño y arrebatarle el teléfono de las manos, pero el miedo a su rechazo definitivo me mantuvo anclado a las sábanas. No quería pelear. Ya no tenía fuerzas para seguir perdiendo.

La puerta del baño se abrió con un ligero clic.

La silueta de Regina se recortó en la penumbra. Vi el leve resplandor de la pantalla de su celular iluminando su rostro concentrado antes de que ella lo bloqueara rápidamente al entrar a la recámara. Caminó descalza hacia la cama, creyendo que yo seguía sumido en la inconsciencia.

Se acostó dándome la espalda.

—Cuéntame, Regina, mi amor… —dije directamente, rompiendo el silencio sepulcral de la habitación.

Ella dio un respingo en el colchón. Su respiración se detuvo por una fracción de segundo.

—¿Estás despierto, Marco? —respondió, intentando que su voz sonara adormilada y casual—. Perdón si te desperté, tenía ganas de hacer pis.

Tragué saliva, sintiendo que el poco orgullo que me quedaba se escurría por el borde de la cama, devorado por la excitación oscura que me generaba su traición.

—Regina… dime… —murmuré, con la voz quebrada, acercándome apenas unos centímetros hacia su espalda inmóvil—. ¿Qué te hizo él? ¿Cómo te cogió exactamente para que te hayas enganchado a él así de rápido?