Double Puck (The Morrison Brother’s 2) 24. Epílogo
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24. Epílogo

Epílogo

Darcy

D os semanas después, estoy sentada en el despacho de Colin Holden observando a mi novio.

Sí.

Beck Morrison es ahora oficialmente mi novio .

Y para una chica criada en un mundo de clases de ballet, lecciones de francés y cenas de gala…

Me da una sensación inusualmente… reconfortante .

Colin está de pie detrás de su escritorio con un traje de neopreno verde fosforito bajado hasta la cintura. Hay una tabla de surf apoyada en el archivador de la esquina y bota sobre las puntas de los pies como un hombre cuya vista para la condicional va bien.

—Justo aquí. Y aquí —dice, dando unos golpecitos en el papel y mirando el reloj de la pared—. Pon tus iniciales aquí. Genial. Maravilloso. Fantástico.

Beck firma con un movimiento de muñeca, sonriendo todo el tiempo.

—¿Ya está? —pregunta Beck mientras hace girar el bolígrafo entre los dedos—. Parecería que rechazar millones de dólares debería implicar más fuegos artificiales o un espectáculo de luces láser. Una ceremonia, quizá.

—Ya está. —Colin le arrebata el papel y lo mete en una carpeta—.

¡Muy bien! Las negociaciones del traspaso quedan oficialmente cerradas.

Se ha informado a Las Vegas de que quieres quedarte aquí y también a la liga.

—Exhala como lo hace un hombre cuando un titular demoledor para la franquicia se esfuma—.

Beck Morrison sigue siendo un Beachside Bear.

Una cálida oleada me recorre el cuerpo.

Nos ha elegido a nosotros. Ha elegido quedarse aquí.

Beck me pilla mirándolo y sonríe como si supiera exactamente lo que estoy pensando.

—Una última cosa. —Colin va a coger su tabla de surf—. Tienes una última sesión con la doctora Sinclair esta tarde. Cierra el expediente de evaluación y cumple todos los requisitos que necesitamos si alguna vez nos auditan.

Beck echa la cabeza hacia atrás.

—¿Es una broma? ¿Hay papeleo para el crecimiento personal ?

—Bienvenido al deporte profesional. Hay papeleo para todo, hijo. —Colin se detiene en la puerta y me señala—. Darcy, deberías ir con él. Eso redondeará bien el expediente.

Las cejas de Beck se disparan.

—Espera. ¿Ahora van a evaluar a Darcy?

—Eso no es lo que ha dicho.

—A la doctora le vas a encantar. —Se levanta, sonriendo mientras me ofrece la mano—. Pero no le cuentes lo que pasa cuando me quito el cinturón y te digo que te portes bien.

—Oh, Dios mío. ¡Beck!

—¿Ves? —Mira a Colin y le guiña un ojo—. Ya está a la defensiva. Esto podría llevar horas.

Le doy una palmada en su mano.

—Vamos. Ahora.

—Míranos… Ya en terapia de pareja. —Entrelaza nuestros dedos—. Esta relación va muy deprisa, nena.

El despacho de Poppy Sinclair es, y lo digo como una Madden que ha recorrido todos los hoteles de cinco estrellas del hemisferio occidental, la habitación más relajante en la que he entrado jamás.

Las puertas del balcón están entreabiertas, y la brisa marina se cuela entre unas cortinas blancas. Poppy nos hace pasar, e inmediatamente, Beck se desparrama en uno de los sillones que se han hecho famosos en este edificio por hacer llorar en ellos a jugadores de hockey hechos y derechos.

—Doctora. Me alegro de verla. Colin sugirió que trajera a un testigo hoy. Espero que no le importe.

Poppy enarca las cejas.

—¿Un testigo?

—Sí. Mi novia.

—Soy tu analista cuando trabajamos, Beck —lo corrijo—. Y, Poppy, Colin me ha pedido que esté aquí para completar el expediente. Espero que no te importe.

Poppy ríe suavemente.

—Bueno, teniendo en cuenta que Corbin Cole de algún modo olvidó que tenía cita ayer y se pasó cuarenta minutos escondido en el vestuario, estoy encantada de que alguien haya venido por voluntad propia.

Beck se anima.

—¿El novato se saltó la terapia?

—Eso es confidencial, Beck.

—Literalmente acabas de contármelo —frunce el ceño.

Poppy hace una pausa, respira hondo tres veces y parpadea como si hubiera completado el reinicio.

—Bienvenida, Darcy. Me alegro de tenerte aquí. —Poppy sonríe y se acomoda frente a nosotros, con el bloc de notas apoyado en la rodilla—. Bueno, Beck, ¿cómo llevas todo? Tu padre. La familia.

Beck respira hondo, mirando por la ventana con esa sonrisa todavía pegada a la cara.

Lleva ahí dos semanas, y cada vez que la miro, mi corazón canta.

No hemos pasado ni una sola noche separados, y ahora Beck incluso sale a correr conmigo todas las mañanas. Negoció este acuerdo y, para mi sorpresa, su única condición innegociable no fue que me pusiera sus «leggings sexis» favoritos, sino que paráramos en Goldie's después.

Le he dicho que estoy bastante segura de que solo espera volver a pillar a Kai con el cuero negro y el látigo, y no lo ha negado ni una sola vez.

Mi apartamento ha empezado a llenarse poco a poco de sus cosas. Un cepillo de dientes, una sudadera de los Bears que he reclamado oficialmente y una cantidad verdaderamente ofensiva de camisetas de grupos de música vintage .

Beck cocina exactamente una vez a la semana, pero empiezo a sospechar que en realidad pide los tacos de Rico y los hace pasar por suyos.

Pero no me importa.

Me duermo sobre su pecho cada noche, viendo películas que he elegido yo y que a él le gustan de verdad, a pesar de que se pasa todo el rato quejándose de que « ¡hasta Declan elige mejores películas que tú! ».

Y el sexo. Dios, el sexo.

Cada noche, Beck Morrison hace que se me encojan los dedos de los pies. A veces dos veces.

Me ha abierto la mente a un mundo de cosas que nunca me habría planteado probar antes. Es divertido, emocionante, y ni una sola vez ha intentado chuparme los dedos de los pies.

Pero son los momentos de calma los que me llegan.

La forma en que canta en voz baja cuando me prepara el café por la mañana.

La forma en que me mira cuando me río demasiado y suena como un resoplido.

O la forma en que he dejado de revisar mi trabajo tres veces antes de enviarlo, porque en algún momento, un hombre que no puede estarse quieto me enseñó a dejarme llevar y a empezar a vivir mi vida.

Estoy ridículamente enamorada de Beck Morrison.

Y los datos que dicen que no debería estarlo pueden, como diría Beck, irse a la mierda .

—Hablé con papá otra vez el domingo. Durante veinte minutos enteros, nadie gritó, nadie lloró, y solo hizo un comentario raro sobre mamá.

—Beck se encoge de hombros, agarrándose al sillón—.

La familia sigue hecha un desastre. Zoey amenaza con venir en avión y «poner orden», lo que históricamente significa que nos va a traer un camión lleno de productos de repostería.

Pero, en general, estamos bien. Yo estoy bien.

—¿Y tus hermanos? —pregunta Poppy.

—Mason ha estado actuando raro últimamente, pero el «raro» de Mason es como una persona normal que está ligeramente distraída. Así que quién sabe qué le pasa.

—¿Raro cómo?

—No sé. Sonriéndole al móvil todo el rato. Saliendo a horas extrañas. No hago preguntas de las que no quiero saber la respuesta. —Estira las piernas—. Pero yo estoy bien, doctora. De verdad.

Poppy toma una nota.

—¿Y qué se siente al tomar tus propias decisiones ahora?

Beck suspira desde lo más profundo de su alma.

—Sinceramente, es agotador.

El bolígrafo de Poppy deja de moverse.

—¿Perdona?

—Ahora tengo que tomar todas mis propias decisiones. ¡Nadie me avisó de que habría tantas! Ayer Mason me preguntó qué quería para desayunar y, sin más, aceptó mi respuesta. Ni siquiera me dijo si era nutricionalmente apropiado.

—Pediste gofres —digo, eligiendo este momento para entrar en la conversación.

—Exacto. ¡Soy un atleta profesional! ¿Dónde estaba la supervisión?

La boca de Poppy se contrae bajo una sonrisa. Entonces, sin previo aviso, esa mirada terriblemente tranquila se vuelve hacia mí.

—Y tú, Darcy, ¿cómo llevas el haberte equivocado?

Beck se echa a reír al instante. Una carcajada sonora que casi lo hace caerse del sillón.

—Con cuidado, doctora. Esa palabra todavía la pone nerviosa.

— Perdona . Lo llevo bien —digo con dignidad.

Y aquí viene lo extraño. Es que de verdad lo llevo bien.

Mi informe estaba equivocado. Yo me equivoqué, y lo admití.

Y el mundo no se acabó.

A pesar de que tomé la decisión equivocada sobre el traspaso, Colin sigue consultándome los datos antes de cada reunión sobre la plantilla.

El entrenador me ha seguido pidiendo mi opinión después de los dos últimos partidos.

Incluso mi madre sobrevivió a la cena de la semana pasada en Beverly Hills sin que se murmurara ni una mala palabra sobre la familia Madden.

Tal y como Beck prometió, la Tierra ha seguido girando.

—Me pasé toda la vida pensando que un error lo derrumbaría todo —digo—. Resulta que el edificio se mantiene en pie. Es… agradable. Me quita presión para poder disfrutar de las pequeñas cosas de la vida.

—¿Perdona? ¿Pequeñas cosas? —Beck se señala a sí mismo con ambos pulgares—. El tamaño de mi… no tiene nada de malo.

—¡De acuerdo! —Poppy se levanta de un salto y escribe rápidamente algo que pagaría por leer—. Pasemos a otra cosa.

Pero justo cuando va a abrir la boca, llaman a la puerta. Poppy frunce el ceño, y así sé que es raro que la interrumpan de este modo.

—Oh. Lo siento muchísimo. Esto no es lo habitual —dice Poppy—. Disculpadme.

Abre la puerta al enorme Sawyer Stone, el portero de los Bears, que está en el pasillo con los ojos desorbitados.

—Doctora, siento interrumpir, pero el entrenador la necesita. Es… un asunto de un jugador. Es… —Sawyer nos mira a nosotros, luego a ella de nuevo, y baja la voz—. Hay una situación que podría requerir su pericia.

Poppy interpreta lo que sea que ve en su cara y asiente, cogiendo la chaqueta de punto del respaldo de su silla. Se la pone y mira al otro lado de su escritorio.

—Solo tardaré unos minutos —nos dice—. Servíos unos bombones.

Durante unos diez segundos, permanecemos en silencio en los sillones más cómodos del mundo, con la cálida brisa del océano entrando por las cortinas.

Entonces siento la mirada de Beck en el perfil de mi cara.

—No.

—No he dicho nada.

—Estabas a punto de sugerir que folláramos. Te conozco esa cara de sexo, Beck Morrison.