Double Puck (The Morrison Brother’s 2) 20. Capítulo 19 #2
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20. Capítulo 19 #2

La puerta se estrella contra la pared con tanta fuerza que el café de Darcy llega a derramarse un poco sobre la bandeja. Miro hacia allí y veo a Declan llenando el marco como un portero de discoteca extremadamente cabreado que acaba de descubrir que en la sala VIP está su hermano pequeño desnudo.

Mason está apenas medio paso por detrás de él, sosteniendo un café y mi tarjeta de acceso de repuesto, lo que explica la entrada por la fuerza.

Los dos se quedan petrificados.

Porque estoy desnudo salvo por un plato de tortitas estratégicamente colocado, y Darcy Madden está sentada en mi cama con un albornoz y poco más, sujetando un tenedor del que gotean tortitas y sirope de arce.

Nadie se mueve.

Mason da un sorbo a su café. —Bueno. Al menos no está desaparecido.

—¿LES DISTE UNA LLAVE? —le grito al universo.

—Rose nos dio una llave —dice Declan, todavía procesando la escena—. Pensamos que te habías ido. Que habías huido. Nadie te vio después del partido, no contestabas al teléfono, tu cama... —señala la cama, muy ocupada—. Vale, está claro que tu cama se ha usado.

—Hola, Declan —dice Darcy agradablemente—. Hola, Mason.

—Darcy. —Mason asiente como si se cruzaran por el pasillo de la oficina—. Bonito albornoz.

—Gracias. Es de Beck.

—Es del hotel —digo—. Y, más importante aún, LARGAOS.

Declan se afianza en el suelo.

—Llevas desaparecido doce horas, Beck. Doce .

—Doce horas que, por lo visto, te has pasado SIN buscarme, así que…

—Pues perdona. Para que lo sepas, gilipollas, ya me pasé toda la noche delante de tu puerta la noche anterior a esta —espeta Declan—.

Toda la noche. En un pasillo. Como un puto segurata de centro comercial.

Así que perdóname por suponer que una noche libre no acabaría en…

—hace un gesto hacia la cama, el albornoz, el sirope, todo— esto.

—¿Y tú? —Me vuelvo hacia Mason—. ¿Cuál es tu excusa, eh? ¿Dónde estabas tú mientras tu hermanito supuestamente se largaba de la ciudad?

Mason da otro sorbo de café.

—Ocupado.

Pongo los ojos en blanco.

—Con la hija del entrenador, sin duda.

—No. —Mason no parpadea. Se limita a mirarme con la calma inexpresiva de un hombre que ha practicado esa misma cara en un espejo—. Estaba… haciendo la colada.

—¿A medianoche?

—Las camisetas no se lavan solas, Beck.

Declan se pellizca el puente de la nariz.

—¿Podemos centrarnos, por favor? Porque la última vez que os vi a los dos con esa cara de felicidad, estabais pegados por la boca en nuestra piscina. ¿Y ahora entro y ella está comiendo tortitas en tu cama?

—Ha nadado , Declan. Todo el mundo se olvida de que ha nadado.

Darcy, la traidora, está disfrutando de esto. Se ha servido más café y se ha recostado contra el cabecero como si hubiera comprado entradas.

—¿Queréis tortitas? Hay un montón.

—NO les des de comer. Son como Biscuit. Si les das las sobras, no se irán nunca.

Mason coge un trozo de beicon de todos modos.

—Vale. —Declan se pasa una mano por la cara, volviendo a su modo capitán—.

Bien. De esto… —hace un gesto a la situación general— nos ocuparemos más tarde.

Ahora mismo tenemos que hablar de lo de anoche.

La situación del descarte. Necesitamos un plan, los tres, antes de que te manden a la otra punta del país porque nadie en esta puta franquicia de hockey…

—lanza una mirada rápida a Darcy, pero ya se ha comprometido con lo que estaba diciendo, así que continúa— sabe lo que hace. Sin ofender, Darcy.

—No me ofendo —dice Darcy, sorbiendo su café—. Conozco a Colin.

Su atención se vuelve hacia mí.

—No.

La palabra sale de mi boca con calma. Plana. No es una broma.

Declan parpadea.

—¿No?

—No. No necesitamos un plan. No voy a pasar por una reunión de emergencia de la familia Morrison en la que vosotros dos decidís qué es lo mejor para Beck.

—Me levanto, envolviéndome la cintura con la sábana—.

Estoy bien sin el interrogatorio. De hecho, estoy genial.

Y en una hora me voy, porque tengo una reunión con mi agente.

La habitación se queda en silencio.

—¿Una reunión sobre qué? —pregunta Mason en voz baja.

—Sobre mi carrera. —Le sostengo la mirada a Declan y, por una vez, no recurro a la broma que tengo cargada en el pecho—. No te estoy pidiendo permiso, Dec. Te estoy diciendo dónde voy a estar. Esa es toda la información.

Declan me mira como siempre. Como el hermano mayor protector que sabe qué es lo mejor para mí.

Pero entonces, ocurre algo raro.

—Vale —dice finalmente.

Retrocede un paso. Mason coge otro trozo de beicon antes de hacer exactamente lo mismo. Se miran el uno al otro, la comprensión mezclada con la preocupación o el miedo, pero luego se dirigen hacia la puerta.

—Que conste que es la vez que más seguro de ti mismo te he visto. —Lanza una mirada a Darcy—. Sea lo que sea que le estés haciendo en esta cama, sigue haciéndolo.

—Yo no he hecho nada —dice Darcy, y me roba la última tortita—. Lo hace él por mí.

La puerta se cierra tras ellos con un clic mientras miro a Darcy. Está sentada en mi cama con los labios manchados de sirope, comiendo tortitas robadas como si el sitio fuera suyo. Como si yo fuera suyo.

La verdad, es una apreciación justa.

—Tienes una reunión en una hora —dice con la boca llena.

—Cincuenta y ocho minutos. —Sonrío y agarro el borde de la sábana—. Eso es prácticamente una vida entera.

—Beck…

Desaparezco bajo las sábanas, olvidándome por completo del desayuno que ahora probablemente esté esparcido por el suelo. Su risa se corta en un jadeo, y sus dedos encuentran mi pelo mientras desciendo de nuevo a mi lugar feliz.

En una hora, mi vida entera podría cambiar.

Pero ¿ahora mismo?

Ahora mismo sé exactamente a dónde pertenezco.

Ya sabía que en Las Vegas no se andan con sutilezas antes de llegar a mi reunión, pero ahora sé…

que mi agente tampoco.

El comedor privado que ha reservado está en el piso cuarenta de una torre cerca del Strip, con unos acabados modernos impresionantes y cristaleras del suelo al techo que muestran el desierto extendiéndose infinitamente más allá del brillante amasijo de la ciudad.

Un camarero aparece con agua con gas y un café expreso antes de que mi culo toque la silla de cuero, y dispuesta ante mis ojos, en el centro de la mesa, hay una tabla de embutidos.

Philip, mi agente de toda la vida, me ve en cuanto entro por la puerta y se levanta de su silla.

—Ahí está. —Abre los brazos de par en par, con unos gemelos de oro reluciendo bajo la luz. El hombre lleva un traje que podría pagar una hipoteca—. El hombre del momento. Beck, tienes un aspecto estupendo. ¿Te has cortado el pelo?

—Me he levantado hace una hora, Phil.

—Y aun así. —Me señala como si fuera un novillo de exposición en una subasta—. Una genética increíble. Siéntate, siéntate.

Me dejo caer en la silla de cuero a su lado y dirijo mi atención al otro lado de la mesa, donde dos hombres ya están de pie para saludarme.

El primero me tiende la mano: pelo plateado, mirada penetrante, el tipo de hombre que parece haber nacido en una sala de juntas y no haber salido de ella desde entonces.

—Beck, gracias por venir. Soy Greg, subdirector general.

—Un placer —digo, dándole ese apretón de manos firme pero sin pasarse. El que Declan me enseñó a base de práctica cuando tenía catorce años.

Joder, incluso aquí, las huellas de mi hermano están sobre mí.

—Y este es Shane Webb, nuestro director de desarrollo de jugadores —dice Greg, señalando al hombre a su lado.

Webb me agarra la mano y la estrecha. Agarre sólido. Un contacto visual que dice: He visto tus grabaciones y me ha gustado lo que he visto.