Double Puck (The Morrison Brother’s 2) 18. Capítulo 17 #2
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18. Capítulo 17 #2

¿Con quién está hablando? ¿Con su padre? ¿Con un crupier muy hablador?

En el tercer tiempo, el marcador va 6-1 y Declan está en el banquillo de penalización por lo que el árbitro ha llamado «dureza excesiva». Yo lo llamaría una reacción totalmente justificada, teniendo en cuenta lo fatal que hemos jugado esta noche.

En la parte delantera del palco, Beck se levanta de repente de su silla.

Levanto la vista justo cuando se pone en pie, gira los hombros bajo su chaqueta arrugada y mira al hielo por última vez.

Por medio segundo, creo que por fin va a mirarme. Quizá incluso a venir y hablar conmigo.

En lugar de eso, se abrocha la chaqueta, se guarda el móvil en el bolsillo y sale del palco mientras sus hermanos siguen desangrándose en el hielo.

No dice nada, ni siquiera mira hacia atrás.

Simplemente… se ha ido .

Me pongo en pie antes de que mi cerebro pueda reaccionar.

—Darcy… —empieza a decir Josie para seguirme, pero Rose le pone un brazo por delante para detenerla.

—Ve a por él —me dice Rose—. Y si es borde contigo, recuerda: Zamboni .

El pasillo exterior del palco es un río de camareras de cóctel y hombres con camisas de seda. Más adelante, Beck se mueve a toda prisa a través de él, con los hombros tensos y la cabeza gacha.

Lo pierdo en las escaleras mecánicas, pero vuelvo a encontrarlo junto a la tienda de regalos. Intento llamarlo, pero el ruido del estadio lo ahoga todo.

Debe de ser otro gol de los Vegas.

Sigo persiguiéndolo y vuelvo a perderlo de vista cuando una despedida de soltera con sombreros de vaquero a juego me arrolla.

Para cuando consigo zafarme y salir como una exhalación por las puertas del estadio a la calurosa noche de Las Vegas, lo único que veo son las largas piernas de Beck metiéndose en un taxi.

—¡Beck! ¡Beck, espera!

La puerta se cierra. El taxi arranca.

No. De eso ni hablar.

Corro hacia la parada de taxis con unos tacones diseñados por un hombre que odia a las mujeres, me meto de un salto en el siguiente taxi y me oigo pronunciar la frase que llevo veintiocho años esperando decir.

—¡Siga a ese taxi!

El conductor me mira por el retrovisor. Tendrá unos setenta años, lleva una camisa hawaiana que a Colin le encantaría , y se le ilumina la cara como si acabara de tocarle el gordo en una tragaperras.

—Señora, llevo treinta años conduciendo por esta ciudad esperando a que alguien me dijera eso.

—¡Pues conduzca!

Y vaya si conduce .

Nos metemos en el Strip, pasando por delante de los escaparates repletos de luces de neón, con las fuentes del Bellagio estallando a nuestra izquierda como si toda la ciudad estuviera aplaudiendo mis pésimas decisiones.

—¿Es su novio? —pregunta el taxista, colándose entre dos limusinas con un chirrido de neumáticos.

—Es complicado.

—Siempre lo es, cariño. Siempre lo es.

El taxi de Beck se detiene en el hotel. El mío frena en seco justo detrás y le lanzo un fajo de billetes al conductor. Demasiado dinero, a juzgar por su saludo militar.

Cierro la puerta de un portazo y persigo a Beck por el vestíbulo, pasando bajo el techo de flores de cristal y hasta un ascensor que se cierra justo en mis narices.

—¡Joder!

—¡Uy! ¡Madre mía!

Me giro y la mujer que está a mi lado se parece tanto a mi madre que, por un segundo espantoso, me pregunto si Diana Madden ha aprendido a teletransportarse solo para criticar mi postura.

—Perdón.

La mujer me recorre con la mirada: el pelo, el vestido y luego el maltratado tacón mientras aporreo de nuevo el botón del ascensor.

Por algún motivo, el perdón ha empeorado las cosas.

Tomo el siguiente ascensor, recordando el número de la habitación de Beck mientras el corazón me martillea en el pecho. Cuando las puertas se abren, Beck está a mitad del pasillo, con la tarjeta de la habitación en la mano.

—¡Beck!

No me oye, o si lo hace, no se detiene. La puerta de la 2604 se abre y empieza a cerrarse…

—¡Beck! ¡Espera! —Meto el pie en el hueco. Mi pobre, maltratado y caro zapato—. ¿Podrías hablar conmigo de una vez?

Abre la puerta de un tirón y, por primera vez en toda la noche, le veo bien la cara.

Ah.

Joder.

No le desearía un Beck Morrison enfadado ni a la peor enemiga de mi madre, y la peor enemiga de mi madre fue una vez de blanco a una boda de los Madden.

Ya he visto a Beck Morrison excitado. He visto cómo se le oscurecían esos ojos azules mientras me enredaba la mano en el pelo; he visto cómo se le tensaba la garganta mientras me decía exactamente lo que quería de mí.

Normalmente, esa mirada hace que cualquier pensamiento inteligente abandone mi cuerpo.

Esta no es esa mirada.

Ahora no hay nada juguetón en sus ojos. Tiene la mandíbula tan apretada que un músculo le tiembla bajo la barba de unos días; su ancho pecho sube y baja bajo la camisa arrugada y cada centímetro de su ser parece tenso hasta el punto de romperse.

Por una vez, que Beck Morrison parezca peligroso no hace que me quiera quitar la ropa.

—¿Hablar? —Su voz es áspera y baja, lo cual es peor que si gritara—. Ahora quieres hablar. Qué gracioso. Porque has tenido semanas , Darcy.

—Beck…