11. Capítulo 10 #2
—Has nadado —repite con firmeza, y se le arrugan las comisuras de los ojos—. Ya eres oficialmente una nadadora. Que vengan las fiestas en la playa, las piscinas y los cruceros, cariño. Estás lista.
Me río mientras la tensión de antes se desvanece, dejándonos solo a Beck y a mí, con el agua hasta el pecho, compartiendo el amanecer y chapoteando en el agua. En la parte que no cubre, por supuesto.
—No puedo creer que haya hecho eso. Quién lo iba a decir, Beck Morrison es un buen profesor —bromeo a la ligera—. Lo próximo será llevarme a una cita en condiciones.
Beck se tensa mientras nos deslizamos hacia el borde infinito de la piscina, que da a toda la ciudad de Beachside.
—Espera —dice de repente—. ¿Nunca has tenido una primera cita?
Me apoyo en el cristal y miro por encima del borde, todavía de puntillas en la parte menos profunda. —Yo…, claro que sí. Las cenas informales con hombres cuentan, ¿no? Las copas después de las galas de mi madre.
—No. Eso no cuenta. —Beck se acerca más, su pecho desnudo rozando mi brazo—. No solo cenas con hombres . Hablo de una primera cita de verdad. Una que empieza de forma caótica, acaba de forma caótica, pero que en algún punto intermedio te parece el mejor día de tu vida.
Se me seca la garganta. —Bueno, entonces… no. Supongo que no.
Él gime al aire de la mañana, de pie a mi lado en la piscina. —Joder. Esto es peor de lo que pensaba.
Me mira como si le acabara de decir que nunca he visto el océano.
—Darcy. No sabías nadar hasta hace veinte minutos. Probablemente nunca has comido un taco callejero. ¿Y ahora me dices que nunca has tenido una primera cita de verdad? —Se aprieta el pecho mojado con una mano—. ¿Qué te hicieron en el mundo de la alta sociedad?
—Me dieron una educación de primera clase y unos modales en la mesa impecables.
—Sí, y cero habilidades para la vida. —Niega con la cabeza, con la mandíbula tensa y una determinación ridícula—. De acuerdo. Ya está. Te voy a dar la mejor primera cita que haya existido jamás. Considéralo un servicio a la comunidad.
—Eso no va a pasar, de ninguna manera —respondo rotundamente.
—Confía en mí, Madden. Necesitas una. Y ya. —Se endereza, mirando hacia el cielo—. Menos mal que lo tengo todo pensado. Te llevaré este fin de semana. Después del partido del sábado.
—¿Ahora me programas citas románticas?
—Sip. Bienvenida al romance de emergencia , Darce.
Me río, negando con la cabeza. —Mucha confianza para un hombre que lleva patitos de goma en el culo.
Beck abre la boca de par en par. —Oh, te vas a arrepentir de eso.
Antes de que pueda escapar, sus manos me agarran por la cintura y me levanta sin esfuerzo, haciéndome girar en el agua tibia hasta que chillo y me agarro a sus hombros.
Que Dios me ayude.
Porque si esto es un romance de emergencia, estoy en serios problemas.
El agua explota a mi alrededor mientras Beck gira y yo me río.
De verdad, me estoy riendo.
Beck se acerca flotando, con el pelo, ya mojado, pegado a la frente, logrando parecer a la vez desordenado y devastadoramente perfecto.
Noto cómo se me calientan las mejillas al ver a este hombre tan sexi, pero me comprometo. Mis dedos rompen la superficie mientras cojo un salpicón tan grande que es básicamente un maremoto.
El agua se estrella contra su cara y, por un momento perfecto, me siento victoriosa.
Ya está. Mi victoria.
Entonces Beck se pasa una mano por la cara como un limpiaparabrisas humano, apartándose el agua de los ojos. Añade ese estúpido movimiento de cabeza como si estuviera protagonizando Los vigilantes de la playa , antes de nadar hacia mí con la gracia depredadora de un tiburón.
—Sabes —dice, acercándose poco a poco por el agua mientras intento retroceder—, no deberías empezar una guerra de agua cuando no sabes nadar.
Me mantengo a flote, apretando los dientes. —¿Ah, no?
Se lanza hacia mí y mi cuerpo choca contra su pecho, resbaladizo y cálido e increíblemente sólido.
La risa muere en mi garganta. Todo muere en mi garganta.
Porque Beck Morrison me está sujetando contra su pecho desnudo, sus ojos azules están clavados en los míos y el agua chapotea suavemente entre nosotros como si el mundo entero hubiera decidido contener la respiración.
Sus brazos me rodean con más fuerza, manteniéndome a flote sin esfuerzo, y me doy cuenta de que he dejado de patalear por completo.
Simplemente…, dejo que me abrace. Tengo las manos apoyadas en su pecho, con los dedos extendidos sobre su piel cálida y húmeda, y puedo sentir el latido de su corazón bajo mi palma.
Va más rápido de lo que debería mientras damos vueltas en el agua, sin que ninguno de los dos diga una palabra.
Eso es lo que me puede. Beck Morrison, el hombre que jamás en su vida ha permitido que un silencio exista sin llenarlo con una broma o algún comentario ridículo, está callado.
Se limita a mirarme con esos ojos azules tan brillantes que, en comparación, hacen que la piscina parezca gris.
Y soy incapaz de apartar la mirada.
Oh, Dios.
Algo me está pasando. Algo para lo que no tengo explicación. Algo que no puedo organizar en columnas ni cuantificar con una estadística rápida.
Es solo esta sensación en mi pecho. Cálida y aterradora y completamente fuera de mi control. La cuestión es que… he salido con tíos antes. Me han abrazado antes. Incluso he mirado a un hombre a los ojos mientras hacíamos el amor .
Pero ninguna de esas cosas me ha hecho sentir así .
—Gracias —consigo decir, con la voz más suave de lo que pretendía—. Por enseñarle a una dama como es debido a nadar hoy.
Sus manos se posan en la parte baja de mi cintura bajo el agua mientras nos movemos de nuevo hacia el borde de cristal, y Beck me va acorralando lentamente con una sonrisita en la cara.
—Sabes, Darce —dice con voz profunda y seductora—, a una dama como es debido puedo enseñarle a hacer un montón de cosas que nunca ha hecho.
Se me corta la respiración, pero me niego a que lo vea.
—¿Ah, sí? —digo, enarcando una ceja—. Eso es muy vago, Beck. Soy analista. Puede que necesite detalles.
—Ah, ¿quieres detalles?
—Quiero datos . —Apoyo con más fuerza las palmas de las manos en su pecho, lo cual es un error, porque ahora puedo sentir exactamente lo fuerte que le late el corazón y coincide con el mío, latido a latido—.
¿De qué tipo de cosas estamos hablando? ¿Aparcar en paralelo?
¿Preparar la declaración de la renta? ¿La forma correcta de doblar una sábana bajera?
, porque, sinceramente, nadie sabe cómo se hace eso.
La risa de Beck retumba en su pecho y me llega directa a las yemas de los dedos.
—Claro, Darce. Sábanas bajeras. A eso me refería exactamente. —Ladea la cabeza y el agua gotea de las puntas de su pelo—. Hablo de cosas que harían que una dama como es debido se volviera muy, muy indecorosa .
De repente, el agua de la piscina parece estar a cuarenta grados más.
—Indecorosa —repito, y no sé por qué mi voz suena así.
—Mmm. Cosas que te despeinarían esa melena perfecta. Que arruinarían esa compostura perfecta. Esas tetas sexi de cojones con las que me has estado atormentando desde que te metiste en esta maldita piscina.
Trago saliva mientras sus dedos suben lentamente por mi cuerpo, alcanzando la división del bañador donde la tela se hunde en la piel desnuda de mi escote.
—¿Te gusta mi bañador, entonces?
Su sonrisa se vuelve maliciosa. —Me encanta , joder.
—Entonces, ¿por qué no me enseñas a ser indecorosa ? —Me inclino y presiono mis labios contra los suyos, succionando ligeramente su labio inferior al separarme de su boca.
Los ojos de Beck se oscurecen y, antes de darme cuenta, su boca se estrella contra la mía. El borde infinito de cristal está frío contra mi espalda, pero todo lo demás es fuego.
—Joder, cómo echaba de menos esta boca. —El cuerpo de Beck se aprieta contra el mío. Su pecho contra mis pechos, sus caderas contra mis caderas, sus muslos rodeando los míos bajo el agua—. Llevo pensando en ti desde lo de la cocina.
Se restriega hacia delante y siento su polla, dura y larga y jodidamente increíble bajo el agua. Me aferro a su boca, nuestros dientes chocan mientras él se presiona contra mi vientre a través de la fina barrera de su ridículo bañador.
Le echo los brazos al cuello mientras me derrito contra él, mis piernas se enroscan alrededor de su cintura bajo el agua, atrayéndolo más cerca.
Esto está mal. Esto es una mala idea.
Posiblemente, es la mayor estupidez que me he permitido hacer en mi vida.
Pero no pienso parar, joder.
—Oh, Beck —respiro, restregándome contra él.
Sus manos se mueven bajo el agua, deslizándose por mis costados. Una me ahueca un pecho a través del bañador, su pulgar se arrastra sobre mi pezón antes de que sus dedos se enganchen bajo el borde de la tela y la aparten. Su palma se cierra sobre mi pecho desnudo.
—Joder —resopla, mirando entre nosotros a través del agua. Su pulgar rueda lentamente sobre mi pezón, observando cómo se endurece bajo su toque—. ¿Tienes idea de cuánto tiempo he querido ponerles las manos encima?
Gimo mientras su otra mano sube más y más, hasta que su palma descansa en la parte delantera de mi cuello. Su pulgar encuentra mi pulso, presiona contra él, y dejo de pensar por completo.
Mi coño se inunda. Y quiero decir que se inunda .
—¿Estás bien? —murmura Beck contra mis labios, con la mano aún firme en mi cuello.
Asiento. No puedo hablar. Si hablo, diré algo que haga que esto sea real, y ahora mismo quiero vivir en la versión en la que esto simplemente sucede y no tengo que justificarlo.
Su mano libre se desliza de nuevo bajo el agua, colándose por debajo de la pernera de mi bañador. Sus dedos me agarran el culo. Con fuerza. Es posesivo, aprieta hasta que gimo contra su boca.
Pero no se detiene ahí. Su mano rodea mi cadera, deslizándose más adentro del bañador hasta que sus dedos me encuentran ya húmeda y deseándolo.
Beck se queda quieto mientras sus ojos se elevan hacia los míos, y la expresión de su cara casi acaba conmigo antes de que sus dedos siquiera se muevan.