11. Capítulo 10
Darcy
L a mansión de los Morrison en la playa está en un silencio sepulcral.
No hay música a todo volumen, ni hermanos discutiendo, ni Diego… haciendo lo que sea que haga Diego.
Solo estoy yo, mis nervios y el océano que se extiende más allá de la espectacular piscina en la que estoy bastante segura de que voy a ahogarme.
La cancela lateral se cierra a mi espalda y me quedo helada.
La piscina resplandece con un tono turquesa bajo el tímido indicio del amanecer que asoma en la distancia. Me trago el miedo que me revuelve el estómago desde que fui de compras con Josie anoche.
Nunca antes me había comprado un bañador. No tenía ni idea de qué elegir.
Por suerte para mí, para entonces Josie ya se había bebido tantas margaritas que había perdido todo filtro entre su cerebro y su boca. Es la única explicación de cómo acabé en el paseo marítimo a las diez de la noche, con un bañador en la mano que jamás habría elegido por mí misma.
Mi madre consideraba que tumbarse junto a la piscina era una actividad para «mujeres sin metas», y mi padre siempre había reservado vacaciones en complejos con piscinas privadas donde nadie pudiera verme. La familia Madden no iba a playas públicas. No comprábamos trajes de baño.
Pero Josie, bendita sea su borrachera, me había arrastrado a una tiendecita del paseo marítimo y había empezado a sacar cosas de los percheros antes de que yo pudiera articular una protesta.
—Este —había farfullado, poniéndome un diminuto trozo de tela en las manos—. Vas a estar cañón. Se le va a ir la cabeza. Confía en mí, sé lo que quieren los hombres.
Le pregunté si hablaba de Beck o de Declan. Se limitó a guiñarme un ojo con tanta fuerza que casi se cae.
Y ahora estoy aquí, con ese bañador verde oscuro, preguntándome si el consejo de moda de Josie, impulsado por las margaritas, está a punto de convertirme en la mayor idiota de la historia de Beachside.
—Vale. Respira hondo, Darce. Puedes hacerlo —me digo, deteniéndome en la entrada lateral para comprobar mi reflejo en una ventana increíblemente limpia.
La blusa blanca y holgada que me he puesto ondea con la brisa, apenas lo bastante gruesa para cubrir el bañador verde que se atreve a asomar por debajo.
El bañador en sí es precioso, eso se lo concedo a la Josie borracha.
Me ciñe la cintura, tiene el corte lo bastante alto sobre las caderas para que mis piernas parezcan indecentemente largas y se hunde en un profundo pico entre mis pechos, empujando hacia arriba el suficiente escote como para que no pare de tirar de la tela inútilmente.
Josie lo llamó sexy con clase . Yo lo llamo estar a una respiración profunda de un accidente de vestuario.
Aparto los ojos de mi reflejo, doblo la esquina e inmediatamente olvido todo lo que acababa de decirme para tranquilizarme.
Beck está sentado en la escalera de la piscina, envuelto en el tipo de albornoz blanco y grueso que encajaría en uno de los complejos de cinco estrellas de mi padre.
Tiene los pies sumergidos en el agua y la cabeza echada hacia atrás, como si estuviera posando para algo para lo que nadie le ha pedido que haga de modelo.
El vapor se eleva del agua climatizada y flota sobre la terraza, donde veo dos tazas de café blancas puestas una al lado de la otra en el borde de una tumbona.
—Buenos días, princesa —sonríe Beck con suficiencia; su voz tiene ese tono cálido y grave que sugiere que él tampoco lleva mucho tiempo despierto.
Siento un revuelo en mi interior mientras me recorre lentamente con la mirada.
—¿Es ese el bañador?
—A no ser que hayas empezado a imponerme un código de vestimenta, sí.
—Pedí específicamente que fuera pequeño.
—Y yo te ignoré específicamente.
Sus ojos vuelven a recorrer mi cuerpo. Despacio.
—Necesitaré más pruebas antes de creérmelo.
—Sabes…, creo que no es natural estar tan alegre tan temprano —murmuro, dejando mi bolso en la tumbona más cercana—. ¿Has dormido aquí o es que te levantas de la cama con este aspecto?
Sus ojos se clavan en los míos.
—¿Con qué aspecto? —me pregunta sin apartar su mirada de la mía, pero ni me molesto en explicárselo—. ¿Café?
—A no ser que le hayas echado un chorrito de tequila, sí.
Poniéndome la taza en la mano, Beck mira hacia el océano, y la luz del sol brilla en sus ojos. —¿Ya estás visiblemente tensa? ¿Qué pasa, Darce? ¿Te da miedo el agua?
Beck me estudia por encima del borde de su taza de café y me doy cuenta de que tiene razón.
Estoy tensa, pero, por una vez, la piscina no es la única culpable. El correo electrónico de Colin ha estado rondando mi mente desde anoche, esas pocas líneas ominosas dando vueltas cada vez que me permito pensar demasiado.
Hay equipos interesados. Estamos hablando de cifras. Haz que valga la pena.
¿Qué cifras? ¿Qué equipos? ¿Sabe Beck que hay alguien merodeando? Si Colin está negociando traspasos, seguro que el agente de Beck ya le habría puesto sobre aviso.
Pero Beck parece tan preocupado como Biscuit, que en ese momento dormita en los escalones del patio sin ninguna preocupación en el mundo.
—Me preguntaba, Beck, ¿hablas mucho con tu agente últimamente? —pregunto con indiferencia, sorbiendo el café a pesar de que se me encoge el estómago.
—¿Con Philip? —Beck arquea una ceja—. No más de lo habitual. ¿Por?
—Por conversar.
—Claro. —Se inclina hacia delante, apoyando los codos en las rodillas; el albornoz se abre y revela unos muslos fuertes cubiertos de un vello aclarado por el sol—.
Philip es sobre todo un tipo de golf. Vive en Las Vegas, así que está bastante ocupado.
Solo llama para decir cosas como «No te metas en líos» o para hablarme de acuerdos de patrocinio. ¿Por qué?
Niego con la cabeza. —Por nada.
Beck me observa un segundo. —¿Sabes que se te da fatal fingir indiferencia?
—Deja de darle largas, Beck. Dijiste que me enseñarías a nadar, así que…
—Ah, no, Darce. —Beck se pone en pie con suavidad, esa sonrisa de suficiencia ya me advierte de que voy a odiar lo que venga a continuación.
Se desata el cinturón del albornoz y se lo quita de los hombros, dejando al descubierto hectáreas de pecho desnudo, un abdomen duro y un bañador negro tipo bermudas cubierto de…
—Oh, Dios mío, Beck. ¿Eso son patitos de goma amarillos en tu bañador? —Me quedo mirándolos—. ¿En serio?
—¿Te gustan?
—Bueno, ahora me estoy replanteando confiarte mi vida.
—Sobrevivirás. —Su mirada se posa en la blusa blanca que me cubre el bañador—. Pero solo si dejas de darle largas. Venga, quítate la ropa. Y métete en el puto agua.
Un calor me recorre tan rápidamente que tardo un segundo en reconocerlo.
Oh.
Al parecer, tengo sentimientos encontrados con que Beck Morrison me dé órdenes.
Qué inoportuno.
—Vale. —Me quito las chanclas de una patada y tiro del bajo de mi blusa.
Beck se queda completamente en silencio.
Echo un vistazo y pillo sus ojos en algún punto del profundo escote verde entre mis pechos antes de que hagan un viaje pausado por mi cintura, sobre mis caderas y de vuelta a mi pecho.
—Morrison. Mis ojos están aquí arriba.
Su mirada por fin se alza. —Perdona. ¿Decías algo?
Pongo los ojos en blanco. —Se supone que tienes que enseñarme a no morir.
—Cierto. —Asiente con seriedad—. Acabo de encontrarme con una distracción inesperada en el lugar de trabajo.
Me cruzo de brazos y saco una cadera.
—Vale. —Él levanta las cejas—. Ahora lo estás empeorando.
Baja los escalones de piedra pálida y se mete en un agua tan transparente que puedo ver cada baldosa bajo sus pies.
El vapor flota sobre la superficie turquesa mientras el Pacífico brilla más allá del borde infinito, convirtiendo todo el lugar en una especie de complejo privado obscenamente caro que hasta mi padre aprobaría.
Naturalmente, yo solo veo la muerte.
Meto un dedo del pie.
Beck mira hacia atrás. —¿Sabes que está climatizada, verdad? No te estoy sometiendo a un entrenamiento de los Navy SEAL.
—No es la temperatura lo que me preocupa.
Vuelve a subir dos escalones y me tiende la mano. —No pasa nada. Pon tu mano en la mía.
Esta vez no hay broma.
Deslizo mis dedos entre los suyos.
Beck me guía lentamente hacia abajo hasta que el agua caliente me envuelve las piernas y sube hacia mi cintura. Su otra mano se posa ligeramente en mi cadera para estabilizarme y, de repente, ahogarme no es ni de lejos lo que hace que mi corazón se acelere.
Porque Beck Morrison es muy, muy bueno haciéndome sentir segura y, al mismo tiempo, haciendo que quiera hacer cosas espectacularmente peligrosas.
—Bueno. Pues aquí estamos. Darcy Madden en bañador. En mi piscina —dice, chapoteando a mi lado—. La mañana acaba de mejorar mucho .
—Por favor, para. Estoy a punto de entrar en pánico.
—De acuerdo —murmura, acercándome a él—. ¿Qué tal si flotamos primero? Te tengo. Solo impúlsate del suelo y apóyate en mis manos.
—Yo no floto.
—Lo harás. —Su agarre me estabiliza, sus pulgares rozándome los costados por debajo de la línea del agua—. Confía en mí, Darce.
—Estás sin camiseta, Morrison. Créeme, eso no es tan tranquilizador como crees.
Beck suelta una risita, un sonido grave en su garganta, y espero que no pueda ver cómo se me endurecen los pezones bajo esta tela ahora mojada. —Darcy, mírame.
Lo hago y le sostengo la mirada.
—No voy a dejar que te hundas —promete en voz baja.
Y, de algún modo, es suficiente.
Los siguientes diez minutos son vacilantes, frustrantes y llenos de los incesantes elogios de Beck. Me anima a patalear, me regaña por agarrarme al borde de la piscina y hace una apuesta extravagante sobre si puedo nadar tres metros sin ahogarme.
De alguna manera, por pura fuerza de la persistencia de Beck y sus manos distrayéndome y guiando mi cuerpo, finalmente consigo medio remar, medio hundirme en su dirección.
En el momento en que mis manos se aferran a sus hombros en busca de equilibrio, me quedo sin aliento por el alivio y un inesperado estallido de orgullo.
—¿Ves? —dice Beck radiante mientras el agua le gotea por el cuerpo—. ¡No te has hundido!
—¿Acabo de…? —le pregunto parpadeando, incrédula—. ¿Nadar?