5. Capítulo 4
Beck
L a campanilla de la puerta de Goldie's suena con un alegre tintineo cuando Darcy entra delante de mí.
Lo cual me parece tremendamente inapropiado.
Debería sonar una sirena. Una luz roja intermitente. Quizá Luna debería esconderse bajo el mostrador mientras todos los hombres del local notan la llegada de los leggings negros que están intentando arruinarme la vida.
—Búscanos una mesa —dice Darcy por encima del hombro—. Yo pido las bebidas y cojo una carta.
Levanto la vista a la fuerza. —Te has pasado toda la mañana dándome órdenes, ¿y ahora me despachas así?
Me ignora y se dirige al mostrador mientras yo busco una mesa libre por la cafetería.
Goldie's está hasta los topes a estas horas, cada mesa iluminada por el sol está abarrotada de surfistas, gente que pasea al perro y lugareños que se cargan de energía para el día. El sol entra a raudales por el tragaluz e incide en la jungla de plantas que cuelgan del techo.
Veo dos asientos libres al final de una mesa compartida en la terraza y lanzo mi gorra sobre uno antes de que alguien lo ocupe.
Luego me vuelvo.
Y mi sistema nervioso al completo se apaga.
Darcy está inclinada sobre el mostrador, hablando con Luna. Su top deportivo se le ha subido, dejando al descubierto una franja de piel lisa por encima de sus leggings negros.
Y un cordelito rosa muy fino y muy llamativo.
Joder, me cago en la puta.
La Hoja de Cálculo lleva un tanga de hilo.
Más sorprendente aún es que no es una delicada creación de seda diseñada para hacer juego con un sofisticado conjunto de lencería de una boutique pija de Los Ángeles. Ni siquiera es de color champán.
Es rosa fucsia.
Un diminuto cordel fluorescente que desaparece entre las dos curvas perfectas de su culo, como si lo hubieran puesto ahí a propósito para ver si soy capaz de sobrevivir al desayuno con una erección.
Me paso una mano por la cara e intento apartar la vista.
Todavía estoy intentando recordar cómo se respiraba cuando me doy cuenta de que el tío sentado a dos asientos de mi gorra está mirando en la misma dirección.
Ni de putísima coña.
No pienso. Simplemente, actúo .
En un segundo estoy fulminando con la mirada al tío sentado a dos asientos de mi gorra y, al siguiente, estoy de pie justo detrás de Darcy. Pero justo detrás, tan cerca que mi pecho le roza la espalda, cortándole el campo de visión.
Y el de cualquier otro, ya que estamos.
Luna levanta una ceja desde detrás del mostrador. —Vaya, hola, Beck. ¿Vas a pedir? Darcy acaba de…
—Control de multitudes —digo, con la voz más tensa de lo que me gustaría.
—¿Qué estás…? —Darcy se vuelve para mirarme, y su aguda mirada se entrecierra—. ¿Por qué estás tan pegado a mí?
Bajo la voz. —Porque tu ropa interior está haciendo acto de presencia.
Se endereza de un salto como si acabase de gritar ¡FUEGO! , y se lleva la mano a la cinturilla de los leggings. —¿Qué? No es verdad. ¿Por qué me estabas mirando el…? ¡Oh, Dios mío, Beck !
—Es rosa fucsia —señalo, para gran disgusto de Darcy—. Y ahora mismo se ve desde el espacio.
—Claro que no. —El color que le sube a las mejillas cuenta una historia muy diferente.
El tío de la mesa vuelve a mirar, deteniendo la vista mientras yo doy un pequeño paso atrás para que Darcy pueda ver lo que hay detrás de mí.
Lo señalo directamente, mi irritación a punto de estallar. —¿Ves? Astronauta.
El hombre de repente se queda fascinado con su café.
Darcy entrecierra los ojos. —¿Acabas de amenazar a un desconocido por mirarme la ropa interior?
—Soy un atleta profesional. Todo lo que hago tiene potencia.
Luna se ríe y teclea en la pantalla. —¿Os pongo el desayuno a los dos antes de que Beck rete a alguien a un duelo?
—No estamos juntos —dice Darcy demasiado rápido—. Es un desayuno de trabajo, nada más.
—Ya. —Me apoyo en el mostrador con el codo—. Tenemos una relación profesional difícil que implica traición, lujuria y, posiblemente, mi futuro traslado.
—No hay lujuria. —Darcy se vuelve hacia Luna—. Yo tomaré los huevos, la tostada de aguacate y las patatas de desayuno, por favor. Y un café solo.
Kai enciende la cafetera; el vapor silba a través del espumador mientras encaja el portafiltro. Me mira por encima del hombro, y su sonrisa relajada y bronceada por el sol se dibuja lentamente.
—¿Mañana dura, colega?
—Ni te lo imaginas. Nada que tus increíbles tostadas francesas no puedan arreglar —digo—. Con extra de mantequilla de caramelo salado, beicon, nata montada y la poca dignidad que no me haya quitado ya.
Darcy me mira como si esta hubiese sido la mañana más larga de su vida.
Debería probar a vivir conmigo.
En realidad, no. Vivir conmigo es la leche.
Fui el niño que aprendió a hacer malabares a los nueve años solo para que uno de mis padres levantara la vista de su móvil el tiempo suficiente para mirarme.
Inventé mi primer chiste a los seis. Mi madre se rio tanto que soltó un resoplido, aunque mi padre se lo perdió por completo porque ya se dirigía a la puerta.
Siempre se estaba dirigiendo a la puerta.
No es que importe ahora. Resulta que nada de eso era real, de todos modos.
—¿Lo dices en serio? —pregunta Darcy—. Ya te has bebido, ¿qué?, ¿casi cuatro litros de azúcar? ¿Cómo es que eres atleta profesional?
Me apoyo en el mostrador, sonriendo mientras Kai me pone delante el café helado más grande y azucarado que existe.
Es una obra de arte.
—Fácil —digo, dando un sorbo profundo y dejando escapar un gemido totalmente inapropiado—. Talento en estado puro, nena. Algunos nacen grandes, otros alcanzan la grandeza y otros alimentan su grandeza con mantequilla de caramelo salado.
Eso, y el hecho de que, al parecer, mi hermano mayor me ha estado llevando en volandas toda su vida.
Darcy se pellizca el puente de la nariz como si el simple hecho de estar cerca de mí le provocara una migraña. —Recuérdame que añada «la biología humana desafía la lógica» a tu informe de ojeador.
—Por favor. Te encanta. —Doy un golpecito con la pajita en mis labios y sonrío con suficiencia—. Admítelo, Madden. Una parte de ti está impresionada de que no me haya convertido ya en un churro humano.
—A estas alturas, me impresiona que hayas completado una carrera por la playa —dice Darcy.
Luna desliza el marcador de nuestra mesa por el mostrador. —Número dieciocho. Intentad no tener sexo en la terraza.
Kai levanta la vista con esa sonrisa lenta y hippy suya.
—Oye, no lo critiques. —Deja el portafiltro como si estuviera exponiendo un argumento muy serio—. Luna y yo lo hicimos en la playa al amanecer una vez. Me cambió toda la perspectiva de la vida, tío. Recomiendo encarecidamente el ritual de apareamiento al aire libre.
Lo señalo con el dedo. —¿Ves? Esa es la energía que quiero para este desayuno.
Darcy coge el marcador de la mesa. —Mesa dieciocho. Vamos.
—Mantén el tanga dentro de los leggings esta vez —nos grita Kai—. Que las gaviotas se confunden.
Darcy emite un sonido a medio camino entre una risa y un grito y agarra los cubiertos. —Eso no será un problema.
Se dirige a grandes zancadas hacia la terraza, comprobando la parte de atrás de su camiseta dos veces antes de sentarse. Yo ocupo la silla de enfrente, situándome entre Darcy y el resto de la mesa compartida.
Nuestra comida llega mientras Darcy teclea agresivamente en su móvil, probablemente organizando su atuendo para la gala .
Mis tostadas francesas tienen una pinta increíble como siempre, con dos gruesas rebanadas de brioche sepultadas bajo frutos rojos, nata montada y una brillante mantequilla de caramelo salado, con el beicon enroscándose en los bordes del plato.
Darcy lo mira, pone los ojos en blanco y luego vuelve a su móvil.
Así que estiro el brazo y le robo una de sus patatas.
Su tenedor aterriza en el dorso de mi mano.
— ¡Ay!
Me apunta a la cara con el tenedor. —Vuelve a tocar mi desayuno y pierdes un dedo.
— Joder. —Me sacudo la mano para aliviar el dolor—. ¿Siempre has sido tan violenta?
—Que sepas que mis profesoras de ballet me llamaban disciplinada . Deberías probarlo alguna vez.
La miro fijamente, y mi vista vuelve a bajar a los leggings. —Espera. ¿Eras bailarina de ballet?
—Durante once años. —Corta sus huevos como si no acabara de darme material suficiente para desbaratar el resto de mi mañana. Luego levanta la vista y me pilla mirándola—. ¿Por qué me miras así?
—Lo siento. —Niego con la cabeza—. Solo estoy intentando imaginármelo.
—No es difícil. Llevaba un leotardo rosa precioso y bailaba majestuosamente.
Mi mirada desciende hasta la franja de vientre desnudo entre su top y los leggings.
Joder.
—Pues no. Resulta que imaginármelo es extremadamente difícil.
—Intenta imaginarme de niña, pervertido. —Toma tranquilamente un bocado de aguacate—. En fin, no veo dónde está el problema. También tocaba el piano y aprendí francés. ¿Tus padres no te hicieron probar diferentes aficiones cuando eras niño?
Trago la comida y miro al otro lado de la cafetería.
—Bueno, sí. Pero mis aficiones incluían jugar al Mario Kart en calzoncillos mientras me peleaba con mis hermanos por ver a quién le tocaba primero cada día.
—Bajo el tenedor y arrastro un trozo de beicon por el caramelo salado que se derrite en mi plato—.
¿De verdad te gustaba algo de eso? Las aficiones, quiero decir.
—Me gustaba el ballet —dice inclinando la cabeza—. Y mi madre me decía que se me daba bien.
Espero, pero eso es todo lo que me da.
No un me encantaba bailar . No un estaba deseando subir al escenario .
Solo se me daba bien.
Me meto un bocado de tostada francesa en la boca y, por alguna razón, esta conversación me parece lo más importante que he hecho en toda la mañana.
—¿Qué hacías en las vacaciones escolares? —pregunto—. ¿Representar El lago de los cisnes para diplomáticos extranjeros?
Casi se ríe. —Sobre todo, viajar.
—¿Adónde?
—A todas partes. La empresa de mi padre siempre estaba abriendo un hotel o inspeccionando un complejo turístico en algún sitio. París. Vancouver. Ginebra.
—Suena increíble.