Double Puck (The Morrison Brother’s 2) 4. Capítulo 3 #2
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4. Capítulo 3 #2

Pongo los ojos en blanco mientras un golden retriever pasa trotando a nuestro lado en dirección contraria, apenas jadeando, a pesar de llevar una rama gruesa que duplica la longitud de su cuerpo.

—El perro está más en forma que tú.

Beck lo señala. —Ese perro tiene cuatro patas. Es una clara ventaja.

Intento concentrarme en el ritmo uniforme de mi zancada, pero Beck está resultando ser alarmantemente difícil de ignorar. Corre con la misma confianza despreocupada que aporta a todo lo demás, sus largas piernas devoran el paseo marítimo a mi lado.

Su piel ya brilla con la primera capa tenue de sudor, y cada vez que mueve los brazos, los músculos de sus hombros se desplazan bajo esa piel dorada.

Nunca antes había conocido a un hombre como Beck Morrison.

Alguien que puede hacer malabares con un encanto arrogante y un caos absoluto y, de alguna manera, hacer que parezca… fácil.

Mi último novio, según mi madre, era «la pareja perfecta». Lo que básicamente significaba que era aburrido, predecible y seguro.

Beck no es ninguna de esas cosas y, precisamente por eso, es peligroso.

Acelero el ritmo.

Únicamente con fines de evaluación y en absoluto para hacerle sudar más.

—Así que —dice, y de algún modo sigue siendo capaz de hablar—, he estado pensando.

—Eso ha debido de ser desconcertante.

—Ha sido horrible. Pero lo he superado. —Ajusta su zancada hasta correr lo bastante cerca como para que su brazo roce el mío—. Si tú vas a auditar mi vida, a mí deberían permitirme auditar la tuya. Ya sabes, para conocernos un poco mejor.

—No, eso no va a pasar ni de broma.

—Pregunta número uno. ¿Quién es tu contacto de emergencia?

—No pienso participar en esto.

El paseo marítimo se curva alrededor de una hilera de casitas de playa de tonos pastel, de cuyos balcones cuelgan flores de un rosa intenso mientras los aspersores riegan unas diminutas franjas de césped verde.

—Interesante… El sujeto se niega a cooperar. —Beck alza una tablilla imaginaria entre nosotros justo cuando un ciclista dobla la esquina sin avisar, haciendo sonar el timbre mientras se cuela entre los dos—. Preocupante. Posibles problemas con la figura paterna.

—Mi madre —digo, echándole una mirada asesina—. Ella sería mi contacto de emergencia.

—¿Tu madre es tu contacto de emergencia?

—Pues sí. Me trajo al mundo. Me parece apropiado.

—¿Vive cerca?

—Más o menos.

—¿A qué distancia?

—En Los Ángeles.

Beck gira la cabeza y me mira fijamente por encima del borde de sus gafas de sol.

—¿Tu contacto de emergencia vive a no sé cuántas horas en coche de aquí?

—Existen los aviones.

—Si te atropella un autobús, ¿se supone que tiene que coger el siguiente vuelo para evitarlo?

—Pues menos mal que no tengo pensado que me atropelle un autobús.

—Nadie planea que lo atropelle un autobús, Darcy. —Lo dice mientras se seca el sudor de la frente con el antebrazo. El movimiento le tensa todos y cada uno de los músculos del abdomen—. Por eso los autobuses siguen siendo un medio de transporte tan popular.

Le dedico una mirada inexpresiva y acelero, pero él se mantiene a mi lado con una facilidad irritante.

—Pregunta número dos —continúa—. ¿Quién tiene una copia de la llave de tu apartamento?

—El administrador del edificio.

—Eso no es una persona. Eso es una norma establecida para proteger a los propietarios.

—Pero podría abrirme la puerta si perdiera la llave, ¿no?

—Sí, pero no te va a regar las plantas ni a ocultar pruebas. Pregunta número tres… Te detienen y tienes derecho a una llamada. ¿Quién te coge el teléfono?

—No me van a detener.

—Vuelvo a repetir que nadie planea que lo detengan, Darcy. Ese es todo el modelo de negocio de la cárcel.

Odio que casi me entre la risa, así que la reprimo antes de que se me refleje en la cara.

—Pregunta número cuatro. ¿Quién te manda los mejores memes? ¿Los que más te hacen reír?

—Nadie. Me criaron con la creencia de que los memes son un uso ineficiente del tiempo.

Beck se detiene en seco. Doy unos cuantos pasos más antes de darme cuenta de que ya no está a mi lado y me giro para encontrarlo de pie en medio del paseo, con las manos en las caderas y una expresión genuinamente horrorizada.

—Retira eso —dice sin apartar su mirada espantada de mí—. Anoche le estuve mandando memes a Mason a las dos de la mañana. Siempre responde. Se llama conexión .

—Se llama ¿así que por eso has llegado tarde esta mañana?

Me mira fijamente otro largo segundo y luego se acerca con un trote ligero hasta alcanzarme.

—Esta auditoría está yendo peor de lo que esperaba —murmura, negando con la cabeza como si la que se estuviera comportando de forma irracional fuera yo—. Y, aun así, al que mandan al psicólogo del equipo para hacer terapia soy yo.

—Fue una decisión del equipo. No puedes culparme por eso.

—Una decisión del equipo que, casualmente, se tomó justo después de que entregaras un informe en el que me tachabas de inestable.

—Presenté una evaluación de rendimiento basada en datos al cuerpo técnico.

Él agita una mano en el aire.

—Viene a ser lo mismo.

Cuando llegamos a los veinte minutos, la broma se ha vuelto claramente en mi contra.

Puede que la respiración de Beck sea lo bastante dramática como para una obra de teatro aficionado, pero su ritmo no decae en ningún momento.

Iguala cada acelerón que le impongo, sus largas zancadas devoran el paseo marítimo mientras los músculos de su espalda se flexionan bajo una creciente capa de sudor.

Incluso después de dos intervalos de esprint que hago únicamente para ponerlo a prueba, su ritmo cardíaco desciende más rápido de lo que sugerían los datos de ayer.

Lo cual es irritante.

Útil, profesionalmente hablando.

Pero sobre todo irritante.

Mi reloj vibra contra mi muñeca mientras tomamos la curva hacia un tramo más tranquilo de la playa, donde el sol de la mañana ha convertido la arena en diamantes triturados. El océano parece demasiado azul para ser real.

—Caminata de recuperación —digo, ralentizando el paso.

—Gracias a Dios. —Beck se lleva una mano al pecho—. Estaba a punto de ver la luz.

Nuestras respiraciones se van calmando poco a poco y, sin discutirlo, ambos nos acercamos a la barandilla de madera desgastada que separa el paseo marítimo del tramo de playa que se extiende bajo nosotros.

Me apoyo en ella; la madera gastada está suave bajo mis palmas.

La playa en sí está casi vacía, a excepción de un corredor solitario a lo lejos y una pareja que camina de la mano junto a la orilla.

Beck se sitúa a mi lado en la barandilla, tan cerca que puedo sentir el calor que irradia su piel.

Por un momento, nos quedamos ahí en silencio, observando cómo el mundo se despierta a nuestro alrededor, con esa euforia posterior a la carrera que hace que todo parezca perfectamente suspendido en el tiempo.

Entonces, su voz cambia.

—Vale —dice—. Última pregunta y te prometo que es la más fácil. Pasa algo bueno, como la mejor noticia de todo el año. ¿A quién llamas primero?

Las olas llenan el silencio.

Y mi cerebro… se queda en blanco.