Capítulo 20 Un nuevo amanecer La sangre aún se estaba secando en la arboleda sagrada cuando Rowena dio su primera orden como Alfa.
—Sanadores —llamó—. Todos y cada uno de ellos. Al campo. Ahora.
La arboleda había quedado en silencio después del grito de Sable.
Guerreros de tres ejércitos diferentes permanecían entre los árboles, con las espadas colgando de sus manos y sin saber qué sucedería a continuación.
Las fuerzas de Cain habían visto cómo se llevaban a su Alfa encadenado.
Los hombres de Kieran se habían dispersado después de la humillación de su líder.
Los combatientes de Shadowfen y Stonehaven sujetaban sus armas y esperaban.
Todos observaban a Rowena.
Todavía sangraba por el hombro, donde los colmillos de Cain le habían desgarrado la carne. La herida se estaba cerrando rápidamente; su nueva loba se encargaba de ello, pero la sangre empapaba la capa que Thorne le había echado sobre los hombros. Ella ni siquiera parecía darse cuenta.
—¿Me habéis oído? —repitió, alzando la voz—. Quiero sanadores atendiendo a todos los heridos de esta arboleda. A los nuestros. A los suyos. A todos.
Un guerrero de Shadowfen, cerca de la línea de árboles, bajó su espada. —Lucharon contra nosotros.—Y ahora están sangrando en mis tierras. Muévete.El guerrero obedeció.
Magnus avanzó cojeando. Llevaba el brazo sujeto con un cabestrillo improvisado y tenía un profundo corte en la frente. Parecía un hombre que hubiera salido de su propia tumba y hubiera encontrado la situación divertida.
—Tu padre —dijo— habría dado la misma orden.Rowena lo miró.—Mi padre lo habría hecho sin levantar la voz.—Tienes razón.
Magnus se volvió hacia un grupo de guerreros de Thornwood. Permanecían apartados de los demás, indecisos, con la mirada saltando entre el lugar hacia donde se habían llevado a su antiguo Alfa y la mujer que lo había reemplazado.
—Vosotros. Vuestro líder está bajo custodia. Vuestra Luna está de parto. Más vale que empecéis a ser útiles antes de que pierda la paciencia.No discutieron con Magnus Ironwood. Nadie lo hacía jamás.
Rowena se arrodilló junto a un guerrero de Nightshade que yacía en el suelo. Era joven, apenas tendría veinte años. Tenía un profundo corte en las costillas y se estremeció cuando la sombra de Rowena cayó sobre él.
—Tranquilo —dijo ella—. No voy a hacerte daño.—Tú eres… la… la rechazada dos veces…—Me llamo Rowena. ¿Cómo te llamas tú?Él la miró fijamente.—Aldric.—No te muevas, Aldric.
Rowena apoyó las manos sobre su herida. El calor plateado respondió antes de que tuviera que pedirlo.
La hemorragia disminuyó. La carne comenzó a cerrarse.
No por completo; ella no era sanadora y aquel poder era nuevo para ella, pero bastó para mantenerlo con vida hasta que alguien con la formación adecuada pudiera terminar el trabajo.
Aldric miró su costado y luego volvió a mirarla.—¿Por qué?—Porque estabas sangrando.—Había venido a capturarte.—Y ahora estás aquí para recibir tratamiento. Las cosas cambian.
Ezra la encontró veinte minutos después. Rowena seguía arrodillada en la hierba, pasando de un guerrero herido a otro. Él se agachó a su lado y le sujetó la muñeca.
—Te estás agotando —dijo. —Estoy bien. —Estás pálida como la ceniza. —Es mi color natural.
—Tu color natural son las pecas y la terquedad. Ahora mismo pareces un fantasma.
Ella se sentó sobre los talones. Él tenía razón. Le temblaban las manos. Su nuevo poder era inmenso, pero todavía no había aprendido dónde estaban sus límites. No sabía cuánto podía entregar antes de quedarse sin nada.
—Sable —dijo—. ¿Dónde está?La mandíbula de Ezra se tensó.—Morrigan la llevó al gran salón. Las contracciones no cesan.
Rowena se levantó demasiado deprisa. La vista le dio vueltas. Ezra la sujetó por el codo.
—Tengo que ir —dijo ella.—Necesitas descansar.—Después.—Rowena…—Después.
Él sostuvo su mirada durante tres largos segundos. Luego soltó su brazo y caminó a su lado.
Atravesaron la arboleda en dirección a la aldea de Thornwood, pasando junto a los caídos, a los sanadores que atendían a los heridos y a los guerreros que inclinaban la cabeza cuando Rowena pasaba.
No lo hacían por miedo, sino por algo que se parecía mucho al asombro.
A sus espaldas, el eclipse se desvanecía.
La luz del sol volvía a extenderse por el mundo.
La larga noche estaba llegando a su fin.
Pero delante de ellos, en el gran salón donde Rowena había sido condenada a muerte apenas unas horas antes, su hermana estaba trayendo un niño al mundo, un mundo que casi había sido destruido por el odio.
Rowena aceleró el paso.El gran salón olía a hierro y humo de cedro.
Habían despejado la mesa central y la habían cubierto con sábanas limpias. Sable se aferraba al borde, con los nudillos blancos como el hueso, mientras su cuerpo se encogía bajo una contracción que le hacía apretar los dientes.
Morrigan trabajaba a su lado. Las manos de la anciana brillaban con una tenue luz dorada que estabilizaba el ritmo de los latidos de Sable. Dos sanadores de la manada estaban arrodillados cerca, con recipientes de agua tibia y paños limpios.
Rowena se detuvo en la entrada.—Vete —espetó Sable sin abrir los ojos.—No.—No quiero que me veas desmoronarme.—No te estás desmoronando. Estás teniendo un bebé.—Es lo mismo.
Rowena se acercó a la mesa y tomó el paño del sanador más próximo.
Lo sumergió en el recipiente y lo apoyó sobre la frente de Sable.
Sable abrió los ojos. Los tenía enrojecidos y llenos de algo que Rowena no había visto en ellos desde hacía años: miedo puro, desnudo y sin disfraz.
—¿Va a estar bien? —susurró.Rowena miró a Morrigan.
La expresión de la anciana reflejaba una intensa concentración, pero asintió una vez.
—Todo saldrá bien —respondió Rowena.—No lo sabes.—Morrigan lo sabe. Confío en ella.
Otra contracción golpeó a Sable. Arqueó la espalda sobre la mesa y gritó. Rowena le agarró la mano, y Sable se aferró a ella con tanta fuerza que podría haberle roto los huesos.
—Respira —le indicó Rowena—. Solo respira.—No puedo.
—Sí puedes. Eres la persona más testaruda que he conocido en mi vida, y he crecido contigo.
De los labios de Sable escapó una risa ahogada, mitad sollozo, mitad desafío. Las manos de Morrigan descendieron.—Una más, hija. Solo una más.
Sable hizo fuerza. Gritó hasta que se le quebró la voz. Rowena le sostuvo la mano durante todo el proceso, firme y silenciosa, igual que había hecho años atrás durante las tormentas y las pesadillas.
Entonces un sonido nuevo llenó el salón.Un llanto. Débil, pero feroz.
Morrigan levantó al bebé, lo envolvió en una tela y lo colocó sobre el pecho de Sable.
Sable contempló a la niña como si nunca antes hubiera visto nada verdaderamente real. Las lágrimas le recorrieron el rostro, abriéndose paso entre la suciedad y el sudor.
—Está aquí —susurró—. Está viva.La pequeña se retorció, cerrando y abriendo los puños, y soltó otro llanto que hizo vibrar las tazas del estante más cercano.
Rowena retrocedió. Ezra estaba de pie en la entrada, detrás de ella. No dijo nada. No hacía falta. Ella sentía su calor a través del vínculo de pareja, constante y cercano.—¿Cómo la llamarás? —preguntó Morrigan mientras se limpiaba las manos con un paño.
Sable no apartó la mirada del rostro de su hija.—Lyra. En honor a nuestra madre.
El nombre quedó suspendido en la habitación. La garganta de Rowena se cerró. Su padre había amado a Lyra más que a su propia vida. Nunca logró recuperarse de su pérdida.
Y ahora había otra Lyra, nacida tras la sangre y la destrucción, pequeña, perfecta y dispuesta a gritarle al mundo en el que acababa de entrar.—Bienvenida —dijo Rowena suavemente—. Bienvenida, Lyra.
Sable finalmente la miró. El antiguo veneno seguía allí, enterrado en lo más profundo, pero ahora estaba cubierto por algo más. No era exactamente gratitud. Se parecía más a la comprensión: la mujer que tenía todos los motivos para odiarla había elegido no hacerlo.
—Gracias —dijo Sable.Las palabras salieron ásperas, como si hubieran sido arrastradas sobre cristales rotos.
—No me des las gracias —respondió Rowena—.
Críala mejor de lo que nos criaron a nosotras.
Eso bastará.Se dio la vuelta antes de que Sable pudiera responder y salió del salón con Ezra a su lado.
Afuera, el sol de la mañana le acarició el rostro. Cerró los ojos y respiró profundamente.
Ezra encontró su mano.—¿Estás bien?—Pregúntamelo dentro de un año.—Eso no es un no.—Tampoco es un sí.El juicio se celebró cuatro días después. Rowena había querido adelantarlo, pero Magnus la convenció de esperar.
—Primero, deja que enterremos a los muertos —le dijo—. La justicia sin dignidad no es más que venganza vestida con mejores ropas.
Celebraron el juicio en el gran salón, con las puertas abiertas al patio para que toda la manada pudiera presenciarlo. Cain estaba en el centro, con las muñecas encadenadas y Thorne y dos guardias de Shadowfen flanqueándolo.
Parecía disminuido. No destrozado, como había parecido en la arboleda, sino reducido, como si algo en su interior se hubiera ido vaciando lentamente durante los días de confinamiento. Sus ojos gris tormenta recorrieron los rostros de quienes lo observaban, buscando algo que no encontró.
Rowena ocupaba el asiento del Alfa. La silla de su padre. La madera estaba marcada por cicatrices y pulida por generaciones de manos Ashfeld.
Magnus presentó las pruebas: los registros financieros de la investigación de Morrigan; la confesión del capitán mercenario, que había hablado libremente después de que la derrota de Cain hiciera inútil cualquier lealtad; las declaraciones de los combatientes de la resistencia;
y el rastro de pagos que conducía desde las cuentas personales de Sable hasta la compañía responsable de asesinar a Gareth Ashfeld.
El salón escuchó en un silencio pesado.Cuando se expusieron todas las pruebas, Rowena se volvió hacia Cain. —¿Lo niegas? —preguntó.
Él levantó la cabeza. La miró por primera vez desde la arboleda. Movió la boca como si las palabras pesaran demasiado.
—No.Un murmullo recorrió a la multitud.—¿Mi padre confiaba en ti? —continuó Rowena.—Más que en nadie.
—¿Me amabas? Cuando éramos jóvenes, antes del vínculo, antes de todo esto. ¿Hubo algo verdadero entre nosotros?