Epílogo #2
Estaba feliz porque la mujer a la que amaba me había dado tres hijos, y sobre todo porque, después de dos niñas maravillosas que me tenían completamente enamorado y que sabían perfectamente cómo conseguir de mí lo que querían con una simple mirada, quería un aliado.
Alguien que entendiera lo que significaba ser un hombre en una casa llena de mujeres fuertes, independientes, brillantes y terriblemente testarudas.
— Seremos dos contra tres —le había dicho a Victoria esa noche, acariciando su vientre.
— Serás tú solo contra cuatro —me había corregido ella, sonriendo—. Porque este niño será igual de cabezota que su padre.
El hospital era el mismo donde habían nacido Emily y Bella. Los pasillos me resultaban familiares, el olor a desinfectante y a flores marchitas, el ruido de las máquinas y los zapatos chirriando contra el linóleo.
Victoria fue directamente a la sala de partos, negándose a usar silla de ruedas con esa terquedad suya que tanto admiraba y temía. Yo llevaba a las niñas de la mano, intentando explicarles por qué mamá hacía esos ruidos raros y por qué no podían entrar todavía.
—Es como cuando estornudas —dijo Bella, con una lógica impecable—, pero por el otro lado.
Charlotte llegó veinte minutos después, para quedarse con las niñas mientras yo estaba dentro. Mi madre venía en camino desde Boston. Todo el mundo estaba en alerta máxima.
Cuando entré en la sala de partos, Victoria ya estaba en la fase activa.
Tenía el pelo pegado a la frente por el sudor, los ojos cerrados, concentrada en respirar.
Pero cuando me vio, sonrió. Esa sonrisa suya, la que me había conquistado en un barco hacía seis años, la que seguía siendo mi faro en la oscuridad.
—Has tardado —dijo, entre contracciones.
—He tenido que explicarle a Emily por qué no puede demandar a su hermana por robarle los crayones —respondí, acercándome para tomar su mano.
—Y ¿puede?
—No. Pero tiene derecho a una compensación emocional.
Victoria se rio, y luego se tensó cuando otra contracción la atravesó. Apreté su mano con fuerza, hablándole al oído, recordándole que era la mujer más fuerte que conocía, que podía con esto y con todo.
Las horas siguientes fueron un borrón de tensión y milagro. Vi a Victoria convertirse en guerrera, en la mujer que nunca se rendía, que empujaba cuando le decían empujar, que respiraba cuando le decían respirar, que nunca perdió la determinación ni por un segundo.
Y luego, exactamente a las dos y media de esa tarde de octubre, nació nuestro hijo.
El grito inicial, fuerte y furioso, llenó la sala. El médico lo levantó, pequeño, rojo, perfecto, y anunció:
—Es un niño. Saludable y fuerte.
Victoria se echó a llorar. Esta vez sí, sin contenerse. Y yo también. Lloré como el primer día, como el día de la propuesta, como cada vez que me daba cuenta de cuánto había cambiado mi vida gracias a ella.
Pusieron al niño en sus brazos y luego, con cuidado, en los míos. Era ligero, casi insignificante en peso, pero sentí que cargaba con todo el universo. Tenía los ojos cerrados, la nariz pequeña y respingona, y unos puños diminutos que se cerraban con fuerza.
—Hola, pequeño —susurré, y mi voz se quebró—. Bienvenido al mundo. Aquí somos muchos, y todos estamos un poco locos, pero te queremos.
Victoria me miró, agotada y hermosa, con el pelo pegado y el camisón de hospital y una expresión de absoluto amor que me destruyó y reconstruyó en el mismo instante.
—¿Ves? —dijo ella, con voz ronca—. Ahora sí que estás solo. Cuatro contra uno.
Negué con la cabeza, acercándome para besarla, con el bebé entre nosotros, creando ese triángulo perfecto que era nuestra familia.
—Nunca estoy solo —corregí—. Y nunca estoy solo contra vosotras. Estamos juntos. Siempre.
Más tarde, cuando la habitación se llenó de flores y de visitas, cuando Emily y Bella conocieron a su hermano, al que decidimos llamar Daniel, por mi padre, cuando Charlotte tomó mil fotos y mi madre lloró abrazando a su nieto, tuve un momento de quietud.
Estaba sentado junto a la cama de Victoria, con Daniel dormido en mi pecho, y miré por la ventana. Manhattan se extendía bajo nosotros, indiferente y brillante, la misma ciudad que había sido testigo de nuestros enfrentamientos, de nuestra farsa, de nuestro amor real.
Pensé en el hombre que había sido hacía seis años. El viudo amargado, el abogado que usaba el trabajo como escudo, el que creía que el amor era una debilidad. Pensé en Victoria, la fiscal de hielo, la mujer que no confiaba, la que había construido muros inexpugnables.
Y miré ahora a mi alrededor. A mi esposa, exhausta pero radiante. A mis tres hijos, tres, cuando hacía seis años ni siquiera podía imaginar uno. A la vida que habíamos construido, ladrillo a ladrillo, día a día, superando juicios y crisis y miedos.
Victoria tenía razón en una cosa: el amor no era un caso que se ganara fácilmente. Habíamos perdido muchas batallas para llegar aquí. Habíamos dicho palabras terribles, nos habíamos herido, habíamos dudado.
Pero tampoco era uno que se perdiera si merecía la pena. Y esto, nosotros, merecía cada segundo de incertidumbre, cada momento de miedo, cada paso dudoso hacia el otro.
Victoria me miró entonces, con esos ojos verdes que seguían siendo mi océano particular, y sonrió.
—¿Te arrepientes? —preguntó, bromeando, sabiendo la respuesta.
—De no haberte besado antes —respondí, besando su frente, luego la mejilla de Daniel, luego susurrando una promesa al universo de que nada ni nadie volvería a separarnos.
El pasado había dejado de importar. Solo existía este momento, esta familia, este amor que habíamos decidido, elegido, construido con esfuerzo y valentía.
Y era perfecto. No porque fuera fácil, sino porque era real.