Epílogo
Gabriel
Seis años después…
Seis años después, todavía me despertaba algunas mañanas creyendo que estaba solo.
Era una sensación extraña, un eco residual de aquella época en la que mi ático frente a Central Park era un museo de recuerdos, un mausoleo moderno donde solo habitaban el fantasma de Emily y yo.
Durante unos segundos, antes de que la conciencia me devolviera completamente, sentía el peso de la soledad como una manta pesada sobre el pecho. Y entonces escuchaba el ruido.
El ruido de la vida.
Esa mañana eran pasos pequeños, desordenados, que se acercaban a la cama con el sigilo de un elefante en chanclas. Antes de que pudiera fingir que dormía, una mano diminuta pero sorprendentemente fuerte tiró de mi oreja.
—Papá, papá, levántate. Creo que el bebé viene hoy.
Abrí los ojos. Allí estaba Emily, mi hija mayor, con sus cinco años de edad y su cabello castaño oscuro exactamente igual que el de Victoria, cayéndole en madejas desordenadas sobre los hombros.
Llevaba puesto un pijama de unicornios que había escogido ella misma y una expresión de urgencia que intentaba imitar la de su madre cuando estaba en modo «fiscal general del Estado».
—¿Qué hora es? —murmuré, intentando incorporarme sin despertar a Victoria, que dormía a mi lado con la barriga redonda y prominente de ocho meses y medio.
—Las siete —respondió Emily con precisión militar—. Bella ya está desayunando. Ha derramado el zumo en la mesa, pero dice que es arte abstracto.
Solté una carcajada que me despejó los últimos restos de sueño. A mi lado, Victoria se movió, gruñendo algo incomprensible sobre juicios pendientes y contracciones Braxton-Hicks. La acaricié suavemente en la espalda, sintiendo la tensión de sus músculos bajo la camiseta de algodón.
—Vuelve con tu hermana —le dije a Emily, besándole la frente—. Papá se levanta en cinco minutos.
—Mamá dice que siempre dices cinco minutos y luego son veinte —replicó, cruzándose de brazos con una seriedad que me recordó demasiado a Victoria en sus mejores momentos de tribunal.
—Esta vez es verdad —prometí.
Emily salió de la habitación con pasos que pretendían ser pesados pero que en realidad eran adorables, dejándome solo con mi mujer. Mi esposa. Esa palabra seguía provocándome una sensación cálida en el pecho, seis años después de haberla convertido en realidad.
Victoria abrió los ojos. Verdes, intensos, ahora con pequeñas arrugas de expresión en las comisuras que aparecían cuando sonreía, que eran más frecuentes de lo que ella quería admitir.
—¿Otra vez las Braxton-Hicks? —pregunté, acariciando su vientre redondeado.
—No —respondió ella, y su voz tenía un matiz diferente, una tensión que me hizo incorporarme de golpe—. Gabriel, creo que esta vez es de verdad.
El nacimiento de nuestro tercer hijo no estaba siendo como había planeado. Nada en nuestra vida juntos había seguido los planes, empezando por nosotros mismos.
Me acordaba perfectamente de la propuesta.
Había ocurrido exactamente un año después de aquella reconciliación en los acantilados de Santorini, en el mismo hotel donde todo había empezado.
Había reservado la misma villa, la número siete, y había engañado a Victoria diciendo que íbamos a pasar un fin de semana de trabajo, una conferencia legal sobre derecho internacional que, curiosamente, ella no recordaba haber aceptado.
Cuando llegamos y encontró la terraza llena de velas y rosas blancas, las mismas que habían decorado la boda de Isabelle, me miró con esa ceja levantada que tanto me había costado conquistar.
— Knight —dijo, con el tono de advertencia que utilizaba antes de destruir a un testigo hostil —, si me has traído aquí para una reunión de trabajo imaginaria, te juro que...
Me arrodillé. El anillo, un diamante talla esmeralda que había heredado de mi abuela y que había guardado durante semanas esperando el momento perfecto, brilló bajo la luz del atardecer griego.
— Victoria Sinclair —dije, y mi voz se quebró apenas, porque seguía sin creerme que esta mujer me hubiera elegido —, pasé seis años de mi vida convencido de que el amor era una debilidad.
Tú me enseñaste que es la única fortaleza que realmente importa.
¿Me harías el honor de seguir enfrentándome en los tribunales durante el resto de nuestras vidas, pero esta vez como mi esposa?
No lloró. Victoria nunca lloraba en los momentos esperados. Pero vi cómo se le humedecían los ojos, cómo tragaba saliva con fuerza, cómo su mano temblaba cuando me dejó deslizar el anillo en su dedo.
— Eres un idiota romántico —dijo finalmente—. Y sí. La respuesta es sí.
La boda fue pequeña, íntima, exactamente como ambos queríamos.
Celebrada en esa misma terraza de Santorini donde nos habíamos besado por primera vez como algo real, no como una farsa.
Isabelle y Alexander fueron los padrinos, obviamente.
Charlotte lloró más que la novia, lo cual fue sorprendente dado que normalmente era Victoria quien mantenía la compostura mientras los demás se desmoronaban.
Mi madre voló desde Boston y por primera vez en años la vi sonreír sin esa preocupación oculta que siempre había acompañado a su expresión cuando me miraba.
Incluso Connor asistió con su mujer actual. Una cirujana pediatra, nada que ver con modelos de pasarela, y su hijo de dos años. Me miró durante toda la ceremonia con esa sonrisa de «te lo dije» que me habría irritado de no estar tan absolutamente feliz.
— Estás acabado —me susurró durante el banquete, brindando con champán griego—. Y por primera vez, parece que te gusta.
Tenía razón. Me gustaba. Me gustaba estar acabado, perdido, completamente entregado a alguien que me desafiaba cada día a ser mejor.
Nuestra vida en Nueva York se convirtió en un equilibrio constante entre el fuego y el hielo.
Victoria había ascendido. Era ahora la Fiscal General del Estado de Nueva York, una posición de poder e influencia que la convertía en una de las mujeres más temidas y respetadas de la ciudad.
Yo dirigía mi propio bufete, Knight yo defendía a los acusados. Nos enfrentábamos en los tribunales con la misma ferocidad de antaño, pero con una diferencia crucial: cuando caía el martillo y salíamos del edificio, dejábamos el trabajo en la puerta.
Era una regla no escrita, sagrada. En casa, no se hablaba de casos pendientes. No se discutían estrategias legales sobre la cena. Cuando estábamos con las niñas, éramos simplemente papá y mamá, no la fiscal implacable ni el abogado estrella.
A veces era difícil. Había días en los que volvía a casa habiendo perdido un caso contra ella, con la frustración ardiendo en las venas, y tenía que contenerme para no lanzar un comentario sarcástico sobre su última victoria.
Pero entonces veía a Emily corriendo hacia mí con un dibujo de papá y mamá besándose bajo el arcoíris, o a Bella, mi pequeña de tres años con el pelo pelirrojo inexplicable de algún bisabuelo olvidado, intentando explicarme por qué las nubes eran en realidad algodón de azúcar, y todo se ponía en perspectiva.
Victoria era mejor en esa separación que yo.
Tenía una capacidad casi sobrenatural para cambiar de modo: de la fiscal general que destruía carreras criminales con una mirada, a la madre paciente que leía cuentos a las niñas durante horas sin perder la concentración.
Yo todavía luchaba con ello. Todavía me despertaba a veces a las tres de la mañana repasando argumentos legales, o pensando en cómo había podido perder aquel juicio de fraude fiscal contra ella.
Pero ella siempre estaba allí. Para recordarme que perdíamos juntos y ganábamos juntos, pero que lo más importante siempre estaba en casa.
Emily había nacido exactamente nueve meses después de la boda de su prima Isabelle en Santorini.
Victoria siempre decía que era una estadística incómoda pero adorable, y yo simplemente sonreía recordando aquellas noches en la villa número siete donde habíamos decidido que el miedo no iba a gobernar nuestras vidas.
Era una niña brillante, precoz, con la mente analítica de su madre y la terquedad de su padre.
A los cinco años ya sabía leer, ya montaba argumentos complejos sobre por qué debería poder comer helado antes de cenar, y ya había declarado que cuando fuera grande sería fiscal como su madre, pero también abogada defensora como yo, para poder hacerlo todo.
Bella era diferente. Más pequeña, más traviesa, con una imaginación desbordante que nos mantenía en constante alerta. Había heredado mi capacidad para encontrar problemas donde no los había, y el humor sarcástico de Charlotte, lo cual era una combinación tanto adorable como peligrosa.
Y ahora, en el asiento trasero del coche camino al hospital, estaban las dos, con sus sillitas infantiles y sus mochilas con juguetes, mientras Victoria respiraba profundamente en el asiento del copiloto, agarrando el reposabrazos cada vez que una contracción la atravesaba.
—¿Va a salir hoy? —preguntó Emily, con esa mezcla de emoción y preocupación que solo los niños podían mostrar.
—Parece que sí, cariño —respondí, intentando mantener la calma en mi voz mientras conducía por el tráfico de Manhattan—. Vas a conocer a tu hermanito.
—O hermanita —corrigió Bella desde su asiento—. Mamá dijo que podría ser niña.
—Mamá tiene instintos —dije, mirando a Victoria, que me devolvió una mirada de «cállate y concéntrate en el tráfico».
Pero yo lo sabía. Lo sabía desde la primera ecografía cuando el médico había dicho «hay muchas posibilidades de que sea un niño». Había llorado, sí. Lloré como un idiota en la consulta, con Victoria riendo entre lágrimas.