Dos mundos: Lo que escondemos (Dos mundos 2) Capítulo 10 — Valentina / Mateo
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Capítulo 10 — Valentina / Mateo

Valentina

La boda de mi primo Alejandro se celebró en una finca a las afueras de Madrid, con más de trescientos invitados, un despliegue floral que debía de haber costado una fortuna, y la práctica totalidad de la alta sociedad madrileña presente entre los asistentes, incluyendo a más de un rostro que había visto habitualmente en las páginas de sociedad de las revistas que mi madre coleccionaba.

Mateo llegó a mi lado, con el traje prestado de Alejandro ajustándole sorprendentemente bien, y una expresión de determinación tranquila que admiré profundamente, consciente del esfuerzo que le suponía enfrentarse a aquel escenario completamente ajeno a su mundo habitual.

—¿Listo? —le pregunté, mientras nos acercábamos juntos a la entrada de la finca, donde ya se congregaban los primeros invitados.

—Listo como se puede estar para esto, supongo —contestó, repitiendo casi las mismas palabras que había usado meses atrás, el día de la comida con mi padre.

Mi familia extendida reaccionó, según fuimos avanzando entre los grupos de invitados, con una variedad de expresiones que iban desde la curiosidad discreta hasta el asombro apenas disimulado, mientras los cuchicheos empezaban a extenderse con la velocidad característica de cualquier reunión social de ese calibre.

Mi tía Cecilia, la misma que había protagonizado el episodio incómodo de la puerta de casa el año anterior, se acercó a nosotros con una sonrisa que combinaba curiosidad genuina y cierta satisfacción por confirmar, por fin, los rumores que llevaba meses alimentando en las cenas familiares.

—Así que este es el famoso Mateo —dijo, con un tono mucho más cordial del que había mostrado en aquel primer encuentro—. Valentina, cariño, no nos habías contado que la cosa iba tan en serio.

—Va muy en serio, tía. Y espero que sepas apreciarlo, en lugar de convertirlo en cotilleo de sobremesa como la última vez.

Mi tía se rio, con una sorpresa evidente ante mi firmeza, pero asintió con un respeto que no esperaba de ella, dando por zanjado, al menos por su parte, cualquier comentario adicional sobre el tema.

Mateo

La ceremonia transcurrió con la solemnidad esperada, y durante el banquete posterior, sentado junto a Valentina en una de las mesas menos protocolarias, empecé a relajarme progresivamente, ayudado por su presencia constante y por el hecho de que, contra todos mis temores previos, la mayoría de las interacciones que fui teniendo con miembros de su familia extendida resultaron mucho más cordiales de lo que había anticipado.

El momento crítico de la noche llegó durante el brindis, cuando Ricardo Cross, en su papel de tío del novio, se levantó para pronunciar unas palabras.

Sentí que el estómago se me encogía, temiendo algún comentario velado dirigido hacia mí o hacia la situación de Valentina, pero, para mi sorpresa absoluta, sus palabras se centraron exclusivamente en Alejandro y en su nueva esposa, sin ninguna referencia, directa o indirecta, a nuestra presencia en el evento.

Al terminar el brindis, sin embargo, Ricardo se acercó a nuestra mesa, con una expresión seria que no supe interpretar del todo hasta que empezó a hablar.

—Habéis venido juntos, oficialmente, delante de toda mi familia —dijo, mirándonos alternativamente a los dos—. Eso es una declaración bastante clara de intenciones.

—Lo es, papá —contestó Valentina, con una firmeza que admiré profundamente—. Ya era hora de dejar de escondernos, después de todo lo que hemos superado juntos este año.

Ricardo se quedó callado un momento, observándonos con una expresión que combinaba resignación y algo parecido, por primera vez, a un respeto genuino.

—Mateo —dijo, finalmente, dirigiéndose directamente a mí—, la manera en que has sostenido esta relación durante el año pasado, a pesar de todas las dificultades que os he puesto, dice más de tu carácter que cualquier palabra bonita que pudieras haberme dicho en aquella comida.

Sigo teniendo mis reservas, no os voy a mentir.

Pero empiezo a entender que quizás me equivoqué al subestimar lo que hay entre vosotros dos.

No era una bendición completa, ni mucho menos una aceptación total de la relación, pero representaba, sin lugar a dudas, el reconocimiento más significativo que Ricardo Cross nos había ofrecido hasta la fecha, y tanto Valentina como yo lo recibimos con una mezcla de alivio y de esperanza cautelosa que llevábamos meses sin sentir con tanta intensidad.

Valentina

El resto de la noche transcurrió con una ligereza que contrastaba enormemente con la tensión acumulada de los meses anteriores.

Bailé con Mateo delante de toda mi familia extendida, sin ningún temor a las miradas o a los comentarios, sintiendo, por primera vez desde que habíamos empezado aquella relación, que ya no vivíamos completamente a la sombra de la desaprobación ajena.

Sin embargo, hacia el final de la velada, mientras Mateo hablaba con unos primos lejanos sobre su proyecto de arquitectura social, mi madre se acercó a mí con una expresión que no supe interpretar del todo, mezcla de orgullo y de una preocupación renovada.

—Ha ido mejor de lo que esperaba, la verdad —me dijo, observando a Mateo desde la distancia—.

Pero quiero que sepas algo, Valentina: que tu padre haya suavizado su postura esta noche no significa que el camino que os queda por delante vaya a ser sencillo.

Todavía hay mucha gente en nuestro círculo, empezando por ciertos socios importantes de la empresa, que no van a recibir esta noticia con la misma comprensión.

Aquellas palabras, pronunciadas en medio de la celebración más feliz que habíamos vivido Mateo y yo en meses, se me quedaron grabadas como un recordatorio inquietante de que, aunque aquella noche representaba una victoria importante, la batalla completa por el reconocimiento pleno de nuestra relación estaba lejos todavía de haber terminado.

Mateo

De vuelta a casa esa noche, ya de madrugada, Valentina y yo nos sentamos un rato en el jardín de la finca, todavía vestidos de gala, disfrutando de un momento de calma después de la intensidad de toda la velada.

—¿Crees que esto cambia algo de verdad? —le pregunté, con la cabeza apoyada en su hombro, observando las últimas luces de la fiesta apagándose poco a poco.

—Creo que cambia mucho, aunque el camino no vaya a ser sencillo todavía. Mi padre nos ha dado, esta noche, algo que llevábamos un año entero esperando: un reconocimiento público, delante de toda su familia, de que esto va en serio.

—Tu madre me ha comentado, de pasada, que quedan todavía obstáculos importantes. Socios de la empresa, según parece.

Valentina suspiró, con un cansancio que reflejaba el peso acumulado de todo aquel segundo año de dificultades.

—Lo sé. Siempre va a haber algo más, supongo.

Pero después de todo lo que hemos superado juntos este año, la beca en peligro, el ultimátum de mi padre, esta boda que podría haber sido un desastre y que ha terminado siendo, contra todo pronóstico, un paso adelante enorme...

creo que estamos preparados para afrontar lo que sea que venga después.

—Yo también lo creo —confirmé, besándola con una ternura que resumía todo lo vivido durante aquel año intenso—. Pase lo que pase, seguimos juntos en esto.

—Pase lo que pase —repitió ella, sellando, una vez más, la promesa compartida que nos había sostenido durante todas las dificultades de aquel segundo año universitario, sin que ninguno de los dos pudiera anticipar todavía la magnitud de las pruebas que el tercer año, con nuevos personajes y nuevas complicaciones familiares, tenía preparadas para poner a prueba, una vez más, la solidez de todo lo que habían construido juntos.

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Valentina

Renata, que había asistido también a la boda como invitada habitual del círculo social de mi familia, me buscó al final de la noche, con una copa de más y una sonrisa cómplice que reflejaba el orgullo genuino que sentía por todo lo que Mateo y yo habíamos conseguido superar durante aquel año.

—Val, tengo que decírtelo —me dijo, abrazándome con un cariño que reflejaba años enteros de amistad compartida—. Estoy tan orgullosa de ti. De cómo has plantado cara a todo esto, sin ceder ni un ápice de quién eres de verdad.

—No podría haberlo hecho sin ti, Renata. Todas esas mentiras que le contaste a mi madre, toda esa paciencia que has tenido conmigo durante meses...

—Para eso están las amigas de verdad. Y ahora que por fin podéis dejar de esconderos, espero que me invites a más planes con vosotros dos, en lugar de tener que inventarme excusas constantemente.

Nos reímos juntas, con la ligereza propia de quien ha superado, por fin, una etapa especialmente difícil, y aquel momento compartido con Renata se convirtió en uno de los recuerdos más entrañables de toda aquella noche cargada de significado.

Mateo

Bruno, al que le conté todos los detalles de la boda al día siguiente, mientras desayunábamos juntos en el bar de siempre, escuchó el relato completo con una atención que reflejaba su interés genuino en cómo había resultado, finalmente, aquel gesto tan arriesgado.

—O sea, que el padre casi te da su bendición delante de toda la flor y nata de Madrid —resumió, con una sonrisa incrédula—. Tío, esto parece sacado de una película.

—A veces a mí también me lo parece, la verdad.

—Me alegro muchísimo por vosotros. En serio. Después de todo lo que habéis pasado este año, os merecéis que las cosas empiecen, por fin, a encajar un poco mejor.

Aquel reconocimiento final de Bruno, sumado a todo lo vivido durante la noche de la boda, cerró simbólicamente uno de los capítulos más difíciles y, a la vez, más significativos de toda mi relación con Valentina hasta la fecha, dejándome con una sensación de esperanza renovada de cara al futuro que ambos, cada vez con mayor confianza mutua, empezábamos a construir juntos, sin saber todavía qué nuevas pruebas, personajes y complicaciones nos esperaban en el tercer año de universidad que ya se avecinaba en el horizonte cercano.

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Valentina