Dos mundos: Lo que escondemos (Dos mundos 2) Capítulo 4 — Valentina #2
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Capítulo 4 — Valentina #2

—Has estado muy bien ahí dentro —me dijo, mientras salíamos juntos del edificio—.

No sé si te dabas cuenta, pero algunos de esos hombres llevan más de veinte años acostumbrados a pensar únicamente en términos de rentabilidad pura.

Que una chica de veinte años les haga replantearse sus prioridades es, para ellos, bastante más revolucionario de lo que probablemente imaginas.

Aquel reconocimiento, viniendo de mi padre en un contexto tan formal y significativo, representó para mí una validación inesperada de que quizás, después de todo, mi capacidad de influir positivamente en las decisiones importantes de mi familia iba mucho más allá de la simple cuestión de mi relación con Mateo, abriendo un espacio nuevo de conexión con mi padre que no había existido antes de aquel segundo año universitario tan cargado de pruebas y de descubrimientos inesperados.

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Mi relación con mi padre, tras aquella reunión de la junta directiva, empezó a experimentar un cambio sutil pero perceptible en las semanas siguientes: empezó a consultarme, de manera informal, sobre distintos aspectos relacionados con la expansión de los proyectos de responsabilidad social de la empresa, tratándome, por primera vez en mi vida adulta, más como una colaboradora con criterio propio que como una hija a la que había que guiar y proteger de sus propias decisiones.

—He estado revisando la propuesta de expansión hacia el sur de Madrid —me comentó, una noche durante la cena, con una naturalidad que contrastaba con la formalidad habitual de nuestras conversaciones sobre la empresa—.

Me gustaría conocer tu opinión sobre la viabilidad de incluir un componente de vivienda social similar al de Sierra Gorda.

Aquella pregunta, formulada con genuino interés por mi perspectiva, representó un cambio significativo respecto a la dinámica habitual entre nosotros, donde mi opinión rara vez se solicitaba de manera tan directa sobre asuntos relacionados con el negocio familiar.

—Creo que sería una oportunidad excelente, papá. Sobre todo si conseguimos replicar el modelo de colaboración interuniversitaria que utilizamos en Sierra Gorda, aprovechando el talento y la energía de estudiantes como Mateo para aportar innovación real al proyecto.

Mi padre sonrió, con una expresión que combinaba orgullo y cierta ironía divertida.

—Veo que no pierdes ocasión de mencionar a tu chico en cualquier conversación relacionada con el negocio.

—Solo cuando es relevante, papá. Y en este caso, lo es genuinamente.

Aquellas conversaciones cada vez más frecuentes sobre el futuro de la empresa, combinadas con el reconocimiento gradual de mi padre hacia la relevancia profesional de Mateo, contribuyeron a suavizar, poco a poco, la tensión que había dominado nuestra relación familiar desde el ultimátum inicial planteado meses atrás, aunque la resolución completa de aquella tensión, como bien sabíamos ambos, todavía estaba lejos de materializarse por completo.

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Semanas más tarde, Diego Valdespino, con quien había mantenido desde nuestra conversación honesta una relación cordial de conocidos ocasionales dentro del mismo círculo social, me buscó para pedirme un favor inesperado: quería que le presentara a Mateo, interesado en conocer más de cerca el proyecto de arquitectura social del que tanto había oído hablar a través de comentarios comunes.

—Me parece fascinante lo que estáis construyendo juntos —me confesó Diego, durante un encuentro casual en una cafetería del centro—.

Estoy pensando en dedicar parte de mi propio patrimonio familiar a financiar iniciativas similares, y me encantaría entender mejor cómo estructuráis este tipo de proyectos.

Organicé el encuentro, con cierta cautela inicial dada la historia previa entre nosotros, pero tanto Mateo como Diego terminaron congeniando de una manera que no había anticipado, encontrando en la conversación sobre financiación de proyectos sociales un terreno común genuino que trascendía cualquier incomodidad relacionada con mi rechazo anterior hacia sus intenciones románticas.

—Es un tipo bastante más interesante de lo que esperaba, la verdad —me comentó Mateo, después del encuentro, con una honestidad que agradecí—. Y parece que tiene recursos reales y voluntad genuina de aportarlos a causas que merecen la pena.

Aquella colaboración inesperada con Diego, que se materializaría en los meses siguientes en forma de una pequeña pero significativa donación privada hacia el proyecto de vivienda social para jóvenes extutelados, representó un ejemplo más de cómo, poco a poco, distintas piezas de mi círculo social empezaban a encontrar puntos de conexión genuina con el mundo de Mateo, difuminando gradualmente las fronteras rígidas que, apenas un año atrás, parecían completamente infranqueables entre ambos entornos.

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Mi tía Cecilia, que había protagonizado el episodio incómodo del año anterior en la puerta de mi casa, sorprendió a toda la familia aquel otoño al pedirme, con una discreción que no era propia de ella, más detalles sobre el proyecto de vivienda social en el que Mateo y yo trabajábamos, argumentando un interés genuino en posiblemente aportar financiación a través de una de sus propias fundaciones benéficas.

—No sé si es sinceridad genuina o simple curiosidad social disfrazada de filantropía —le comenté a Renata, después del encuentro con mi tía—, pero al menos ha dejado de comentar el tema con ese tono de cotilleo que usaba el año pasado.

—Puede que sea las dos cosas a la vez, Val —respondió Renata, con esa perspicacia suya para entender las dinámicas de nuestro círculo social—. Pero en cualquier caso, si termina aportando financiación real al proyecto, no está de más aprovechar el interés, venga de donde venga originalmente.